¡Comparte en tus redes!

Los berrinches no sólo son cosa de niños

Lorena López Niño de RiveraTengo un tema en mi vida que desde hace unos cuantos años pareciera que es la causa de todos mis “problemas” y que, aunque he ido trabajando y he ido mejorando, siempre es una parte que está y estará ahí y es que: ¡Soy muy berrinchuda!

Desde que era niña recuerdo a mis papás mandándome a terapia bajo el motivo “es una niña muy berrinchuda”, maestros y maestras diciéndome que, aunque me iba bien en la escuela debería de haber sido menos berrinchuda y claro que para mis amigos, novios y familia no era la excepción, pareciera que crecí literalmente haciendo una conexión entre Lorena = berrinchuda.

Cuando somos niños es normal y muy común que todos hagamos berrinches, no conozco a un niño, ni creo que exista, que nunca en la vida haya hecho un berrinche e inclusive este se puede volver un problema para los papás, sin embargo hay una parte en la que tenemos configurado que los berrinches sólo se dan en los niños… ¡Pero no! Así como los niños, los adultos hacemos berrinches, yo tengo 24 años y sigo siendo bastante berrinchuda. Pero, primero lo primero…

¿Qué son los berrinches?

En un principio yo pensaba que mis berrinches en realidad sólo eran enojo. Que me enojaba por X o Y, sin embargo conforme lo fui observando fui dándome cuenta que de hecho son cosas muy diferentes. Pensémoslo en un niño; un berrinche es esta típica escena que vemos en el supermercado en el que el niño le pide un dulce a su mamá y su mamá le dice que no va a comprarle un dulce por determinada razón; en unos cuantos segundos –dependiendo el nivel del berrinche– vemos al niño gritando, enojado, llorándole a su mamá que por favor le compré el dulce, y entre más se lo niega la madre, pareciera que el niño se “encapricha” más en querer el dulce. Se tira al suelo, empieza a patalear y a gritar, que quiere su dulce pase lo que pase. Digamos que escenas así, podemos verlas a los 2, 10, 20 o 40 años, no importa cuánto hayamos crecido todos tenemos a nuestro niño dentro, que quizá en ocasiones hace berrinche por un dulce, pero en ocasiones hace berrinches por otras cosas.

Ya adultos, yo diría que hacemos berrinche cuando de forma un poco repentina nos “enojamos” por algo, queremos que alguien más resuelva ese problema o situación, queremos que a fuerza se haga lo que yo creo que se debe de hacer y pareciera que, aunque nos hablen, expliquen y digan, yo estoy “montada en mi burro” (Pensémoslo como el niño que pase lo que pase quiere su dulce).

En mi experiencia puedo ver que podemos hacer berrinches por cosas pequeñas como por ejemplo, en mi caso, que mi mejor amigo no me diga de qué escribir en mi columna, pero también por cosas mucho más grandes como querer que una persona haga o sea como yo creo que debe de ser. Pero, ¿Para qué hablarles de los berrinches? En mi experiencia he visto que hay tres puntos que son muy importantes en relación a este tema:

  1. ¿De dónde viene el berrinche? En realidad, el adulto no es el que hace el berrinche, el que hace berrinche, es nuestro niño interior, es ese niño que está pidiendo su dulce o que simplemente está pidiendo que alguien lo abrace y le diga: todo va a estar bien. Cuando somos niños, idealmente están nuestros papás o la persona con la que estemos para contenernos y explicarnos cuando empezamos a hacer un berrinche sin embargo pareciera que cuando crecemos nos olvidamos de que ya no están papá o mamá pero que ahora los adultos responsables somos nosotros mismos, nosotros somos los que podemos contener y abrazar a ese niño que está dentro de nosotros. Lo que a mí más me ha dolido de ser berrinchuda es ver que en realidad abandonó a la niña, que cada vez que hago un berrinche sea por lo que sea, es la niña pidiéndome que la abrace o que esté con ella (Cada uno de nosotros tenemos necesidades diferentes) y al no contenerla en realidad la estoy dejando en el supermercado sola pataleando por su dulce.
  2. Lastima a otras personas. Todos tenemos diferentes formas de reaccionar cuando nuestro niño/a está haciendo berrinche sin embargo en muchas ocasiones cuando lo hacemos podemos alejar o lastimar a las personas. Pensémoslo una vez más en el niño del super, hay niños o niñas ( yo era una de esas) que sin la intención, le pegan a sus papás o el típico gesto de sacar la lengua; bueno cuando crecemos a veces hacemos eso con la persona que tenemos enfrente le sacamos la lengua o le pegamos, no necesariamente físicamente. Lo doloroso de esto es que una vez que pasa el berrinche, nos duele haber lastimado a alguien e inclusive habernos lastimado a nosotros mismos.
  3. Perdemos más de lo que se puede ganar. El último punto que me parece importante, a veces, en nuestros berrinches nosotros mismos nos ponemos el pie. A veces por querer que algo sea como nosotros queremos que sea, que alguien haga algo para mí o que las cosas sean de cierta forma nos perdemos un poco de la vida y de lo que pasa alrededor. Para mí ha sido bastante doloroso voltear a ver y ver cuantas oportunidades, cuantas experiencias e inclusive cuantas relaciones me he perdido por hacer berrinche.

Me gustaría finalmente dejarte dos pasitos para empezar a abrir esta ventana a nuestras vidas:

  1. Observarte. Empezar a observar y a preguntarte ¿Soy berrinchudo/a? ¿Con qué siento que hago berrinche? ¿En qué momentos siento esta sensación de berrinche? ¿La tengo con alguna persona o alguna situación en específico?
    A veces pareciera que en nuestra rutina del día a día pensamos que no nos pasan determinadas cosas, pero una vez que nos damos un espacio para nosotros y paramos podemos empezar a encontrar estas pequeñas cosas que pueden de hecho, ayudarnos bastante.
  1. Escucharte. La segunda cosa que me gustaría dejarte es empezar a voltear a ver ese niño o niña que tenemos adentro, a mí me sirve ver una foto mía de chiquita y hacer literalmente una observación y preguntarme ¿Cómo se siente mi niña? ¿Qué le hace falta? ¿Qué le duele o enoja? ¿Qué le gustaría tener? A veces sólo necesita que la escuche, otras veces necesita un abrazo u otras veces necesita ir al parque y por un helado.

Cada uno de nosotros tenemos diferentes necesidades dependiendo de lo que sentimos nos hubiera gustado de niños, pero para poder empezar a cuidar y apapachar a ese niño hay que empezar a verlo y a escucharlo, al final, ahora nosotros somos los únicos responsables que podemos cuidar a nuestro niño/a.

¡Espero que esta columna les sea útil y me encantaría escuchar acerca de sus experiencias en este tema!

Lorena López Niño de Rivera

IdeasQueAyudan