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Historias de celos y algo más

Kris DurdenEstábamos sentados en una mesa al fondo de un restaurante de manteles largos, platicando de cualquier cosa para relajarnos después de muchos días levantándonos a las 3 de la mañana y a punto de comenzar una jornada de trabajo realmente pesada.

Un cálido muro de piedra daba a mis espaldas, por lo que tenía una vista perfecta del resto del lugar, que ahora se encontraba casi lleno. En una de las mesas pude ver a una pareja muy atractiva y vestida de una manera impecable. El llevaba traje, corbata y unas finas mancuernas al término de sus mangas. Ella llevaba un hermoso vestido de coctel, con un pronunciado escote. El cabello lo traía recogido dejando ver su largo y terso cuello, exquisitamente adornado por una gargantilla de brillantes y preciosas piedras que hacían juego con sus pendientes. La pareja perfecta.
En algún momento él sacó su teléfono para echar un vistazo, a lo que alcancé a ver era WhatsApp, y ella no pudo evitar estirar el cuello para mirar quién le escribía, acto seguido, ella torció la boca y miró en rededor para mostrar su descontento. Se cruzó de piernas, dio un trago a su copa de vino y sacó de su bolso su teléfono para, tal vez, hacer lo mismo que él. Tras escribir unas palabras, él regresó a la realidad y la encontró con una actitud muy diferente de la que había tenido antes.

Lo discutieron un poco y al final él terminó por convencerla de que no había por qué arruinar la comida por un detalle así. Se dieron un beso y al parecer las cosas se solucionaron, pero sabía que no tardaría en presentarse esta situación de nuevo en sus vidas. Sólo es cuestión de tiempo, para ver la bola de nieve cuesta abajo impactando con su relación.

Pensé: «¿Cómo es que una chica tan atractiva haya tenido una reacción así?» y me decidí a preguntar a las personas de mi mesa:

–¿Qué es lo más loco o enfermo que algún familiar, amigo o conocido suyo haya hecho por celos? No, por despecho, ni por vengarse de una infidelidad, sino por celos.

Se quedaron mirándome por un momento, explorando sus memorias y luego se les dibujó en el rostro una sonrisa.

Una compañera sacó su celular y nos mostró este meme:

celos

Todos morimos de risa y luego ella dijo.

–Este es mi novio cada que un chavo me mira fijamente por más de tres segundos.

Volvimos a reír.

–Yo tenía un amigo… –Comenzó a decir otro mientras trataba de contener la risa y terminar el bocado de salmón–. Bueno, no un amigo exactamente… El primo de un amigo –Todos reímos–. Bueno, da igual. El chiste es que a esta persona su esposa... le contaban el semen.

Todos quedamos intrigados y yo tuve que repetir para saber si había escuchado bien.

–¡¿Le contaba el semen?!

–Sí

–¿Cómo que le contaba el semen? –Preguntó otro compañero–.

–Sí, cuando hacían el amor (no sé cada cuando) y él eyaculaba, ella veía cuánto había eyaculado y si era muy poquito le preguntaba «¡¿Por qué tan poquito?!» –Todos comenzamos a reír nerviosos y luego agregó–. Ahora sí que «¿dónde más lo andas dejando?»

Soltamos una carcajada.

–¡¿Qué miedo?!

–Sí, pero pues… –Se encogió de hombros–.

Justo en ese momento recordé la historia de una amigo y comencé:

–¡Yo tengo una! Cuando trabajaba de seguridad en bares y antros (yo tenía 19 años), conocí a un hombre de 45; alto, delgado, pero espaldón, blanco de piel, bigote espeso, mirada penetrante y puños enormes y pesados ideales para pelear (de hecho ganó los guantes de oro en su juventud). Las pesadas jornadas terminaron por hacernos muy amigos.
Durante la madrugada, cuando ya habíamos cerrado la puerta principal, nos gustaba salir a fumar (sí, qué asco) y contar vivencias, mientras le decíamos a la gente que trataba de entrar, que ya no teníamos servicio. Una de esas frías madrugadas me contó con voz rasposa:

–Mi Kris, no me lo vas a creer; así como me vez de flaco, tenía cuerpo y un montón de muchachas atrás de mí. Era quarterback en la universidad y ya te imaginarás el pegue que tenía por eso –Se detuvo para meditar un poco y darle una calada a su cigarrillo–. Bueno… Pues en ese tiempo estaba saliendo con una chava que más adelante sería modelo, na’ más pa’ que te imagines cómo estaba la chamaca. La neta me traía loco, pero no por eso iba a dejar de andar de ojo alegre… y sí, una que otra vez me di un agasaje con una que otra morrilla, pero no pasaba de ahí. La relación avanzó y comenzamos a tener relaciones y todo iba bien, pero pasado el tiempo esta chava se comenzó a clavar y comenzó a ser muy celosa, y pa’ mis pulgas. Siempre le dejé claro que ella me había conocido así y que yo no iba a cambiar, y le costaba trabajo, pero me dejaba pasar varias.

Una noche, que estábamos dándonos unos besos, comenzó a besarme el cuello, pero sentí como que perdía el ritmo y abrí los ojos para ver qué hacía. Pues no vas a creer, que me estaba revisando a ver si no traía un chupetón escondido. Pues total que ya seguimos y me desabrochó la camisa y comenzó a bajarse. Ya sabes, unos besos en el pecho y luego me desabotonó el pantalón y de nuevo sentí como que perdía el ritmo. ¿Pues no la encontré oliéndome ahí? ¡¡Que para ver si olía a otra!!

Solté una carcajada y él también se rió, luego continuó.
No carnal, ahorita ya me río, pero en ese entonces sí me paniquió. Esa fue la gota que derramó el vaso. La neta estaba guapa, pero ya sus celos se habían convertido en algo obsesivo y mejor la dejamos por la paz.

De regreso en la mesa, todos sorprendidos y un tanto risueños, comenzamos a comentar más al respecto, pero yo me quedé pensando que estas historias pueden ser entretenidas y hasta divertidas, pero de lo que realmente se estuvo hablando todo el tiempo fue de qué somos capaces de hacer cuando tenemos baja autoestima.

Muchas veces no nos damos cuenta y creemos que hacemos lo que hacemos porque nuestra pareja nos orilla a ello, pero la realidad es que los únicos responsables de nuestras acciones, somos nosotros mismos.

Nos olvidamos de que esa persona que amamos también es humano y necesita convivir con más personas, que tiene un familia, un trabajo y amigos y amigas. Somos seres sociales que por salud mental, dependemos de la convivencia con otras personas.

Si no estamos satisfechos con el trato que estamos recibiendo es mejor cambiar el rumbo de la relación y dejar eso en una relación de camaradería o amistad. Buscar a alguien que sí esté en nuestra frecuencia y dejar los arrebatos de celos, que no son otra cosa que inseguridad. Dejar de lastimar a alguien más, pero sobre todo, dejar de lastimarnos a nosotros mismos.

Si la persona con la que estás no se da cuenta de todas tus cualidades y atenciones que tienes para ella, no es culpa tuya, sino de esa persona.

Como dice mi jefe

Muchas veces nos amamos tan poco a nosotros mismos, que preferimos unas pocas migajas de amor, de alguien más.

Kris Durden