¡Comparte en tus redes!

Mati está contenta, Mati está triste

matiCapitulo I

Rolando y Mati estaban frente a esa fogata enorme, parados frente a ella, tomados de la mano.
Sus ojos estaban brillosos mientras miraban danzar las llamas como de 2 metros de altura.
Era sin duda una fogata controlada y maravillosa, de enigmática belleza que llegaba a ser hipnótica; enviando un mensaje seductor y sobretodo atrayente.

Mati estaba contenta frente a ese fuego y apretaba con fervor la mano de Rolando, de alguna manera allí estaba la esperanza de un poco de paz.

La vida había tomado un ritmo diferente en la casa de ellos, desde que llegó doña Martina a pasar los últimos días; acto que nadie podía haber asegurado; Pero algunos sospechaban y ella ya presentía.
Algunas veces desde su cama solía despedirse en silencio de las personas que venía a visitarla.

Ella decía: gracias por venir a verme, tal vez me vaya pronto.
A lo que las personas respondían, claro que no venimos a verte mejorar.

A veces ella lo creía y se incorporaba un poco sobre la cama y Rolando o Mati solían escucharla cantar y la casa detenía el paso del tiempo y el ambiente y el aroma de las plantas y todo pertenecían a un mundo donde la enfermedad y la muerte no existían.

Allá en sus primeros años Martina había llegado de Houston a campeche y el destino quiso que fuera vecina del gran compositor Abelardo sierra; quien fue su maestro de música, además de su primer gran amigo en México, muy a pesar de las brechas generacionales.

La gringita que es el mote con que Abelardo llamaba a Martina y que duró hasta su avanzada edad; era una chiquilla súper despierta. Que adquirió gran habilidad en el canto y su padre Don Tomás Hernández, solía presentarla en algunas reuniones para que amenizara momentos con su voz.
Sus socios, los gringos que solían venir algunas temporadas para ver la empresa de exportación de alcoholes, donde don Tomás era Gerente ejecutivo; ellos solían beber ron, sentados en sillas tejidas disfrutando del servicio de mujeres morenas y hermosas; mientras escuchaban a Martina cantar música regional mexicana. Y El sol y las mujeres y los grandes patios de convivencia, y los músicos y los padres de Martina se transportaban a un espacio sin tiempo que nadie podía explicar.

Ahora como en aquellos tiempos; aunque con una voz más cansada por los días; Doña Martina podía hacer que el espacio de cualquier lugar tomará una belleza especial; por el dado hecho de empezar a cantar.

Una mañana llegaron un par de canarios a cantar en la ventana, por donde solía entrar la luz del sol a los pies de la cama donde doña Martina despertaba cada mañana; pero esa mañana. Ya no despertó.

Capitulo II

Mati se acercó a la cama de su abuela para llevarle un poco de té y el medicamento que Martina aventaba por la ventana cuando tenía oportunidad. Fue en ese momento cuando notó que seguía dormida. Mati puso sus blancas manos sobre la rodilla de su abuela, agitándola un poco mientras besaba su frente; sintió el frío de la misma, frío que recorrió sus labios y le hizo entender que se había ido.

Mati se desespero y agitó con más fuerza la rodilla, el pecho, los hombros de aquel cuerpo. Que por la expresión de su rostro había descansado en paz.

Mati gritó: ¡no, Mati no!
Rolando, que había llegado de madrugada, yacía en un sueño profundo del cual despertó de inmediato, presintiendo que había llegado el momento; bajó descalzo, en bóxers hasta donde se encontraba su esposa.
Mati al verlo, corrió a sus brazos y casi susurrando. Dijo: Se nos fue la gringita.

Se nos fue Mati grande. Sabías que a mí me pusieron Mati porque, cuando ella era pequeña no podía decir Martina y decía Matina, así que Mati era un nombre que solo su familia solíamos usar y aún nos traía alegría recordar a una pequeña Martina diciendo Matina.
Rolando, con un nudo en su garganta, tomó la cabeza de amada con cariño y la llevo hasta su pecho; mientras ella no paraba de llorar; era un llanto tranquilo que poco a poco se desvaneció.

Había un silencio duro y enérgico en la habitación, salieron e hicieron muchas llamadas; esa tarde y la noche de ese día y las 3 noches siguientes, no hubo descanso. Personas entraban y salían. Habían decidido despedirla desde su casa sin saber el gran número de personas que vendrían a despedirla. El funeral fue un acto social sin mayores intereses Religiosos.

Vino gente de la capital, gente de la radio de Tabasco, del teatro que aún estaban vigentes en Yucatán; hasta gente de la secretaria de Cultura del actual Gobierno de Campeche.

Hubo algunas notas en el periódico, otras tantas en la televisión local.

Las noticias en su resumen decían: La gran Martina de México se fue. Otra luz en el mundo del arte se apagó; en momentos en que el arte y la cultura de nuestro país necesitan más apoyo.

Mati y Rolando llegaron a casa después de una travesía de enormes despedidas y congratulados pésames del mundo.

La casa decía lo mismo. Como que algo le faltaba.

Dos días después, ya asimilando los silencios y la libertad de los cuidados; que ellos debían tener para Martina que tenía si acaso una semana de haber fallecido.
Mati bajo a la cocina, porque la jarra de vidrio en su buró ya estaba vacía.
Mientras llenaba su vaso directamente del grifo y bebía con el vaso en los labios, volteo hacia la cama donde su abuela solía descansar y escucho los mismos quejidos que ella producía por la noche.
Mati no pudo evitar caminar hacia la cama para asegurarse a ella misma que solo imaginaba cosas. Avanzó hacia la cama de ese cuarto. que antes había sido adecuado para las necesidades de la gringita.
Mati creo en su mente un instante de ella, sentada en esa cama vacía, donde entraba la luz de la luna por las persianas y su rostro de perfil recordando a su abuela. Como si fuera parte de una escena de película o un video clip; mientras avanzaba y para su sorpresa. Había un bulto en la cama. Martina seguía durmiendo allí. Los ojos de Mati se abrieron y su boca se cerró de sonidos. Aunque quizo hablar no pudo; intento gritar y fue en vano.
Martina se levanto de la cama, tocó la mano de su nieta quien sintió un enorme frío y escucho de la voz de su ancestro –Mati querida. no tengas miedo–.

 

Capitulo III

Mati abrió los ojos y miro él techo de su habitación. Luego al frente, el reloj marcaba las 10:27 de la mañana; era domingo de Ramos y se escuchaba en la calle un tumulto de gente. Se asomó por la ventana con la garganta seca, iban cantando y agitando algunas palmillas y otro tipo de rollos de flores y de demás follajes que asimilaban ramos. Cargaban sobre los hombros algunas imágenes de santos y retablos religiosos. Mientras miraba extendió el brazo hacia el lugar donde siempre estaba un vaso de vidrio. Al no encontrarlo sintió un enorme escalofrío y volcó la mirada hacia el lugar vacío, se levantó de la cama de un brinco y corrió escaleras abajo. Rolando estaba en la cocina y dijo buenos días mientras miraba correr a su esposa hacia la cama de su abuela. Donde encontró el vaso y ante la sorpresa solo pudo llevar las manos al rostro silenciando algún gritó o algún dolor que solo ella reconocía en su interior.
Después de unos segundos ella giro hacia rolando y le dijo: ¡ella estuvo aquí anoche, no fue un sueño. Lo juro Roy, era real!

Después de esa mañana la presencia de Martina era constante, aveces estaba sentada en la silla que habían puesto al costado de la cama, otras recostada en la cama con la espalda en la cabecera, mirando a Mati preparar los alimentos.

Mientras picaba la cebolla, el sonido del cuchillo golpeando la madera se volvió una constante que desespero a Mati y con cuchillo en mano se blandió hacia el lugar donde su abuela solía aparecer. Gritando y blandeando él cebollero.
Mati Gritó: debes irte Mati. Debes irte. Mientras caía de rodillas sobre su cocina en medio del llanto, mezcla de desesperación y del hedor de la cebolla.

la imagen de Martina pasó de ser el rostro conocido y un tanto colorido; a ser una especie de ser borroso, comenzaba a ser lúgubre para mati.

Ya que aveces al llegar a casa, salir de ella o abrir alguna puerta, siempre había una alerta de que Martina apareciera de repente, como aquella tarde, en que al salir del baño, abriendo la puerta Martina estaba sentada en la escalera.

Su rostro empezaba a descarnarse y voltio su mirada, que empezaba a ser más cuencas que ojos hacia Mati. para decirle: hace mucho frío y me siento muy sola.

Mati cerró la puerta regresando y desde dentro, con esa puerta de intermedio Mati dijo: Abuela sabes que te amo. ¿Qué e podemos hacer por ti?

El silencio se extendió Mati abrió la puerta y su abuela no estaba.

Pasaron algunos días libres de apariciones
Y entre sueños, una madrugada Mati escucho una voz muy tenuemente que le decía: la cama; deshazte de la cama para que ella pueda partir.

Al día siguiente.

Se levanto de la cama con una sola idea. Le pidió a Rolando trajera Gasolina ; mientras ella sacaba el hacha del espacio para herramientas.

Sacó el colchón al patio y comenzaron a partir esa cama, mientras Rolando miraba la desesperación con que su mujer descargaba su furia sobre los pedazos de madera. Destrozaba todo; mientras gritaba y lloraba. Mientras también decía adiós.
Rociaron un poco de gasolina sobre los maderos rotos y el colchón.
Mati no necesito explicarle nada a su esposo, él lo había entendido todo. Pasó la caja de cerillos a Mati, quién dio inicio a una línea de fuego que avanzó hasta los destrozos, comenzado aquella enorme fogata. Mati tomó de la mano a su compañero y cómplice. Mientras miraban como el fuego reducía en cenizas mucho de lo que había dentro de él.
Al final del día; Mati estaba contenta.

Esa noche Mati seguía excitada, como si las llamas del fuego siguieran dentro de ella.
Estando en su cama; Rolando miraba la televisión, mientras Mati comenzó el jugueteo. Llevando su mano directo al miembro descansado de su hombre, cosa que al instante le sorprendió. Ella no solía tener ese tipo de arrebatos y inmediato reaccionó ante la excitación, comenzaron en un juego de caricias y entregas hasta Que entre los gemidos de Mati y el silencio, hubo una canción de las tantas que Martina solía cantar.
Ambos la escucharon provenir del salón de abajo.
Se vistieron un poco de ropas y de valor y tomados de la mano bajaron.
Para encontrarse con una especie de espectro de lo que Martina alguna vez fue. Sus ojos furiosos y la mandíbula un tanto desprendida del cráneo, cráneo de donde colgaban mechones largos de un cabello canoso y podrido. Rostro con jirones de carne colgando; esta vez estaba molesta su pecho agitado y su manos huesudas demostraban su ira e impotencia, porque ella no podía encontrar la cama que era el Único lugar donde había podido encontrar paz.
Una paz que en esa casa nadie volvería a encontrar...

Francisco Javier Garrido Ruíz