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#LaCajaDeLasHistorias - El asombroso panorama en el fin de la humanidad

El asombroso panorama en el fin de la humanidadDespertó abruptamente con los sentidos inundados por el caos. Las primeras formas que vio fueron las danzantes sombras que la luz del fuego proyectaba por todos lados. Una espesa nube de humo ennegrecía el cielo sobre él. Tenía la nariz infestada con el aroma de la sangre seca y el diésel. Todo comenzó a aclararse y trató de incorporarse. Sintió el cuerpo completamente tullido cosa que le recordó por un momento, la preparatoria; específicamente a la vez en que se había ido de pinta al llano, a las orillas del cerro. Los compañeros de la escuela, habían bebido algunas cervezas y enloquecido por el alcohol y la testosterona. Llevaba semanas queriendo llamar la atención de Gaby, la chica de tez clara, cabello negro, ojos grandes y claros, con actitud rebelde y una perforación en la ceja que reafirmaba dicha actitud y la hacía ver más sexi. Había entrado ese mismo semestre, pero no con todo el grupo, sino dos semanas después del inicio del ciclo escolar.
Al fin era el momento para impresionarla, así que tomó una cuatrimoto y se propuso demostrarle que él era el más rápido, intrépido y valiente, no del grupo, sino de toda la escuela.
La curva más cerrada y conocida como la curva del diablo, tenía fama de haberle dislocado muchos huesos a decenas de chicos de varias generaciones atrás, pero también había unos pocos que se habían convertido en leyendas a causa de la forma tan intrépida de tomar esa vuelta. La oportunidad que estaba esperando era esa curva.
La subida era sencilla, prácticamente una línea recta con grandes árboles que definían claramente el camino, poco antes de llegar al punto clave, había una serie de curvas muy amplias que permitía aumentar la velocidad y jugar carreritas con los demás amigos, después venía el descenso, por un costado del cerro comenzaba un camino poco inclinado que sin darte cuenta iba precipitándose más y más, hasta que adquirías una velocidad de miedo. Antes de llegar al final de la pendiente, todos disminuían la velocidad casi a cero para poder tomar la famosa curva del diablo, que no daba a un desfiladero lleno de cuerpos en descomposición y aves de rapiña devorándolos, pero sí a un pequeño barranco no tan inclinado y cubierto por césped seco.
Todos los que habían pasado habían disminuido la velocidad, ni siquiera Gerson, el arrogante chico que se la pasaba desafiando a los demás, había acelerado, pero para impresionar a Gaby, esa no era opción, así que aunque se vio tentado, nunca tocó el freno mientras bajaba por la pendiente previa a la curva y esperó hasta el último segundo para hacer derrapar las llantas de atrás al estilo “fast and furious”. Deseaba salpicar aquélla graba roja por encima del pequeño barranco y salir victorioso de la curva, dejando tras de sí una densa nube de polvo rojo. Estaba seguro de que iba a impresionar a todo el grupo, incluyendo al hablador de Gerson y a la sensual Gaby, pero, no fue así.
En la horrible realidad volcó con violencia y cayó por más de ocho metros rodando y golpeándose las costillas y los brazos repetidas veces contra el suelo y rocas no muy afiladas. Al final, se podría decir que logró su cometido, todos quedaron impresionados, pero había sido por la manera tan estrepitosa de partirse la cadera, dislocarse el hombro, abrirse el pómulo izquierdo y perder el conocimiento. Pasó 15 días en cama, sin poder ir al colegio y estuvo castigado todo un año. Cuando al fin regresó a clases tenía que usar una dona para sentarse en su pupitre. Nunca pudo mirar de nuevo a Gaby, no con la seguridad con la que le habría gustado hacerlo.

Ahora estaba tirado en el asfalto con una sensación muy similar, sólo que esta vez no despertó en el hospital pensando en lo imbécil que era.
A lo lejos vio un automóvil volcado que ardía en implacables llamas que se extendían varios metros hacia arriba. De entre el humo aparecieron pequeñas siluetas fugitivas, eran niños que perseguían una figura aún más pequeña, corrían directo a él y vio que era un perrito Fox Terrier Smooth idéntico al que había salido en la película “The Mask”. Había algo raro en esos niños, pero no podía definir qué. Tal vez era que para estarce terminando el mundo, no parecían asustados y mucho menos se mostraban interesados por saber en dónde estaban sus padres.
Se incorporó de golpe e ignoró por completo el chispazo de dolor que lo recorrió desde la punta de los pies hasta lo alto de la coronilla.
-Mis hijos –Pensó.
Gritó a los niños que corrían hacia él, pero escuchó su voz lejana y se dio cuenta de que no podía escuchar mucho desde hacía un rato. Se acercaron lo suficiente como para ver que eran tres y que el más grande tendría unos ocho años, el mediano unos 6 y el más pequeño, tendría a lo mucho cinco años, que por la forma en la que corría le daba la impresión de ser un aterrador “chico bueno”. Ya estando cerca, se dio cuenta de que no eran sus hijos.
Antes de llegar a él, el perro cambió de dirección a causa de un impresionante estallido y pareció correr aún con más prisa emitiendo fuertes chillidos, mientras se alejaba rumbo al oeste.
De entre los arbustos quemados y aún humeantes que se encontraban cerca de los niños, salió velozmente un sujeto de camisa a cuadros, anteojos de pasta y cabello largo recogido en una cola de caballo. Éste, con un movimiento predador, atrapó al más pequeño y con una sola mano lo alzó unos dos metros en el aire, cayó de espaldas sobre el asfalto, su cabeza rebotó de una forma aterradora y dando la impresión de ser de goma, pero con el segundo impacto, la ilusión desapareció y dejó de botar de una manera seca.
El sujeto corrió tras los demás chicos y todos se perdieron tras virar en los escombros de una esquina.
Lo primero que hizo fue tratar de correr hacia el niño y auxiliarlo, pero a su lado izquierdo, el estruendoso reventar de un ventanal llamó toda su atención. Había una chica desnuda y empapada tirada entre los vidrios, se levantó aturdida y con pequeños puntos de sangre distribuidos por todo el cuerpo, salió de una especie de ensimismamiento y corrió sin tomar en cuenta los enormes fragmentos de vidrios regados por todo el césped.
Era Tamara, su vecina de 22 años, blanca, rubia, de ojos grandes y claros, color aceituna, tenía la figura de una chica atlética, y de hecho la recordaba llegando un par de veces con un balón de voleibol bajo el brazo, una blusa deportiva, ajustada y unos diminutos shorts de mezclilla. Ahora estaba completamente desnuda, tenía el cabello mojado y sobre algunas partes de su cuerpo se alcanzaba a distinguir algo de espuma de jabón.
La miró correr hacia los rosales que su difunta esposa había plantado el día en que planearon toda una vida juntos, con dos hermosos hijos que tendrían la mirada penetrante de él, pero lo increíble sonrisa de ella. Cuidarían el jardín zen que armarían juntos en la parte trasera de la casa que los dos diseñaron. Verían a sus hijos crecer, tener su primera novia, conseguir su primer empleo de verano, terminar la preparatoria y entrar en la universidad, conseguir un empleo y mudarse lejos, casarse y tener sus propios hijos. Envejecerían y consentirían a sus nietos como lo hicieron sus abuelos con ellos. Todo sería grandioso y perfecto, pero en los planes no estaba que ella muriera en un accidente vehicular provocado por la imprudencia de jóvenes enfiestados bajo los efectos del alcohol.
Imaginó a Tamara tropezando con las rosas y rasgando su tersa piel con las gruesas espinas de los rosales, pero cambió de dirección y vio como sus hermosos ojos verdes se clavaban en los suyos, notó cómo se llenaban de ira y una sonrisa maliciosa aparecía en su rostro. Supo que se dirigía hacia él y que si lo alcanzaba, ella se encargaría de arrancarle esos lujuriosos ojos de sus perversas cuencas. Estaba a unos 4 metros y él daba pasos hacia atrás esperando la oportunidad para derribarla y al mismo tiempo no lastimarla más de lo que ya estaba, pero un vehículo salió de la nada y la desapareció frente a él. Aunque todo fue muy rápido, tenía la impresión de haberlo visto como en cámara lenta. Pudo ver su cabeza rebotando contra el parabrisas y su cuerpo contorsionarse de una manera tan amorfa que resultaba  escalofriante. Había sido un golpe tan espeluznante que muchas noches después siguió teniendo pesadillas con ese y muchos otros momentos que aún tenía por vivir.
Se quedó frío y empalideció. El mundo a su alrededor era violencia pura, no había terminado una cosa cuando ya otra estaba atentando contra su integridad.
Recordó al sujeto que había hecho volar al niño y miró en esa dirección. Había desaparecido el pequeño “Chico Bueno”.
Dio dos pequeños y aturdidos pasos en esa dirección, alcanzó a divisar algo en el piso, pero no era un cuerpo sino un pequeño zapato deportivo, la única evidencia de que aquello no había sido una alucinación.

–Mis hijos –Susurró con los ojos muy abiertos.

Corrió desesperado a su casa y esquivó sin darse cuenta, infinidad de trozos de metal, muchos de ellos ardiendo en llamas. Vio que la puerta estaba abierta y el miedo se convirtió en pánico.
Entró en la estancia y la encontró destrozada. Pedazos de vidrio regados por todo el suelo, entre los cuales pudo reconocer trozos de la urna que contenía las cenizas de su difunto padre, visión que fue eclipsada por un camino de abundante sangre que corría por el pasillo y que conducía a la cocina. Siguió el rastro y al fin quedó a un paso de la locura.

-¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? -Pensó de manera fugaz -Lo suficiente como para que un psicópata entrara a la casa y comenzara la mayor de las pesadillas de cualquier padre.

Cayó de rodillas junto con sus esperanzas y levantó el cuerpo inerte de uno de sus hijos. Estaba ahí, sin vida, pálido. Con el vientre ensangrentado y sin ninguna expresión. Llevaba puesta la sudadera de las tortugas ninja que hacía juego con sus tenis de luces verdes y que la abuela les había mandado desde Estados Unidos las vacaciones pasadas.
La sangre le saturó la cabeza y no pudo respirar, intentó gritar pero el estómago lo tenía hecho vuelcos y no lo dejó emitir ningún sonido. Se tiró a un lado con la boca abierta y se retorció en el piso con los ojos apretados y las venas del cuello y la frente inflamadas.
Antes de que pudiera emitir cualquier sonido, tras la puerta de la cocina, escuchó caer algo tan pesado que cimbró toda la casa.
Se levantó con su pequeño en brazos y cruzó con una patada la puerta.
Encontró el refrigerador tirado y dedujo que eso había sido lo que escuchó, pero lo importante era quién lo había tirado.
Al fondo de la cocina, tras la barra, estaba la chica encargada de cuidar a los niños, levantaba del suelo un cuchillo ensangrentado y tenía una expresión de miedo en el rostro.
Cuando lo vio entrar en la habitación, los ojos de la chica se hicieron grandes y su boca dibujó una “O” perfecta, parecía querer decir algo, pero no podía. Corrió hacia él con la respiración agitada, el cuchillo en alto y la mirada clavada en el cuerpo sin vida del niño que él aún tenía en brazos.
Al tirar la primer puñalada, él trató de detenerla, pero no lo consiguió y aquél cuchillo cebollero, con una hoja de frío acero de 10 centímetros y mango ergonómico, diseñado para cocineros profesionales o aficionados de la cocina, capaz de picar, cortar desmenuzar y hasta triturar, penetró la pálida y nada tibia carne de su hijo. Él la tomó con fuerza por la muñeca y dejó caer al suelo el cuerpo de su hijo.
En el forcejeo debieron de haber tirado una botella de aceite o algo similar, porque de un momento a otro el piso se tornó muy resbaladizo y cayeron luchando por obtener el control del cuchillo. Sin saber cómo, él consiguió quitarle aquél casero, cotidiano y mortal artefacto.
No pensó en nada cuando pasó el cuchillo por la delgada garganta de la chica y de la mortal herida, como de su boca, comenzó a salir una gran cantidad de sangre que le manchó las manos, la playera y los pantalones. Se llevó las manos a la herida y entre horripilantes chillidos, gesticulaba desesperadamente la palabra “Locos” una y otra vez. Continuó así por algunos segundos hasta que un pesado cansancio se apoderó de ella y por fin se desvaneció.
Se levantó pálido. Tenía, una vez más, el estómago revuelto, pero ahora sentía algo nuevo, un desprecio profundo por sí mismo, similar a imaginar el comer algo baboso y grasoso, podrido, tal vez los ojos crudos y agusanados de una res. La terrible sensación de ser un monstruo se apoderaba de él. Se sentía uno de esos asquerosos seres que privan de la vida a alguien sólo por querer mantener el control de la situación. Poder. Volvió el estómago.
Tomó el cuerpo de su hijo y lo puso sobre la barra de la cocina a la que ya le daban los últimos rayos de sol.
Antes de poder desplomarse sobre uno de los bancos de la barra, vio al otro lado de ella una pequeña mano ensangrentada, supo, como cualquier padre lo hubiera sabido, que esa pequeña y frágil mano le pertenecía a su hijo menor, el cual yacía inconsciente sobre el suelo y con un fuerte golpe en la cabeza. Se apresuró a levantarlo y antes de caer en otro ataque de histeria, lo miró mover ligeramente los parpados. Lloró sin saber si era de felicidad o de dolor, tal vez una mezcla de ambos. Lo apretó con fuerza contra su pecho y dejó que el nudo en su garganta le interrumpiera la respiración por varios segundos.

El amanecer estaba a unos minutos y él no había podido dormir en toda la noche. Primero por haber clavado tablones viejos en las puertas y ventanas de la casa. Segundo, por estar pendiente del único hijo que aún le sobrevivía. Tercero, por las alarmas, las sirenas, los disparos, las explosiones y los aterradores gritos que no dejaron de escucharse en toda la noche, y por último, por las muchas veces que escuchó cómo intentaban entrar a su casa, pero al poco rato desistían de su intento.
No sabía qué estaba pasando ahí afuera y no le interesaba saber, lo único que le importaba era ver a su hijo despertar y escucharlo decir “papá”.
Le había limpiado todas las heridas con una toalla y agua tibia. Lo miraba con alivio y al mismo tiempo con angustia, pues temía que al despertar manifestara daño cerebral, pues lo que antes había sido un pequeño chichón rojizo, ahora parecía un hematoma que se le extendía con ese desagradable color morado-verdoso por toda la frente, por debajo del ojo derecho y parte de la nariz.
Pensaba constantemente en salir y buscar al Doctor Betancourt que había sido la bendición de la colonia por varios años e incluso al pensar en el canoso, blanco y letrado hombre, muchas veces le venía a la mente el personaje interpretado por Hugh Laurie en la serie “Dr House”, sólo que con un sentido del humor menos retorcido y mucho más amable.
En su desesperación y angustia pensaba que tal vez tendría una posibilidad si recorría toda la calle por las azoteas de las casas vecinas y llegando a la esquina saltaba sobre alguno de los carros del estacionamiento, después tomaría un automóvil como lo hacían en los juegos de videos y atravesaría con mínimas dificultades el deportivo que los separaba, pero aunque todo eso funcionara, no sabía si el Doctor Betancourt estaría a salvo en su casa, esperando a que alguien llegara para pedir una consulta a domicilio, o todo lo que estaba pasando lo habría tomado por sorpresa mientras daba clases en la universidad.
Cuando más desesperado se sentía y estaba a punto de buscar una escalera para subir a la azotea su hijo despertó.
Tenía una sonrisa enorme que iluminaba toda la habitación y lo primero que hizo fue pedir unas gomitas de panditas. El corazón le dio un vuelco dentro del pecho y una vez más creyó que era el hombre más afortunado del mundo. No pudo contener las lágrimas y le dijo que pronto irían a la tienda a comprar todas las gomitas que tuvieran.

El amanecer al fin llegó y con él cesaron todos los disparos, algunas alarmas seguían sonando, pero ya no se escuchaban los aterradores gritos que muchas veces rasgaron la esporádica tranquilidad de la noche.
Cuando miró por una de las ventanas, vio columnas de humo que se erguían imponentes en el horizonte. Seguro habían estallado muchos automóviles y por el tamaño de otras columnas, tal vez habrían sido una pipa o una gasolinera.
Pensó en prepararle a su hijo un plato de cereal, pero el niño se le adelantó y le pidió unos hot-cakes con jamón y mantequilla, su padre no lo pensó dos veces y le dijo que lo esperara en la habitación mientras los preparaba.
Bajó a la cocina y miró con terror sangre seca por todos lados, el cuerpo de la chica que aún tenía los ojos abiertos como platos y la boca llena de espesa sangre oscura, seguía en el mismo lugar, estorbando la entrada. No había entrado ahí desde que se llevó el cuerpo de su hijo mayor y aseguró las ventanas, debía de estar tan destrozado que ni siquiera recordaba haber esquivado el cuerpo al salir. La observó con la mirada perdida y recordó lo último que intentó decir la joven: “Locos”.
Antes de que siquiera pudiera pensar en echarle una manta encima, su hijo apareció tras de él.

-Papá, no quiero los hot-cakes con mermelada, los quiero con miel, como los hacía mamá.

Se sobresaltó y se apresuró a cubrirle los ojos para que no contemplara la horrible escena, lo sacó de la cocina y le dijo que no quería que entrara ahí.

-¿Lo dices por ella, papi? –Preguntó el pequeño señalando una de las piernas que aún se alcanzaba a ver desde donde estaban –Nos trataba mal, me da gusto que esté muerta.

Él lo miró con ojos grandes y amenazadores, pero al final se relajó y la voz del padre fue la que salió del él.

-Hijo, no quiero escucharte decir eso –Dijo con firmeza, pero sereno. –Nunca más.

El niño asintió con la cabeza y no hubo más conversación.

Después del desayuno, que habían terminado por ser unos panques con miel, permanecieron unos minutos en la mesa sin saber cómo proceder.
El niño miraba las caricaturas en la tableta y su padre miraba con intriga la actitud despreocupada de su hijo.
Pensaba en lo difícil y dramático de las circunstancias.
Pocos meses atrás había perdido a su esposa en un absurdo accidente de automóvil y ahora perdía al mayor de sus hijos en un horrible asesinato. Tenía miedo y su hijo parecía estar como si nada.
No pasó mucho antes de que se comenzara a preguntar a dónde se habían ido todos. Durante la noche las calles parecían mercado en domingo y ahora no había ni un alma ahí fuera.
Ya había notado que no tenía red en el celular, pero no que el internet de casa seguía funcionando.
En redes sociales decían que todos se habían convertido en monos locos y no pudo evitar pensar en las palabras ahogadas en sangre de la niñera: “Locos”.
Hablaban de conspiraciones del gobierno, de una enfermedad similar a la de las vacas locas que había evolucionado y ahora estaba afectando a las personas, del apocalipsis en el libro de las revelaciones y hasta de un virus extraterrestre traído por los Estadounidenses en su última exploración a Marte.
Pudo mirar algunos videos de un contenido aterrador, desde uno tomado por una videocámara de seguridad del metro de la ciudad de México en el cual se veía a un hombre tan rojo como un tomate bajando a golpes a un vendedor ambulante de discos piratas y cuando por fin parecía que todo terminaría el sujeto comenzaba a saltarle en la cabeza y a desfigurarle el pixelado rostro; hasta el de una mujer de la tercera edad, en Siria, con un lanzagranadas y abriendo fuego desde su azotea contra un grupo de niños que jugaba a la pelota en un estacionamiento.
El mundo estaba muy loco desde antes de que todo esto comenzara, pero aun así, las cosas más atroces parecían haber comenzado tres días atrás. No pudo averiguar dónde comenzó, pero supo con certeza que ahora estaba por todo el mundo.
Pensaba que tal vez Corea del Norte sería el único país libre de locos y después la idea lo hacía reír amargamente.
Entre todas las cosas que se podían ver en la red, había una cantidad impresionante de pornografía, pero no del tipo de pornografía con producción, sino de la casera que se graba con el teléfono. Parecía que ahora todo mundo había hecho su propio video pornográfico. Bastaba con buscar en el muro de Facebook de cualquier chica, para ver hasta la más obscena de sus fantasías en video.
Al medio día el internet dejó de funcionar, pero él había descubierto ya suficientes similitudes en gran parte de los videos y la información:

-Lo que sea que estaba pasando, sólo ocurría de noche.
-La mayoría de los “infectados” andaban desnudos por todos lados.
-Algunos de los “infectados” tenían la piel irritada y salpullido en la panza.
-Y lo más importante, los “infectados” podían verse como una persona normal y actuar normal por horas, pero en algún momento perdían el control y cuando eso pasaba, era muy probable que alguien muriera de una manera sádica.

Tenía miedo, pero no por él, sino por su hijo. Ya había perdido demasiado y aunque sentía que no tendría la fuerza y se tiraría a llorar con resentimiento hacia lo divino, no se lo iba a permitir, no iba a perder la poca cordura que aún le quedaba, no iba a perderlo a él.

Una vez más comenzó a ponerse el sol y con la luz debilitada, comenzaron los ataques, los gritos, los disparos y las explosiones. Pensaba constantemente en que él ya lo había escuchado la noche anterior, pero su hijo no, pues él había recobrado la conciencia cerca del amanecer. Lo miró y trató de distraerlo. Conectó los auriculares a la TV y le dijo que mirara las películas que tenían en bluray. El niño no se impacientó y continuó mirando toda la noche, una y otra vez las películas de Pixar que tanto le gustaban.

Esa noche la pasó mirando con horror todas las fotografías familiares y en cada una de ellas encontró una forma diferente para desgarrar su alma. Miraba a su hijo mayor vestido completamente de blanco y con una rosa en las manos para el festival del día de las madres y la ira lo envenenaba completamente. Observaba la fotografía de su esposa que un sujeto había tomado en su primer sita y se las había podido vender en 50 pesos, pero los había valido pues ella tenía una sonrisa increíblemente hermosa y autentica, pues habían tomado mucho café y al no estar acostumbrado a dicha bebida él había mojado los pantalones.
Antes de que pudiera seguir con la tortuosa situación, los ruidos que la noche pasada indicaban la presencia de alguien queriendo entrar a la casa, ahora se habían intensificado.
Buscó la forma de ver de quién se trataba, pero no lo consiguió. Fue deprisa a su habitación y del closet sacó un viejo palo de golf, regalo de su suegro, que jamás había usado. Después se encaminó hacia la cocina y encontró sobre la barra a su hijo sosteniendo en la mano derecha el afilado cuchillo con el que había privado de la vida a otro ser humano.
Lo primero que pensó fue en no asustarlo, para que no fuera a caer y todo terminara en una tragedia, pero justo en ese momento el niño volteó y lo miró con furia.
Bajó de la barra con una habilidad que lo hacía parecer un profesional de la lucha libre y como sacado de una película de terror, lo miró correr con el cuchillo en la mano hacia él. En ese momento supo que los niños que correteaban al pequeño perro, que había visto al despertar, estaban infectados, estaban locos. Y eso significaba que su hijo también lo estaba y que la mujer a la que le había cortado el cuello en esa misma cocina y con ese mismo cuchillo, no buscaba más que defender su vida. Que tal vez no había sido ella quien mató al mayor de sus hijos, sino que había tratado de que no se llevara a cabo una enferma representación de Caín y a Abel. Todo estaba perdido.
No pensó en darle en la cabeza, pero sí lo detuvo pegándole con el palo de Golf en sus cortas y aparentemente frágiles piernas. Tras derribarlo se abalanzó contra él y en su primer intento por quitarle el cuchillo el niño le apuñaló la pierna, pero después de un breve forcejeo al fin tomó el control de la situación.

A la mañana siguiente ya no había luz eléctrica. Alistó una mochila con una serie de provisiones muy básicas que consistía en enlatados y agua potable. Quitó sin esfuerzo las trancas de la puerta principal y miró la luz de la mañana con el característico dolor que provoca el no haberla visto en mucho tiempo.
Se percató de que había tomado la mejor decisión, pues por las condiciones en las que estaba la madera, no iba a poder aguantar una noche más.
Se montó la mochila al hombro y saco de la casa un viejo carrito de supermercado con su hijo adentro y una gruesa tabla encima sujetada con alambre. El niño comenzó a gritar como si lo estuvieran quemando vivo y seguido a eso su padre le echó un grueso cobertor encima. Los gritos cesaron y su delirante viaje comenzó.

Por: Kris Durden

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Kris Durden