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Tu historia reflejada en tus hijos

Martha Alicia ChávezEn la relación entre padre e hijos existe una “parte oculta,” conformada por una variedad de facetas de la vida de los padres, que inconscientemente proyectamos en nuestros hijos de cualquier edad. Estas proyecciones se desconocen y se niegan, porque descubrirlas puede causar culpa y vergüenza.

La proyección es un mecanismo de defensa que consiste en atribuir a otros lo que pertenece a uno mismo, ya sea un sentimiento, una carencia o un rasgo de personalidad. Este mecanismo todos lo presentamos y puede activarse en cualquier relación. Aquí me enfocaré a la proyección entre padres e hijos.

¿Qué proyectamos los padres en nuestros hijos? Nuestras expectativas de la vida, frustraciones, etapas de la infancia o adolescencia com asuntos sin resolver o necesidades insatisfechas.

Estas proyecciones se manifiestan en diversas formas, de las cuales revisaremos dos que podemos expresar así:

1- Yo no pude hacerlo, hazlo tu por mi

2- Hijo/a, te tengo envidia

Hablemos de la primera:

Muchos padres llevan consigo gran frustración, producto de sueños no realizados, errores cometidos o asuntos inconclusos de su vida. Mientras más “hubieras” haya en el lenguaje de una persona, mayor frustración y por tanto, más vulnerable será a este tipo de proyección que consiste en tomar inconscientemente a uno o varios de los hijos, como si fueran una extensión de sí mismo, intentando que ese hijo haga lo que el padre no pudo hacer, realice los sueños que no cumplió, corrija los errores cometidos y componga y reivindique su pasado con el cual no se ha reconciliado.

Esa es la razón que algunas veces mueve el interés o “labor de convencimiento” para que los hijos hagan ciertas cosas, estudien tal carrera o tomen tal decisión. Reconocerlo es un paso necesario para respetar su individualidad, y apoyarlos para realizar sus sueños. Los suyos, no los nuestros.

“Hijo/a ¡Te tengo envidia!” Así sonaría cierta dinámica inconsciente si le pusiéramos palabras. Los padres podemos sentir envidia hacia nuestros hijos por muchas razones. La forma en que la manifestamos es por lo general desaprobando eso por lo cual le envidiamos, acompañándolo con enojo, críticas o burlas.

“A tu edad yo…“ “A mí nunca me dieron, permitieron”, son expresiones típicas de esta condición. Por ejemplo, una madre o un padre que desde muy joven tuvo fuertes responsabilidades, tales como ayudar a sostener a la familia o asumir el rol de papá o mamá de sus hermanos y hasta de sus padres, puede sentir envidia hacia su hijo que tiene una vida cómoda y fácil.

Si un hijo se atreve a expresar lo que quiere, hace amigos fácilmente, es decidido y seguro, puede despertar la envidia del padre que no los posee.

Una hija lozana y hermosa, que además tiene una buena relación de pareja y vive experiencias fascinantes, puede activar la envidia de su madre quien quizá, en medio de su rutinaria y aburrida vida, ve como su juventud se escapa y su insatisfactoria relación de pareja muere cada día.

Sea cual fuere la proyección, ¡date cuenta! Reconocer los aspectos de nuestra historia que proyectamos inconscientemente en nuestros hijos, entender por qué “ese” hijo nos saca de nuestras casillas o por qué nos es difícil amarlo, contribuye a transformar los sentimientos de rechazo, rencor y su consecuente culpa, facilitando el paso al único sentimiento que sana, une y transforma: el amor.

Vivimos en un mundo con muchos problemas, y uno enorme es la carencia de amor. Si queremos aportar algo trascendente a la sociedad, ofrezcámosle hijos amados, porque estaremos ofreciendo personas buenas, honestas, productivas y felices.

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Martha Alicia Chávez Martínez