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Matrimonio abierto - Los nuevos modelos matrimoniales

tere-DIAZ-1000X525-2017Las relaciones amorosas, hoy más que nunca, atraviesan un vertiginoso proceso de transformación. Frente a la desvinculación entre sexo, reproducción y matrimonio, emergen una diversidad de modelos amorosos y de acuerdos conyugales que antaño no había forma de vislumbrar. Sin embargo, aún con sus notables diferencias, en todos ellos el tema de la exclusividad sexual es una constante que parece ser poco negociable: en un mundo global donde podemos combinar distintas actividades con diversas personas en distintos escenarios (incluyendo el virtual), las parejas están de acuerdo en la importancia y necesidad de intercambiar intereses, confidencias y espacios con terceras personas, excepto el cuerpo. El cuerpo, dicen, no se comparte…

Este “acuerdo” de no abrirse a la extra conyugalidad es entendible en un sentido: la dimensión erótica –que incluye la sexualidad, la genitalidad, pero que es más que ambas-  se vive como la base de lo propio y distintivo de la pareja. Sin duda, el buen sexo crea vínculos, por tanto todo lazo fuera de la relación conyugal siempre corre el riesgo de desestabilizarla. Pero ¿acaso un encierro monogámico no pone también en riesgo el bienestar personal, la estabilidad y sostenimiento de la vida de pareja?, ¿una promesa de exclusividad eterna no encierra, además de bastante represión, un empobrecimiento de la vida de cada uno de los miembros de la pareja  y de la complicidad conyugal?

Pareciera que sí. La realidad nos muestra que hoy vivimos más que amores eternos, una sucesión de relaciones “monogámicas”. Eso en el mejor de los casos, porque si nos adentramos a las cifras que arrojan las  estadísticas, en los países occidentales entre el 60 y 80% de los hombres han sido infieles, mientras que entre 40 y 45% de las mujeres han tenido experiencias extraconyugales también. Aunque el 95% de las parejas siguen casándose con el acuerdo tácito o expreso de guardarse mutua fidelidad, la realidad se caracteriza por la contradicción: queremos ser fieles pero no siempre lo conseguimos, pedimos fidelidad pero no siempre la respetamos…

Si bien las experiencias sexuales extraconyugales en ocasiones van de la mano de conductas de abuso, maltrato, negligencia, venganza y desinterés, en muchos otros casos integran factores complejos que superan por mucho la idea de ser un simple hecho de maldad, de patología, de inmadurez e, incluso, de conflicto de pareja. No podemos pensar que todos los que cometen infidelidades están enfermos, errados o son unos abusivos inmorales; tampoco podemos aseverar que toda experiencia extramarital implica crisis en la vida de pareja y, menos aún, falta de amor.

Rafael Manrique, psiquiatra y psicoterapeuta español, en su libro “Conyugal y Extraconyugal” nos lleva a cuestionar esta paradoja: pensemos en un matrimonio que, tras unos años de adaptación y de vida compartida, construye una relación satisfactoria, tranquila y amorosa, que resulta buena para ambos. No habrá grandes pasiones, pero sí puede existir compromiso, gratitud, ternura, comodidad, intereses comunes, todos estos, logros de gran valor. Si esta misma pareja ve a su alrededor un mundo de matrimonios lleno de rompimientos, desamor, violencia, aburrimiento, puede darse cuenta que lo que tienen es bueno y vale la pena conservarlo, aún con la importante disminución del deseo sexual. Ponderando todo el panorama podrían decidir que, mientras lo que valoren no se ponga en riesgo, uno o ambos, juntos o separados, pueden tener alguna otra experiencia en la que lo erótico fluya con cierto candor. Manrique continúa cuestionándonos al afirmar que si existen los años, la solidez y la experiencia necesaria en cada uno y en la relación construida, los espacios extraconyugales no tendrían por qué confundirse con el amor que se tienen, ni habría por qué desmoronarse por su existencia.

Tere Díaz