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La herencia del odio

El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor... Buda

Kris DurdenHe visto esta misma historia, representada tantas veces, y por tantas personas…

El sol del atardecer se filtraba por la ventana, dejando ver pequeñas partículas de polvo danzando en desorden hasta desaparecer mágicamente al salir de la luz. Bajo esa misma luz, María vestía y de desvestía a sus muñecas, esperando con ansiedad a que Mariana regresara de la escuela para que las dos comenzaran a jugar juntas y reanudaran el juego del día anterior. Cuando el enorme reloj de péndulo marcaba las cuatro, unas alegres campanitas comenzaban a sonar, sinónimo de que Mariana no tardaría en cruzar esa puerta. El abrazo que se daban cuando se veían era comparable con el de dos personas que no se hubieran visto en años, pero la realidad es que en la mañana habían desayunado juntas entre risitas suyas y los regaños de su mamá.

Tal vez los años más felices que vivieron juntas las pequeñas hermanas fueron esos, pues las dos se comprendían sin tener siquiera que cruzar palabras. Bastaba un cruce de miradas para ponerse de acuerdo y no decir (sin importar cuánto las sometieran a interrogatorio) quién había roto el cenicero, la puerta, la ventana o el televisor. Otras veces parecían las dos manos de cualquier persona, que hacían lo que tenían que hacer sin siquiera mirarse; como si una consciencia más grande fuera quien las dirigiera.

Los años pasaron y para Mariana, los juegos con muñecas comenzaron a perder su atractivo, pero los chicos comenzaron a tornarse más misteriosos y por lo tanto, más interesantes. De pronto comenzaba a pasar mucho tiempo metida en el baño, pintándose y tratando (muchas veces inútilmente) de desmaquillarse para que su mamá no notara.

Cambió los coloridos y florados vestidos por extravagantes ropas que llamaban la atención de los jovencitos de su edad. Dejó los peluches y las muñecas, para concentrarse en comprar accesorios: pulseras, aretes y anillos. Un día se encontró casi media botella de perfume en el bote de basura de un parque. La válvula para rociar no funcionaba, pero se las ingenió para adaptarle una válvula de pintura en aerosol y a los pocos días comenzó a apestar la casa y la escuela a perfume barato. Se terminó la botella antes de los 8 días de haberla adquirido.

Para María todo eso fue incomprensible. Ella prefería seguir jugando con muñecas, pasteles de lodo, comiditas de tierra y hasta albercas improvisadas en charcos mugrosos.

La pubertad llegó antes para Mariana y al poco tiempo de que comenzaron a crecerle los pechos los chicos comenzaron a pretenderla. No pasó para que la absurda necesidad de poseer mejores y más costosas ropas se apoderara de sus pensamientos y al cabo de uno meses ya había encontrado un empleo de medio tiempo para solventar sus innecesarios gastos.

Un día, sin ningún aviso, un muchacho se escurrió en la vida de María. Sentada en el patio mordisqueando las orillas de su sándwich para luego comerse el centro sin ese desagradable sabor, un niño se sentó junto a ella y se le quedó mirando fijamente como retándola a mirarlo también. Ella sintió la mirada y volteó a verlo primero a los ojos para comprobar que la miraba. Él sonrió y ella miró su sonrisa ensancharse para dejar ver sus aperlados dientes. Algo se revolvió en el estómago de María, pero no era desagradable. El recuerdo de la primera vez que se subió a una montaña rusa, la invadió. El chico comenzó a decirle algo, pero ella no pudo entenderle. Sabía que estaba hablando español, pero no comprendía lo que trataba de decirle. Al final le extendió la mano le dijo “Soy Carlos” y se marchó. “Carlos” fue el nombre que la persiguió sin descanso los siguientes días y muchas más de esas ociosas noches.

María comenzó a meterse a hurtadillas a la habitación de Mariana para probar lo que ella ya dominaba desde más de dos años atrás. El arte de maquillarse e intentar desmaquillarse (con menos éxito que Mariana cuando era niña) a escondidas en el baño. Ahora, cuando el reloj marcaba las cuatro, María no salía corriendo a esperar a Mariana en el umbral de la puerta, sino que se apuraba a reacomodar todas las prendas de Mariana que se había probado, fantaseando con impresionar a Carlos.

Desafortunadamente, Mariana siempre terminaba por darse cuenta y en la casa terminaba ardiendo Troya. Comenzaron por gritos y azotadas de puerta, que gradualmente se fueron convirtiendo en insultos y hasta mechones de cabello volando por los aires.

Un día Mariana llegó a la escuela con un zarpazo en la cara que llamó la atención de muchos de sus compañeros que no tardaron en olvidarse de ello, pero las compañeras se empeñaron en llamarla la rajada, la cortada o la araña arañada. Fue un golpe duro para su autoestima. A la salida de la escuela, caminando de regreso a casa, miró por casualidad dentro de una heladería y vio a María tomando un helado con un chico que a su gusto le pareció simplón, pero simpático. El estómago le dio un vuelco en odio cuando miró que lo que María traía en el cuello era su collar de fantasía favorito. Sus pies comenzaron a caminar en esa dirección, pero antes de llegar un pensamiento siniestro asaltó su mente y sus pies se detuvieron en seco.

Mariana sabía que los hombres se podían volver tan estúpidos como un pepino cuando les dejabas tocar un poco más de lo que los otros chicos podían tocar y que si este chico tenía algún interés en María, sólo era cuestión de tiempo para demostrarle que su interés no era puramente en ella sino en lo que ella guardaba debajo del suéter de la escuela. Para el viernes Mariana y Carlos ya se estaban dando besos de lengua y por decisión de Mariana su lugar favorito para hacerlo era la heladería. Fue inevitable que María no los viera y el corazón se le rompió tan violentamente que dejó de respirar por unos segundos. Las cosas a partir de ese día se tornaron cada vez más violentas. Cada venganza fue peor que la anterior y no fue sino hasta que Mariana dejó de vivir en la misma casa que María que las cosas se calmaron, pero no por eso se compusieron.

Primero nacieron los hijos de María y pocos años después los de Mariana. Los niños no convivieron sino hasta que ellos tuvieron suficiente edad para pedir la compañía de sus primos. Mariana decidió olvidar todo lo que pertenecía a una etapa donde el cerebro seguía en remodelación, pero María parecía superarlo a lapsos y recaer a ratos. A veces, María les contaba a sus hijos cómo era que su tía Mariana se pasaba la vida dándose golpes de pecho, cuando en realidad era una mujer sin valores ni sentido de la lealtad. Un ser que tenía una que otra cosa buena, pero en general sólo eran acciones hipócritas para manipular a la gente. Los hijos de María no eran tontos, pero algunos niños es más fácil lavarles el cerebro que a otros.

Cuando se juntaban los primos, solían pasarla bien, pero uno de ellos gustaba de hacerles bromas más que pesadas a sus primos. Asustarlos con horribles historias estaba bien, pero no había cosa más placentera que empujarlos a charcos y patearles agua sucia en la cara. En las luchas de cuerpo a cuerpo, nada lo hacía más feliz que terminar con sus dos primos pequeños, llorando a sus pies. Ellos en represalia, tomaron los carritos de su primo y los pisotearon, para después enterrarlos en el jardín, pero él los descubrió y la paliza llegó por partida doble. Al principio, cuando no se defendían era divertido, pero cuando fueron creciendo, los hijos de Mariana crecieron más corpulentos y se vengaron por cada una de las humillaciones que su primo les había hecho pasar. El ciclo continuó. Cuando se necesitó que alguien de la familia te respaldara, la familia de María nunca estaba para la de Mariana y viceversa.

En alguna ocasión, el hijo de María llamó a casa de su tía, haciéndose pasar por un extorsionador y su intención no era conseguir dinero, sino meterle un susto de infarto a su propia sangre. Si hubiera muerto su tía Mariana, tal vez no se habría sentido culpable, sino hasta después de la adolescencia.

Las mujeres murieron resentidas entre ellas (una más que otra) y los hijos continuaron sus vidas, pero no lejos de su herencia de odio.

Si ganaron algo con esta interminable cadena de venganza, no tengo la capacidad para verlo, pero estoy seguro de que la vida hubiera sido mucho mejor si no sólo conociéramos el significado de la palabra perdón, sino también supiéramos cómo llevar a cabo esta acción, pero tristemente pocos son los que enseñan cómo se hace.

Perdonar, desde mi punto de vista, es comprender por qué la otra persona hizo lo que hizo. Pero qué difícil es perdonar a alguien más cuando no sabes perdonarte a ti mismo.

… Me pregunto ¿cómo es que la gente sigue cayendo en la trampa del odio? ¿Cómo es que guían a sus hijos a ella?

 

Kris Durden