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Desde el cielo de los buenos

Cualquier destino, por largo o complicado que sea, consta en realidad de un solo momento; El momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

Jorge Luis Borges

Javier GarridoEra el 31 de diciembre de 1999, en alguna casa de un barrio en Ecatepec, unas personas celebraban la llegada del año 2000 y otras esperaban que no se acabara el mundo. En un rincón de ese lugar, en una caja grande de cartón (de esas donde se transporta el huevo), una perra estaba dando a luz a 8 pequeños cachorros de raza maltés. Pequeñas bolas de pelito que llamaron la atención de todos con sus pequeños chillidos mientras buscaban la teta de su mamá.

Dos meses después “Terry” llegó a casa. Cabía en la palma de la mano y estaba cubierto de pelito cafecito claro, aun temblaba por todo, pero su curiosidad era más grande que su miedo. Provenía de aquella camada y aun siendo de raza pequeña andaba por el mundo con una elegancia que aún no miro se le pueda igualar.

Terry fue mi amigo y amigo de mi hermana Karen. Amigo, compañero y a veces maestro de otros dos perros muy diferentes. El wero y el negro, un par de bull-terriers que llegaron antes. Era una belleza mirar a ese ying yang de caninos.

Siendo unas bestias mezcla de ternura, seguridad y rudeza, que mi hermano José y yo solíamos entrenar para que fueran más violentos “según”, porque Terry. Que sólo les llegaba poco arriba de sus tobillos, solía demostrarnos como podía darles una tunda a los dos juntos. “Según”; además de presumirles con bastante burla cómo él, por su tamaño, podía escapar por rendijas e ir a buscar problemas con otros perros de la calle, para luego regresar corriendo al amparo de sus dos secuaces que había abandonado e intimidar a aquellos que lo venían persiguiendo.

Terry era una forma de vida inteligentísima y llena de confianza. Además de su gran carisma era todo un galán. Recuerdo cuando mi papá puso mallas para bloquear sus escapadas y evitar que se metieran más perros pequeños a ser golpeados por esa tercia de bribones. Así que ahora se le cerraban las rejas para que ya no se saliera. Sólo pasaron dos días para que Terry aprendiera trepar.

Nada lo detuvo, aunque siempre pagó el precio. Una tarde que iba al trabajo de mi hermano en una rosticería, Terry me siguió y al cruzar la avenida una combi con pasajeros lo atropelló una llanta machuco su mandíbula y el conductor no se detuvo; por el contrario acelero y con la siguiente llanta le aplasto su cadera.

Aun escribiendo esta columna puedo escuchar su grito y los pocos gemidos que hizo por el dolor.

En par de segundos mi mente eligió entre seguir la combi y medio matar al conductor que bien lo podía hacer o lo que instintivamente hice…

Corrí hacia Terry y lo cargué en mis brazos, lo envolví en mi playera y vi que estaba muy mal. Avance dos colonias cargándolo hasta llegar a casa. No sabía qué hacer. Estaba lleno de ira e impotencia, al llegar lo puse en el suelo y sus 2 amigos se acercaron y le acariciaban con la lengua. Busque a mi mamá y ella lo limpió un poco. Dijo que allí lo dejara porque seguro ya se iba a morir.

Mi papá me regaño por traerlo, así estuvo hasta que por la noche un poco más fuerte. Terry comenzó a arrastrarse con sus patas delanteras dejando una marca de sangre por donde sufridamente avanzaba.

Papá dijo que había que sacrificarlo para que no sufriera, me dijo ve y mátalo está sufriendo mucho, tú lo trajiste. Así que me enoje y camine hasta donde Terry. Aún se seguía arrastrando en el patio. Tomé una piedra que era más grande que su cabeza y…

Terry fue uno de los seres más sabios que pude ver. Aunque en casa tenía las cosas básicas que se necesitaran, Terry amaba ser un vagabundo. Tuvo muchas camadas de hijos y ninguno se quedó con nosotros. Terry me enseñó quién era yo y que yo sería siempre un resultado de mis decisiones.

Aquella noche levante la piedra y Terry me miro profundo a los ojos, en sus ojos estaba la luna y también la certeza en su rostro de que el estaría bien. Yo sólo me tire a la tierra a su lado y lo abrace creo que muy fuerte hasta que me recordó que estaba lastimado.

Después de ese día una señora amiga de mi mamá lo ayudó, lo curó.

Terry hasta el final de sus días portaba las huellas de aquella historia, pero nunca perdió su esencia y su elegancia. Tardó cerca de un año en volver a correr y volver a escaparse…

Murió cerca de los 14 años, siendo un viejo súper vigoroso y muy inteligente.

Una mañana de solecito; 9 años después de lo que vivimos aquel día. Llegué y lo saludé agarrándole su mandíbula rara y jalándole sus greñas; le dije muchas peladeces (porque somos amigos). Fue que Terry el perro del siglo, el cachorro del milenio, horas después sólo se durmió.

No creo en ese cielo del que hablan en las iglesias, pero sí en uno donde Terry juega con Dante, con Duque, con Blacky, con Pulgas, con Galleta o cualquier nombre que se le haya puesto a esas almas que han venido a la tierra para enseñarnos la verdad sobre vivir que es: amar incondicionalmente.

Francisco Javier Garrido Ruíz