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Por el bien de tus hijos… no los pongas en una paradoja

Martha Alicia ChávezEn la corriente de terapia familiar sistémica, se le denomina paradoja a una situación confusa y contradictoria que se da en las relaciones entre personas muy significativas. La persona que es sometida a ella, queda atrapada en un estado emocional  y mental insostenible, intolerable, que le causa fuerte confusión y daños emocionales, porque haga lo que haga, pierde. Si bien en esta corriente se proponen varios tipos de paradojas, aquí presentaré este concepto de manera general y sintetizada, porque así conviene al asunto que nos concierne.

¿Cómo ponemos a nuestros hijos en una paradoja? Hay muchas maneras, por ejemplo, cuando les hablamos mal de su padre ó madre (estemos casados o separados) y nos quejamos de lo que “nos hace”, porque sin decirlo de manera explícita, les mandamos este mensaje: “mira que malo es tu padre/madre; mira cómo me hace sufrir;  si lo quieres, admiras, respetas, disfrutas convivir con él/ella, me traicionas. Entonces… ¡prohibido amarla/o, admirarla/o, respetarla/o.” De esta manera, el hijo entra, (sin ser consciente de ello), en esta angustiante paradoja que si le ponemos palabras diría así: “si quiero, admiro, respeto, disfruto convivir con mi mamá, entonces traiciono y pierdo a mi papá. Si quiero, admiro, respeto, disfruto convivir con mi papá, entonces traiciono y pierdo a mi mamá.

Porque aunque parezca mentira, los padres que tienen estas actitudes se sienten traicionados y ofendidos cuando sus hijos aman a su pareja o ex pareja a quien ellos tanto desprecian.

Todo ser humano, nomás por haber nacido, tiene el sagrado derecho de amar y honrar a su padre tanto como a su madre.  La vida se lo ha concedido y nadie, ni siquiera sus progenitores, están autorizados a quitárselo.

He escuchado a muchos padres y madres decir que la razón por la que le hablan mal a sus hijos de su cónyuge o ex cónyuge, es para que sepan la verdad de cómo es, por su propio bien.  Nuestros hijos saben muy bien cómo somos.  Lo ven día a día, y si bien en la infancia ese concepto pueda estar distorsionado por el veneno que uno de sus padres les ha sembrado en el corazón y en la mente, en su interior ellos siempre saben la verdad. Tarde o temprano llega el día en que nos hacemos conscientes de que nuestra madre ó padre no era tan malo o tan bueno como nos lo pintaron.

Poner a un hijo en una paradoja sucede en todas las edades no sólo en la infancia; y a cualquier edad provocará en el hijo la misma angustia, confusión y profundo daño emocional.

Otra faceta que toma esta dinámica, es que, en una situación de divorcio, se les prohíba seguir en contacto con sus abuelos, tíos y primos y que los quieran y disfruten el estar con ellos.  Nos guste o no, ellos siguen siendo su familia. Nuestros hijos tienen derecho a verlos y convivir con ellos y viceversa. Nadie debe impedir que esto suceda, sin una causa justa. En lugar de prohibirles esta convivencia, hay que estar felices de que la haya, y permitirles que la tengan y disfruten, porque los lazos familiares refuerzan en los hijos el sentido de pertenencia, su seguridad y su autoestima.  Mientras más personas los amen, más felices deberíamos estar.

Yo estoy convencida del poder liberador que tiene el expresar verbalmente a nuestros hijos (de cualquier edad) nuestro “permiso;” y siempre recomiendo que según sea el caso y su edad, les digamos cosas como: “tienes todo mi permiso para ser feliz” “tienes todo mi permiso para querer y admirar a tu papá/mamá”; “para divertirte cuando estás con tus abuelos”; “para tener una excelente relación de pareja”; “para disfrutar mucho la fiesta  a la que vas con tus primos”; “para ser exitoso”; “para divertirte en tus vacaciones”; “para realizar tus sueños”, etc.

Tal vez te preguntes: “¿nuestros hijos necesitan nuestro permiso para todo eso?... ¡Sí! De lo contrario, es muy probable que inconscientemente sientan que traicionan a su madre o padre, si ellos son felices, exitosos, se divierten, disfrutan la vida, etc., y sus padres no. En este caso la paradoja se presenta de esta manera: si hacen algo para si mismos sin el “permiso” de los padres, los traicionan a ellos, y si no lo hacen para no incomodarlos y complacerlos, se traicionan a sí mismos.

Pareciera un tanto irreal que los padres a veces no “den permiso” a sus hijos de ser felices, exitosos, ricos, etc., pero es verdad.  Muchas veces la amargura de los padres, su frustración y dolor por haber tenido y seguir teniendo una vida infeliz e insatisfactoria, genera en ellos un resentimiento y sensación de ser traicionados, cuando sus hijos son capaces de crear otro tipo de vida para sí mismos y de disfrutarla. No es falta de amor, no es maldad, es una reacción normal ante el dolor y la insatisfacción no sanados. En la medida en que los padres seamos más plenos y felices, en esa medida les estaremos dando a nuestros hijos el permiso de serlo.

Martha Alicia Chávez

 

Martha Alicia Chávez Martínez