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Habilidades de comunicación para niños a partir de dos años

Lo que no queremos que pase cuando nuestros hijos sean adolescentes (y lo más común):

-¡Hola mi amor!
-¿Qué onda Ma'?
-¿Cómo te fue en la escuela?
-Equis
-¿Por qué ya no fuiste a casa de Manuel?
-No me invitaron.
-¿Por qué?
-Equis Ma', da igual.
-Pero, ¿cómo te sientes?
-Ay ya Ma, equis.

Pamela JeanLo que sí queremos (tengan la edad que tengan), son hijos que sepan comunicarse abiertamente, expresar lo que sienten, buscar ayuda cuando la necesitan sin miedo a ser juzgados, que sepan pedir perdón, reflexionar sobre sus errores para mejorar y resolver los problemas de manera eficiente pero, sobre todo, que sepan hacerlo con una actitud positiva.

Ciertamente cada hijo es diferente pues todos nacen con un temperamento distinto. El temperamento es el rasgo de nuestra personalidad que heredamos, viene en nuestro ADN, en el código genético y empieza a notarse incluso desde que somos bebitos. Sin embargo, poco a poco, a través del ejemplo, de la imitación y de las consecuencias de nuestros actos, vamos moldeando ese temperamento para obtener lo que queremos; a ese temperamento educado, se le llama carácter. Cuando decimos: “¡Qué bonito carácter tiene Fulanito!”, nos referimos normalmente a una persona que ha sabido domar a la fiera interna, al instinto y posee una gran inteligencia emocional.

Por ello, ayudar a nuestros hijos a tomar decisiones más inteligentes en torno a cómo comunicar lo que piensan y sienten, es en GRAN parte nuestra responsabilidad, y es un trabajo de todos los días, pues este tipo de habilidades se aprenden principalmente con EL EJEMPLO.

Estas son algunas habilidades que puedes inculcar en ellos a partir de los 2 años:

Enséñales a canalizar y hablar sobre sus emociones. Permite que se sientan libres y cómodos al hacerlo evitando emitir juicios, no se vale decirles cosas como: “enojado te ves muy feo”, “las niñas bonitas no se enojan”, “sé hombrecito y no llores”. Recuerda que no hay emociones buenas ni malas, todas son necesarias; el problema está en lo que hacemos con ellas cuando no sabemos canalizarlas para responder de una manera sana. Es mejor que les enseñes que se vale enojarse, lo que no se vale es pegarle a las cosas ni a las personas (ni hacer berrinches ni patear la puerta ni…) y después complementa esta instrucción con una recomendación sobre lo que tú haces cuando te enojas, para canalizar esa emoción, por ejemplo correr, cerrar los ojos y respirar profundo, escuchar música, poner la mano sobre tu corazón en señal de compasión y tratar de comprender desde donde actúa la otra persona, etc. Quizás esto último te suene muy elevado para un niño, pero no es así, si tú eres consistente y él nota que realmente haces eso cuando te enojas, lo aprenderá más temprano que tarde.

También es importante aprender a comunicar lo que sentimos y para ello necesitamos empezar por ampliar nosotros mismos nuestro vocabulario de sentimientos. No es lo mismo sentirse estresado, que angustiado, que acongojado, que abrumado; ni tampoco es igual sentir cariño o amor que sentir apego, admiración o interés. Démosle a cada sentimiento su nombre y justo valor. Empecemos por hacerlo nosotros, ellos lo imitarán. Puedes jugar con tus niños a atribuir un aroma, sensación, color y sabor a cada sentimiento, enséñales a identificar en qué parte del cuerpo se siente y cómo uno es diferente al otro. Por ejemplo, podemos decir que el enojo es rojo, sabe amargo y se siente como una ola de energía que recorre todo el cuerpo calentando cada lugar por donde pasa; el punto es jugar y reflexionar juntos sobre cada emoción. Puedes empezar por las básicas: enojo, tristeza, alegría, miedo y asco. Poco a poco ir integrando sentimientos más elaborados. Es importante que tú hables sobre cómo te sientes para que ellos entiendan la manera en que deben usarlo en la práctica. Por ejemplo: “cuando no haces caso a lo que te pido me siento triste y me duele el corazón, porque siento que no te importa lo que te digo; si tú me dices lo que quieres en lugar de desobedecer, podemos solucionarlo juntos”. Y esto querido papá, querida mamá, es el inicio de una relación basada en la negociación, el amor, la conciliación y una comunicación abierta.

Enséñales que pedir perdón es un acto de humildad, valentía y amor. La mejor manera de transmitirles la importancia de saber ofrecer una disculpa, es haciéndolo tú mismo. Si te equivocas, incluso con ellos, pide perdón. Eso ni te resta autoridad ni poder, al contrario, les demuestra que eres un ser humano igual que ellos, que se equivoca pero tiene la sencillez e inteligencia para reconocer sus errores, aprender de ellos y, MUY IMPORTANTE, solucionarlos o resarcir el daño. No basta con decir “lo siento”, debemos enseñarles a ir un paso adelante y corregir lo que hicimos mal siempre que sea posible. Es decir, si por equivocación dañó el juguete de un compañerito, muéstrale lo bonito que es hacer frente al problema en lugar de huir de él. Que vaya con el juguete en mano, reconozca frente al compañero que lo rompió por accidente, ofrezca una disculpa y llévalo inmediatamente a reponerlo. Si tienes miedo de la manera en que el compañerito podría reaccionar, háblalo primero con su mamá o papá para que ellos te ayuden a lograr que ésta sea una experiencia de la que ambos puedan aprender. Quizás puedes esperar a tener el juguete nuevo en mano antes de llevar a tu peque a confesar el accidente. Sobre todo, recálcale que todos nos equivocamos y eso no nos hace malas personas, lo que realmente nos define como individuos, es nuestra manera de reaccionar ante nuestros errores.

Enséñales a recibir amor. Quizás te suene rara esta recomendación, pero no lo es. Asumimos que todos estamos programados por naturaleza para dejarnos amar, pero la realidad es que hay mucha gente que se siente culpable al ser querida o no se siente merecedora del aprecio de los demás. Lo más horrible de esto es que aquél que no sabe ser amado, difícilmente sabrá amar con plenitud y menos demostrarlo; porque no podemos dar lo que no tenemos.
Empecemos por el tema de los detalles. Un niño que crece en un ambiente familiar lleno de detalles de cariño, en donde mamá los sorprende de vez en cuando con la comida que más les gusta, un regalito en su lonchera o una notita en su almohada con un mensaje amoroso; en donde papá llega de la calle con unas flores para mamá y para su hija, un dulce que compró en un semáforo para su hijo, un abrazo sincero acompañado de un “te amo”; un regalo de cumpleaños realmente pensado, cuyo valor no está necesariamente en lo económico sino en el significado y en lo especial… Ese afortunado niño que creció con esas muestras de afecto, sabe lo lindo que se siente recibirlas, en consecuencia buscará darlas a las personas que ama. El niño que no lo tuvo, no podrá valorarlo y difícilmente le nacerá hacerlo por los demás.

Así que papá, mamá, abuelito, abuelita… tus niños aprenden más de lo que ven en ti, de tu manera de resolver, del trato que le das a los seres vivos, etc, que de lo que les enseñen en la escuela o les repitas verbalmente una y otra vez. Pregona con el ejemplo y no sólo criarás hijos felices y exitosos, también lo serás tú.

Pamela Jean Zetina