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Desidia. Mi verdadero archienemigo

Kris DurdenRecuerdo a la desidia con pesar desde mi infancia.

Estaba presente desde aquellos maravillosos momentos donde me preparaba una –en aquél entonces novedosa– sopa instantánea. Jugaba Donkey Kong Country en el supernintendo de la casa de un amigo, sabiendo que en mi casa, en mi habitación, junto a la cama, dentro de mi mochila, me esperaba un cuaderno con tarea suficiente como para mantenerme entretenido por más de 5 horas. La famosa y terrible tarea de viernes. Yo trataba de mantenerme lejos de ese pensamiento y a veces lo conseguía por un par de horas, pero este pensamiento siempre terminaba por regresar y echarme en cara que si hubiera comenzado a hacer esa tarea desde la primera vez que lo pensé, ya estaría libre para disfrutar como quisiera todo el fin de semana. No sé por qué esperaba hasta la noche del domingo para comenzar y darme cuenta demasiado tarde de que me pidieron una cartulina (sí, como el meme).

Más tarde, cuando ya estaba en la secundaria, descubrí que este feo habito podía crecer y adaptarse a las circunstancias y terminar por vencer. Desde que sentí mis manos temblar y bañarse en sudor, cuando intentaba hablar con ella, me dije «tiene que ser mi novia». Así que preparé un plan para que al día siguiente nuestra conversación terminara conmigo diciendo –¿Quieres ser mi novia?, pero encontré la forma de posponerlo ese día, y el siguiente, y el siguiente y así hasta que salimos de la secundaria, y me quedé con las ganas.

Después de la secundaria comencé a practicar box y kung fu. Un amigo pasaba por mí todos los días a las 7 de la mañana y después de gritar mi nombre por más de 10 o 15 minutos, lograba despertarme y, casi a rastras, sacarme de la cama. De no ser por él jamás habría conocido la dicha de practicar algún deporte y la importancia de la disciplina, la constancia y el equilibrio. Creí que ese sería el fin de la desidia, pero erré.

Años después, me levanté completamente ebrio de un sofá, y me di cuenta de que andaba por la vida con un costal repleto de sueños rotos. ¿Cómo había pasado cuando yo creí que ya había superado ese horrible habito de posponer las cosas? Tenía unos 20 años y no había hecho nada con mi vida. Así que comencé a hacer memoria y pensé en todas las oportunidades que se habían pasado frente a mí y que simplemente no había podido tomar, a veces por holgazán y muchas otras por no estar a la altura del reto. ¿Cuál era la piedra angular de este cúmulo de fracasos?

Pensé en las cosas que me habían salido bien y llegué a la conclusión de que había sido porque mis amigos me habían impulsado y motivado para lograrlas, y no me refiero a un apoyo económico o siquiera físico, sino a un apoyo moral. Al pensar en todas las veces que había fracasado llegué a la conclusión de que esas otras cosas habían dependido completamente de mí.

Durante la secundaría jamás hubo un amigo que me dijera –Anda, tú puedes decirle hoy que te gusta, tal vez no sea tu novia, pero por lo menos ya lo sabrá y te sentirás mejor al decirlo.

Cuando estudiaba la primaria ninguno de mis amigos estaba ahí para decirme –Anda, que es tiempo de hacer la tarea. Podemos hacerla juntos y después regresamos a jugar.

La realidad es que no se debía al miedo o a la pereza, sino a la desidia. Simplemente no tenía la capacidad de comenzar las cosas. Estaba muy consciente de que si comenzaba no había fuerza humana que me detuviera, porque a diferencia de muchas personas, lo que generalmente empiezo, lo termino.

Me levanté del sofá y salí a andar en bici durante aquella madrugada cálida de mayo.

La siguiente vez que crucé la puerta de ese departamento de soltero, era un hombre distinto. Descubrí que sólo necesito una idea feliz para ahuyentar a ese gran villano y me había funcionado bastante bien hasta a penas hace unos meses. Mi idea feliz se ha ido y ahora estoy de vuelta en ese espantoso lugar, donde el temor y la pereza se han aliado para impulsar a la desidia. Cada día me es más difícil combatirlas y ahora muchas de las cosas que hago las hago porque es mi obligación hacerlas, porque sé que puedo hacerlas y si salen bien es porque sabía cómo hacer para que salieran bien, pero el fuego se ha ido.

Hoy dos frases rondan en mi cabeza…

La primera me ayuda a comenzar y me hace pensar que hay dos opciones, prolongar el horror de no hacer nada con mi vida o empezar ya y darte cuenta de que no era tan aterrador como pensaba:

El momento más espantoso es siempre justo antes de empezar… Stephen King

La segunda vino de Tuko, y es una frase que sólo ilumina, pero no calienta:

«Primero lo que deja y luego lo que apendeja».

Así que trabajo duro hasta en mis tiempos libres, y cuando ya terminé, trato de trabajar más, mientras reaparece la idea feliz que me lleve de nuevo a las estrellas.

 

Kris Durden