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El oscuro secreto de la residencia Balli

El oscuro secreto de la residencia BalliCuando cobró consciencia de sus acciones se encontraba caminando de noche y a mitad de la carretera. Tenía las manos polvosas, salpicadas de sangre y con pequeños fragmentos de vidrios incrustados. Una ráfaga de viento le agitó el cabello y sintió que la espalda se le congelaba. Se levantó el cuello de la camisa en un gesto inútil para protegerse del frío y con la mano izquierda se la cerró a la altura de la garganta, mientras que con la mano derecha se palpó la nuca para descubrir que su cabello estaba completamente empapado. Un agudo dolor le nació donde habían estado las puntas de sus dedos, el dolor atravesó su oído izquierdo y le terminó en el ojo. Al regresar la mano vio que tenía algunos cabellos adheridos con sangre y piel, pensó que tenía sentido el no poder recordar ni su nombre.
Detuvo su paso y echó un vistazo detrás, tratando de reconocer el lugar de donde venía. La luz de la luna apenas  alcanzaba a iluminar un par de líneas blancas que dividían la carretera sobre la que ahora estaba caminando, pero no hubo indicio de que el lugar donde había perdido la memoria estuviera cerca.
A unos 500 metros se alcanzaba a ver una débil luz cerca del camino, lo más sensato era caminar hacia ella, pero al mismo tiempo pensó que no debía de ir hacia la luz. Sonrió y dio gracias porque su sentido del humor se mantenía intacto.

Llegar esta el lugar de donde provenía la luz fue doloroso, pero no cansado. Con cada paso, una aguda punzada en la cadera se hacía presente y eso lo hacía cojear.
La luz que había visto de lejos pertenecía a un pequeño farol que colgaba de un pilar de ladrillo rojo y delimitaba el inicio o final de una propiedad. Junto al pilar se extendía un camino de piedra de rio en el cuál apenas cabría un automóvil pequeño. Desde ahí ya se alcanzaba a ver una residencia enorme con un par de luces encendidas en el exterior y sólo una habitación iluminada en la parte superior. Una sensación de alivio se hizo presente.

Ya sólo tenía que subir tres escalones para poder tocar el timbre y pedir que lo auxiliaran, pero temía que alguien lo viera por la mirilla de la puerta y decidiera que era mala idea abrirle, o siquiera responderle, a un sujeto cubierto de polvo, vidrios y sangre.
Su mano tocó el barandal para subir el primer escalón y fue como si tomara un par de cables pelados. Sintió una descarga, pero de plagada de imágenes y sentimientos ajenos a él. Las imágenes rápidamente adquirieron un orden.
Una mujer rubia de unos 25 años, corría por ese mismo jardín, con la cara ensangrentada y gritando una serie de histéricas palabras ilegibles. Más de cerca se podía ver que le hacía falta la lengua. De hecho él sentía el sabor a cobre inundándole la boca y nariz. Sintió que le faltaba la respiración y la desesperación se apoderó de él. Cuando regresó a la realidad ya estaba tirado de nalgas sobre el suelo.
Al abrir los ojos se dio cuenta de que sólo había sido una alucinación, provocada tal vez, a consecuencia del fuerte golpe que tenía en la cabeza o eso quería creer, pues también existía la posibilidad de que estuviera recobrando la memoria y que esa horrible visión fuera un oscuro y crudo fragmento de la realidad. Aunque no lo tenía claro, pero decidió que no era buena idea tocar de nuevo el barandal, pues la textura podría haber sido el detonante.

La casa no tenía timbre y la puerta era tan gruesa que usaba una aldaba de bronce en forma de dragón. El bronce le regresó a la boca el sabor a sangre, pero ahora no sintió angustia, sino un poco de excitación. Tanto la puerta como la aldaba tenían un acabado sumamente detallado. Titubeó, pero al final llamó a la puerta con golpes secos y duros. Un momento después, lo recibía con cara atónita un hombre delgado, de cara alargada, pero estética. Bronceado. Tenía unos 35 años y era muy alto, casi tanto como él. Las cejas las tenía tan pobladas que lo dotaban de una mirada astuta y penetrante.

-¿Pero qué demonios? –Preguntó el residente arqueando esas espesas cejas-. ¿Qué le ha pasado?

-No lo sé –Dijo con serenidad –No sé cómo es que terminé así. No sé dónde estoy y mucho menos cómo me llamo.

-¡Pase! –Le dijo al tiempo que lo tomaba del brazo y lo ayudaba a entrar.

-Créame, se ve peor de lo que se siente –Dijo al tiempo que le indicaba con la mano que no era necesario.

Al entrar dirigió su atención al espejo junto a la puerta. Era redondo, muy grande y con el marco dorado. Lo que le interesaba no era el espejo en sí, sino mirar su rostro y ver si podría recordar quién era, pero al estar parado frente a él no pudo reconocer al sujeto que parecía imitar a la perfección todos sus movimientos.

Se parece a Liam Neeson en Taken –Pensó –Es curioso cómo uno puede olvidarse completamente de su identidad y de todas las personas que ama, pero recuerda perfectamente a Liam Neeson en Taken.

Al escuchar que la puerta se cerraba a su espalda, volteó y miró al residente pasmado, mirándolo con una cara de incredulidad y asombro.

-Tiene usted un golpe horrible en la nuca –Dijo – Le ha bañado en sangre toda la espalda. Será mejor que llame a una ambulancia.

Caminó apresurado hasta el otro lado de la habitación, donde se encontraba un teléfono negro de disco. Marcó solamente tres dígitos y comenzó una conversación en la que dijo llamarse Zacarías Gray, que estaba en la residencia Balli sobre el kilómetro 18 y que necesitaba una ambulancia con urgencia, pues un sujeto con una herida grave en la cabeza se había presentado a su puerta, al parecer, víctima de un atropellamiento o algún accidente automovilístico. Guardó silencio por un momento asintiendo con la cabeza, seguido a eso dijo que el sujeto no recordaba ni su nombre, mucho menos si habría más personas implicadas en el accidente.

Hasta ese momento no había pensado en eso y podía ser que ahora mismo hubiera una persona atrapada entre fierros retorcidos esperando que llegara la ayuda.
El pánico estaba por apoderarse de él al recordar a la chica rubia que había visto en la visión del barandal, pero el sentimiento no pudo siquiera aflorar en un poco de sudor o un pulso inquieto. Ni siquiera vio que sus rodillas se movieran un poco o que sus manos se estrujaran nerviosamente. Tenía dominio total de sí mismo.

Al colgar el teléfono Zacarías le preguntó desde el otro lado de la habitación

-¿No tienes billetera o algo que nos ayude a saber quién eres o qué haces aquí?

Metió las manos en las bolsas del pantalón y encontró un recibo por cinco pares de guantes de piel para caballero, había pagado con efectivo. En la bolsa trasera sólo había una llave suelta.
Le dijo a Zacarías que sería buena idea que salieran a buscar el lugar del accidente, pues podría haber más personas implicadas y tal vez estarían asustadas y heridas esperando a que llegara la ayuda, pero Zacarías no creyó que eso fuera prudente.

-Será mejor que se calme –dijo Zacarías -Tome asiento, la ayuda ya viene en camino, ellos se encargarán. Además tiene un golpe muy fuerte en la cabeza y lo menos que quiero es que llegue la ambulancia y no nos encuentre en casa y crea que todo es una broma… Déjeme ir a la cocina por un poco de hielo, por favor tome asiento.

Lo vio cruzar la puerta de la cocina, que curiosamente tenía chapa, era casi idéntica a la de la entrada. Desde ahí pudo ver que tanto el refrigerador como la cocina eran de un color gris Oxford. Regresó la mirada al espejo con la esperanza de que lo asaltara un recuerdo revelador, pero sólo encontró a un hombre que en realidad necesitaba ayuda médica.

La sala era un lugar muy espacioso que definitivamente era utilizado sólo para vacacionar, pues no había retratos en las pálidas y grises paredes. El piso estaba hecho de mosaicos artesanales hechos a base de cemento comprimido, con diseños que tal vez pertenecían a artistas plásticos o diseñadores emergentes. ¿Había escuchado de un negocio así en México llamado Sobre Arte?
Los sillones eran negros, de piel, de esos en los que se podía quedar uno recostado hasta media noche mirando infomerciales baratos de productos que nadie necesitaba y comiendo galletas con helado sobre el regazo, y sí en el forcejeo con Morfeo se derramaba algo, se limpiaría con tan sólo pasar un trapo con un extremo húmedo y luego pasando el extremo seco. Mamá jamás se enteraría. El crimen perfecto.
Escogió el que estaba cerca de la lámpara, pues cuando llegara Zacarías, tal vez le daría hielo y un trapo húmedo para que se limpiara las heridas en lo que llegaba la ambulancia y la luz de la lámpara sería de mucha ayuda para revisar las heridas.
No había alfombra y sus pasos resonaron por toda la habitación cuando caminó rumbo al sillón.

A penas se había sentado y sentido el confort del sofá cuando una serie de agudas imágenes penetraron en su cabeza con la fuerza de una bala disparada directo a su sienes por un revolver británico Bulldog, arma de bolsillo, compacta, de grueso calibre, de apertura vertical y con extracción automática. Era una sensación muy parecida a la que había sentido en el barandal, sólo que esta vez era más vívida.

Ahora no era una chica rubia intentando articular palabras con una boca deslenguada. Ahora era él, sentado en ese mismo sofá, pero con una fina cuerda de acaro rodeándole la garganta y presionando con fuerza hasta enrojecer todo su rostro. Sentía hincharse las venas del cuello y la cara. Los ojos apretados junto con el temor de que al abrirlos salieran volando sus glóbulos oculares y quedaran colgando sobre sus mejillas, pendiendo del nervio óptico.
Manoteaba tratando de alcanzar las manos del asesino al tiempo que trataba de escurrirse por el sofá para salir de esa angustiosa situación, pero todo era inútil. Sintió que moriría dejando a una familia que no podía recordar y sin dignidad a causa de una posible mancha en sus pantalones.

Se levantó del sofá de golpe, y casi perdió el equilibrio, pero no cayó, aunque sí tiró y quebró la lámpara que se encontraba a un lado.
Zacarías salió corriendo de la cocina con el ceño fruncido para ver qué era lo que estaba sucediendo. En una mano llevaba cinta americana y en la otra un pequeño trapo de franela del mismo color que la cinta.

-¿Estás bien, amigo? -Dijo Zacarías –Te ves muy pálido.

Abrió los ojos lo más que pudo y mientras tosía dijo –Alguien me estaba estrangulando –Reflexionó un momento sobre lo que acababa de decir y lo desquiciado que sonaba. Era evidente que en esa casa sólo estaban ellos dos y no podría haber alguien escondido tras el sofá esperando a que Zacarías desapareciera por dos segundos para asfixiar al sujeto con la nuca ensangrentada y con amnesia. Se relajó-. Disculpa –Dijo  mientras recobraba la respiración-. Debo de haberme golpeado muy fuerte en la cabeza.

-Entiendo. Espero no tarde la ambulancia –Dijo Zacarías –Espere, traeré hielo.

Miró los pedazos de la lámpara por todo el suelo y la mancha de sangre que había dejado con la espalda sobre el sofá, antes de que pudiera levantar uno de aquellos pedazos salió Zacarías con una hielera de acero repleta de hielo, la franela gris que ya había visto y una pequeña toalla negra en el antebrazo. Puso el hielo sobre la contemporánea mesa de centro y dijo:

-No se preocupe, déjelo así. Esto es algo incómodo, pero no me podría acostumbrar a decirle “Hey, usted, el sujeto con la espalda empapada en sangre”. Cree qué…

-Sé a lo que se refiere… -Y tras pensarlo por un momento dijo –Dígame Liam

Zacarías le sonrió y le estiró la mano.

-Mucho gusto Liam. Soy Zacarías Gray, pero puede llamarme Zac.

Liam le estrechó la mano y le devolvió la sonrisa.

-Le pido me disculpe por lo de la lámpara, de verdad que no sé qué fue lo que me pasó… De pronto estaba aquí y al siguiente momento…

-No se preocupe Liam, todas las lámparas que he colocado en ese lugar se han roto de manera inevitable, pero soy muy persistente en algunos aspectos y una lámpara sobre esa pequeña mesa es uno de ellos.

Tras recibirle con vergüenza el hielo envuelto en una toalla y de terminar las formalidades, Liam se ensimismó y no pudo evitar pensar en qué era lo que estaba ocurriendo dentro de su mente. Esas visiones no eran normales y tal vez significaban que lo peor aún no había pasado. Tenía razón.

-A pesar de las condiciones en las que se encuentra, es muy reconfortante tenerlo aquí, Liam. –Dijo Zac -No esperaba visitas y creí que pasaría bastante tiempo antes de encontrar otra persona con quién charlar.

-Créame que para mí es mucho más gratificante haberlo encontrado –Dijo sonriendo y luego meditó un poco en la serenidad de Zac ante las circunstancias.

-Por favor, tome asiento. No quiero que sufra un desmayo y esta vez el golpe lo mate. –Dijo Zac y con un ademan que en él se veía sumamente elegante le mostró la sala –En donde guste.

Liam miró el lugar donde se había encontrado sentado unos minutos atrás y decidió que sería mejor acomodarse sobre el descanso del brazo y no manchar más sus sillones.

-Liam, permítame subir por algo de ropa, no quiero que le dé una pulmonía. La sangre de su espalda comienza a coagular y seguro está helada.

Las escaleras quedaban a espaldas de Liam y justo antes de que volteara para decirle que no era necesario, Zac lo tomó bruscamente por la cara, con la franela gris completamente mojada, presionando su nariz y boca. Liam pudo sentir un hedor que penetraba en su nariz y que impactaba en su cerebro. En un momento estaba peleando por su vida y al siguiente todo se desvaneció.

La oscuridad era imponente y a lo lejos se podía ver una serie de imágenes, como viejas fotografías polaroid avanzando lentamente hacia él. Eran ilegibles, pero conforme se fueron acercando comenzaron a tomar forma. Primero un rostro de mujer. Una rubia hermosa, con el rímel corrido y una mirada furiosa. Luego había un sujeto al que le hacía falta cabello y no parecía estar en forma, él lloraba como un niño y a ratos movía los labios tirando algo de saliva roja sobre sí. Después una mujer de edad que parecía sólo estar dormida y seguido había un hombre robusto con la barba muy grande, blanca y que a cualquiera le hubiera recordado a Santa Claus. Al final había un sujeto bien parecido y con mucha actitud, él sólo reía eufórico. No sabía cómo, pero estaba seguro de que su nombre era Tyler. Todos tenían un golpe en la nuca y escurrían de su boca a al pecho una cantidad brutal de sangre.
La secuencia de imágenes comenzaron a parecer un .gif poco a poco fueron adquiriendo sonido; gimoteos, rezos y lloriqueos.
La oscuridad se disipó y dejó ver una habitación completamente gris, con los mosaicos del suelo tan pulcros que podía ver reflejadas las manos de Zac sosteniendo un martillo y unas pinzas de presión.

-¿Los dientes o los dedos, Rafa?

Liam estaba paralizado y no sabía qué responder. Una voz ajena a la suya se escuchó en la habitación.

-Por favor Zacarías, tú sabes que la policía me está buscando por todo el estado y la última vez que alguien supo de mí, fue en el kilómetro 18, y lo único que hay en el kilómetro 18 es la maldita residencia Balli, este será el primer lugar en el que busquen.

En ese momento Líam supo que Zac le hablaba al hombre que se estaba quedando calvo y que había visto en una visión segundos antes.

-Rafa, no eres el primer político que asesino aquí, créeme cuando te digo que sé cómo tratar con la corrupta policía del lugar. Ahora déjame arreglarte esa boca mentirosa llena de blasfemias y falsas promesas.

Zac se abalanzó sobre él y le introdujo con fuerza una mordaza médica de acero que cuando estuvo dentro abrió completamente la boca de Rafa. Sólo con presionar aquellas dos pequeñas patitas ya tenía la quijada de Rafa al borde de la dislocación.

No es real –Supo Liam, pero sintió cada diente que tronó con las pinzas de presión, cada muela que extrajo Zac con su experimentada mano y sufrió la angustia e impotencia que Rafael sintió al saber que Zacarías no tenía el menor interés en todo el dinero que podía ofrecer a cambio de su vida.
Lo más exasperante eran los gritos. Rafael gritó y berreó durante todo el proceso.

Zac había terminado de sacarle o trozarle todos los dientes. Cuando retiró el aparato, Rafael pudo pasar su húmeda y ensangrentada lengua por toda su boca sintiendo varios pedacitos de lo que antes habían sido sus dientes. En este punto Rafa tenía las mejillas cubiertas de lágrimas y no dejaba de sollozar. Trató de decirle que parara, pero ahora las palabras se escuchaban raras y en otras circunstancias habrían sido ridículamente graciosas. Lo más legible que pudo pronunciar fue algo parecido a “Shhhpea, poh habó”

Zac comenzó a dar vueltas por la habitación mientras se limpiaba las manos con una franela gris:

-Siempre he tenido una fantasía. Lo he visto en las noticias un par de veces y siempre he querido ser aquél. Déjame mostrarte.

Salió por un momento y cuando regresó tenía consigo una pequeña pistola.

-No es mi estilo, Rafa y créeme que sólo la tengo por seguridad. Pero una vez, en mi adolescencia, mientras veía la televisión. Vi cómo un candidato a la presidencia caía fulminado por un disparo a quemarropa, justo en la sien derecha. Hoy quiero ser aquél que jale el gatillo.

Rafael rompió en lágrimas y comenzó a gritar desesperado, repitiendo con demencia “Po habó, po habó, Shhhpea, po habó, po habó”

Zac puso el arma cerca de su rostro y al jalar del gatillo un sonido doloroso y ensordecedor llevó a Liam de regreso a la oscuridad.
La siguiente vez no fue gradual. Al abrir los ojos se encontraba sentado en la misma habitación y sobre la misma silla donde había muerto Rafael, el político. Esta vez se pudo percatar de más detalles, como que la silla era de acero y había sido atornillada al suelo. Debajo de ella había una coladera de baño. La puerta quedaba justo en frente de la silla y no había ventanas.
Un segundo después entraba Zac con una enorme sonrisa en el rostro y las manos cruzadas en la espalda. Eso era lo más aterrador.

-Ya despertaste linda.

La rubia pareció bufar y maldijo para sí misma.

-Me encanta el fuego en tu mirada. La mirada de predador. –Dijo Zac -Sin duda, dejas ver en todo momento a la competitiva atleta que eres, pero lo que más me gusta de ti no es tu mirada, sino esa hermosa y perfecta sonrisa. De verdad la amo. La quiero.

Zac mostró las manos y en ellas sostenía una pequeña maletita negra. Su expresión se ensombreció.

-Pero hay algo que la arruina… Tu vocabulario. Clara, dices tantas groserías que tu risa se escucha vulgar. Así que antes de que la haga mía, la quiero pulcra. Te cortaré la lengua.

Al siguiente momento Clara gritaba una cantidad de groserías que sólo se podían escuchar un viernes por la noche, en el más rufián de los barrios. Liam sentía en el vientre el odio con el que estas brotaban.
Zac puso una mano sobre su frente e introdujo el mismo objeto de acero en su boca. Dio vueltas a la pequeña manija hasta que Clara gimió de dolor. Liam también sintió el dolor.

Zac sacó un pequeño bisturí de la pequeña maleta negra y con un pequeño soplete calentó la punta.

-Ahora escucha bien. Si te mueves mucho podría arruinar esos hermosos dientes y eso me podría hacer enfadar. No me quieres ver enfadado.

Sacó unas pinzas para sujetar la lengua de Clara y comenzó con el doloroso proceso.
Liam gritó de dolor junto con Clara y se retorció en cada corte que fue necesario para desprender la babosa lengua de su boca.
Cuando Zac terminó se la arrojó con desprecio a la cara y no dijo nada más.

Clara se hiperventiló y se desmayó.
Liam regresó empapado de sudor a la oscuridad.

No pasó mucho antes de que Lieam estuviera de nuevo en la habitación y esta vez algo era diferente. Esta vez, no era una alucinación, o visión. Lo sabía por el hedor a ácido hipocloroso, un químico utilizado para desinfección y limpieza; aroma distintivo de los hospitales. Aroma que por alguna rezón le resultaba muy familiar.

Zac estaba frente a él. Con las manos en la espalda y su mirada pesada. Parado de la misma forma en la que se había presentado frente a los demás.

-Me habría encantado golpearte muy fuerte en la nuca y dejarte inconsciente, pero temí que otro golpe ahí te hubiera matado y aunque lo he intentado con cadáveres, es verdad que no se siente lo mismo.

Liam sabía de lo que era capaz y eso bastaba para que cualquier persona mojara sus pantalones, pero algo en él le decía que esa no era su naturaleza, que no demostrara temor.

-Antes que nada, quiero averiguar algunas cosas Mr. Liam. Es importante saber todo respecto a quién es. De dónde viene. A dónde se dirigía… Me entristece, pero por lo que sé, mis métodos no serán útiles. –Dijo Zac mientras se paseaba por la habitación como una pantera de zoológico que observa hambrienta a un frágil infante a través del cristal -No soy del tipo de sujetos que confía en la suerte. No creo en la casualidad, sino en la causalidad.
Por lo que mencionó al llegar aquí, asumo que caminó unos 700 metros camino arriba. Así que es muy probable que su auto esté volcado cerca… Tal vez en la curva del olvido. -Zac soltó una carcajada –¡Ironías de la vida!
Iré a dar un vistazo. No me gustaría ser interrumpido por alguna compañía suya a mitad de la consulta, pero no se preocupe, prometo no tardar.

El rostro de Zac ensombreció con un movimiento de sus tupidas y muy negras cejas.

-No es común que alguien venga por estos rumbos. Acostumbro dejarlos gritar, pero hoy no seré tan imprudente.

En una de las manos llevaba cinta americana. Liam no dijo ni una sola palabra mientras le rodeaba la cabeza a la altura de la boca con la cinta, y a pesar del dolor que sintió cuando pasó por la nuca, se limitó a mirarlo de una manera inexpresiva, como si fuera un viejo agente de la KGB entrenado durante la guerra fría.

Liam no usaba reloj, pero estaba seguro de que Zac se había ido hacía dos minutos y 45 segundos. No tenía ni idea de qué era lo que tenía que hacer. Tanto sus manos como sus piernas estaban atadas a la silla de acero con una buena cantidad de cinta.
Comenzó a pensar que cuando Zac se fue, no había escuchado que encendiera el motor de algún automóvil y Liam se preguntó cuánto tiempo le tomaría a un hombre de 1:88m recorrer 700 metros de ida y vuelta.

–Tal vez 16 minutos de camino y unos 3 o 4 minutos para investigar. Relativamente, es bastante.

La pregunta era ¿Cómo demonios iba a escapar de esa maldita silla?

Pasaron otros tres minutos 15 segundos y aún no había podido pensar en nada útil. Eso le daba un total de casi 6 minutos desperdiciados de 20 minutos que calculaba tener.
Le pasó por la mente que si no salía de ahí pronto, Zac iba a llegar y hacerle una remodelación bucal completa al igual que hizo con Clara, Rafael, Tyler y las otras personas que habían estado en esa misma habitación. Liam había tratado de no pensar en todas esas visiones o alucinaciones, pero una idea brillante lo tomó por sorpresa.
La chica rubia, Clara. Era la misma chica que había visto corriendo fuera de la casa cuando tocó el barandal de la entrada. Clara había escapado y de ser así, él también tenía una oportunidad.

Sólo tenía que hacer una cosa. Regresar al momento en que Clara despertó después de que Zac le cortara la lengua y ver cómo había escapado de la silla.

Cerró los ojos y comenzó a pensar en Clara. Su cabello rubio, su mirada furiosa y su complexión atlética. Mediría 1:74m y pesaría 59 kilos. Tenía los brazos fuertes y las piernas aún más. Repasó mentalmente toda la escena y recordó cada palabra que le dijo Zac y cada paso que dio por la habitación. Recordó los gritos desesperados de Clara e intentó revivir el dolor, pero sólo consiguió que un escalofrío lo recorriera. Al abrir los ojos, seguía ahí. Nada había cambiado y aún podía percibir el aroma a hospital.
Sabía que en su patético intento de provocar las visiones había desperdiciado un minuto 36 segundos.

La frustración comenzaba a apoderarse de él y no encontraba la forma de continuar con las visiones.

-¡Vamos Clara! ¿Qué no ves que necesito que regreses?

Todo parecía indicar que la única persona que lo desataría de esa silla, sería Zac y eso pasaría cuando estuviera bien frío.

Maldijo mentalmente y se aferró con fuerza a los brazos de la silla. Eso fue como haber bajado el interruptor que liberaría directamente en su cabeza una descarga eléctrica de 2450 Volts.
Las imágenes regresaron en una cantidad impresionante y con cada una de ellas venia de regalo un agudo dolor, como si le asestaran un navajazo en las mejillas, boca, nariz y ojos.

Una mujer de edad se encontraba sentada en la silla, con la boca entreabierta y lágrimas en los ojos. Liam ya la había visto poco antes de despertar por primera vez en esa habitación.

-De cierta forma le estoy haciendo un favor. A usted sólo le quedan unos años… -Zac meditó un momento-. Además usted ya no tiene lo que me interesa. Apuesto a que esos lindos y aperlados dientes son falsos y que no se avergüenza de andar por ahí mostrando una sonrisa hipócrita.

El pánico y la incredulidad eran todo lo que podía expresar la anciana.

-Es usted una guerrera. A su edad sobrevivir a un golpe tan fuerte como el que le di esta noche… y valla que le di con fuerza, suficiente como para matar a una persona 10 años más joven que usted y a pesar de todo, sigue aquí.

Zac se acercó dejando ver un enorme cuchillo curvo para amputaciones.

-¿Sabe cómo deben de morir los guerreros? –No dejó que contestara -. En batalla.

Le pasó el cuchillo por la cinta americana tanto de brazos como de piernas y la dejó que se parara.

-Ahora demuéstreme que se merece ver a las valkirias y pisar el Valhalla.

Al siguiente momento la anciana corría con la energía de un maratonista en dirección a la puerta, sólo para encontrarse con que estaba cerrada desde mucho antes de que ella despertara.
Liam sintió cómo sudaban las manos de la anciana en su desesperado intento por girar la fría perilla. El estómago se le revolvió junto con el de la mujer y sintió las piernas húmedas cuando giró la cabeza y miró peligrosamente cerca a Zac, con el cuchillo en alto y la furiosa mirada que sólo se podía adquirir con sus tupidas y expresivas cejas.
Le tomó por la muñeca y le pasó el cuchillo a la altura del codo. Liam sintió cómo la delgada piel de papel de la anciana se rasgaba y cómo el cuchillo cortaba la articulación entre el húmero, el radio y el cúbito. Sintió cómo rechinaba el metal del cuchillo al estar en contacto con su hueso.
Casi le había desprendido el brazo.
La anciana cayó de rodillas gritando el nombre de su difunto esposo.

Liam no podía creer que pudiera sentir con tanta claridad todo lo que la anciana experimentaba y eso lo hizo dejar de pensar en el dolor y se concentró en el tiempo. No sabía cuánto iba a durar todo eso y tal vez Zac podría entrar en la habitación en cualquier momento y ponerse creativo con él.
Un segundo después se encontraba aspirando ese raro aroma a hospital. Se encontraba de regreso en la habitación.

No sabía cuánto tiempo estuvo ausente de la realidad. A él le habían parecido unos 5 minutos, pero podría haber sido más. Antes de permitirse perder la calma analizó qué fue lo que había detonado la visión y qué lo había traído de regreso. ¿Por qué no se quedó hasta que la anciana muriera o perdiera el conocimiento, igual que con Rafael y Clara?
Llegó a la conclusión de que no tenía que concentrarse en las personas, sino en los objetos. Porque la primera vez que había visto a Clara no sabía de su existencia y suponía que había creado el vínculo a través del barandal.
Lo segundo que supuso fue que para salir de la visión, tenía que concentrarse en algo ajeno al dolor. En este caso, atribuía su escape a su obsesión por el tiempo.

No tenía más tiempo que perder. Tenía que intentarlo una vez más. Cerró los ojos y se concentró en el metal de la silla y en todas las personas que se habían destrozado las uñas sobre el brazo de acero de la silla.

Sentimientos encontrados lo invadieron, pues supo que había llegado a donde quería. Justo en el momento donde clara despertaba. Le ardía la boca de una forma inenarrable. Donde había estado su lengua por 25 años con 10 meses y 2 semanas, ya sólo quedaba un hueco irritado y ensangrentado. Se encontraba empapada en sudor y creía que tenía temperatura, pero sólo era un efecto de la amputación.
Miro con pavor en rededor y la consoló no ver a Zac. Se miró las ataduras y se dio cuenta de tenía una oportunidad.
Ella era la más pequeña de 6 hermanos. Todos hombres. A pesar de las frecuentes golpizas y las múltiples humillaciones públicas, había tenido una increíble infancia. Recordaba que durante la navidad todos sus hermanos recibían regalos increíbles, como tortugas adolescentes mutantes ninja, caballeros del zodiaco con increíbles armaduras de edición limitada o figuras de acción articuladas de Dragon Ball Z. Ella por su parte, detestaba mirar la caja de envoltura rosa, porque ya sabía que era otra de esas ridículas muñecas que sierran los ojos cuando las recuestas; y no se equivocaba.
En un cumpleaños, mientras habría sus regalos sin entusiasmo, encontró una muñeca Barbei de cabello oscuro. La miró por unos segundos y luego se le ocurrió que sin esos feos colores rosas por todos lados, podría ser Lara Croft, la intrépida chica de los juegos de video, pero estaba atrapada en aquél ridículo disfraz. Le pidió a su abuela que le enseñara a usar la máquina de coser y la abuela ilusionada, lo hizo. Calara le confeccionó a su muñeca perfectas y diminutas prendas idénticas a las que usaba Lara Croft. No tardó en integrar a su figura de acción a los violentos juegos que sus hermanos llevaban a cabo, y por primera vez fue bien recibida. Adoró aquella época.
Cuando abandonaron los juguetes y sus hermanos más grandes se comenzaron a interesar por las chicas y ella a su vez por los chicos, ella ya era parte de la manada.
Jugaban a saltar desde la azotea al jardín. A las “torturas medievales” nombre por el cual llamaban a las llaves de lucha libre; a saltar en bicicleta por el viejo llano que se había llenado de montículos gigantes de tierra por la construcción de una nueva unidad habitacional y al “secuestro exprés”; uno de sus hermanos consiguió por esa época tres metros de cadena, un par de candados y mucha cinta americana. Clara se había graduado con honores de la mejor escuela.

15 años más tarde se encontraba en una habitación atada solamente con cinta americana. Habría reído amargamente si hubiera tenido aún su lengua.

Analizó los puntos de su cuerpo en los que se encontraba atada y notó que tenía bastante cinta desde los tobillos hasta la mitad de la tibia. Cada pierna a cada pata de la silla. Luego le rodeaba por la cadera y la cintura más cinta. Otro generoso tramo le pasaba por debajo de las axilas y le fijaba el tronco al respaldo. Los brazos tenían cinta desde las muñecas hasta la mitad del radio. No tenía cinta en la boca.
Zac la había dejado sin cinta por dos motivos. Para que ella le avisara cuando al fin despertara y por el placer de escucharla gritar sin lengua.
Clara se alegró al saber que le había dejado los codos libres. Comenzó a hacer repetidamente los codos hacia fuera y hacia dentro, como si fuera un pollito hambriento. Al principio no pasó nada, pero tras un par de minutos la cinta comenzó a aflojar. Eso la animó a hacerlo más rápido y el sudor le cubrió la frente, la cara y el cuello. Sentía arder los músculos de los brazos. Liam también lo sentía.
Después de un par de minutos más la cinta comenzó a partirse por la mitad y a partir de ahí no tardó ni treinta segundos en librearse de ambos brazos. Primero el derecho y medio segundo después el izquierdo. Se retiró la cinta de la boca y no tardó en retirarse la el resto de los amarres. Se levantó de la silla y la alucinación no terminó ahí. La miró salir despacio de la habitación y encontrar un largo, blanco y poco iluminado pasillo. Del lado derecho había un muro de azulejo blanco, del otro una serie de jaulas y rejas en las cuales se alcanzaban a divisar latas de comida, costales de papas y bultos con semillas. De haberse detenido un segundo a comprobar si sólo había comida, habría encontrado una de las jaulas abiertas y sobre una de las repisas, junto a los pepinillos, un revolver compacto S&W 60 y ahí habría terminado todo. En otra de las rejas había un ducto para ropa de lavandería, ese era el secreto para bajar los cuerpos.
Recorrió el pasillo con miedo, pero no lo demostró.
Al final había una escalera vertical de metal y sobre ella una tapa negra, similar a la de una cisterna. No parecía haber otro camino para salir de ahí.
Levantó la tapa con cuidado de no hacer ruido, pero las bisagras no habían sido aceitadas desde que Zac llegó y de eso ya hacía bastante tiempo. Tanto a Clara como a Liam se les detuvo la respiración y el corazón les dio un vuelco.
Se encontró con una serie de botellas de vino acomodadas descuidadamente. Asomó un poco más la cabeza y se percató de que era el interior de una barra o cantina. Pensó por un segundo que Zac se encontraba en la parte que ella no podía ver. Mirándola con una enorme sonrisa, esperando a que ella sacara los dedos para saltar sobre la tapa y cercenárselos de un tajo. No retrocedió, se aventuró a abrirla rápidamente y se sorprendió cuando no rechinó, pero casi se delata cuando la pesada tapa estuvo a punto de resbalársele de las manos. En efecto, Zac estaba ahí, con un vaso Old fashion en una mano y una botella de J.B. en la otra.
En realidad lo tomó por sorpresa. En todos los años que llevaba practicando para dentista con cualquier despistado que pasara por el kilómetro 18, nadie había podido levantarse de la silla. Había tenido gente muy robusta y ahora una pequeña chica rubia lo había conseguido. Pensó por un instante que la siguiente vez sería más generoso con la cinta.
Tal vez había sido el miedo o el fruto de 5 años consecutivos de carreras matutinas contra sí misma, pero lo que fuese, le permitió saltar sobre Zac antes de que el pudiera siquiera pensar en arrojarle a la cara el vaso o la botella. Clara Le empujó con el hombro recordando todos aquellos partidos dominicanos con sus hermanos.
El estallido de la botella y el vaso no la detuvieron. Siguió corriendo hacia la que parecía una salida. Al cruzar la puerta Liam reconoció de inmediato la habitación. Era la estancia donde Zac lo había dejado inconsciente y de inmediato supo cuál era la salida, pero clara corrió hacia la puerta que daba a la cocina. Ahí lo más parecido a una salida era la campana de cocina. Regresó sobre sus pasos y esta vez acertó en la puerta, pero ya no estaba sola en la habitación. Zac era mucho más grande y desde luego mucho más fuerte. De dos zancadas ya la había alcanzado. Su rostro había cambiado completamente. Ya no se estaba divirtiendo, estaba furioso. Cuando le mostró los dientes le hacían falta el incisivo lateral izquierdo y el canino del mismo lado. No había sangre, sólo faltaban esos dos dientes.
La cogió por la blusa y la jaló con tanta fuerza que la tiró de espaldas sobre el frío suelo gris.

-¡Mira lo que has hecho! –Y le mostró con una horrible mueca los dientes -¡No te dejaré morir tan rápido!

Clara le miró con ira y estuvo a punto de gritarle hijo de puta, pero tuvo que abrir la boca para recordar que ya no tenía lengua.
Zac lo notó y comenzó a reí a carcajadas.

-¡Valla! Parece que el gato te ha comido la lengua.

Clara se levantó y Zac se preparó para una nueva embestida, pero Clara levantó su guardia y lo retó a un cuerpo a cuerpo.
Esta vez fue Zac quien se abalanzó contra ella. Clara estiró uno de sus brazos para tomarlo por el cuello, pero Zac en lugar de abrasarla, le conectó un jab de izquierda que le rompió la nariz. Clara se estiró lo más que pudo y lo tomó por el cuello de la camisa. Lo atrajo a ella y le intentó morder la cara, pero él la controló. Entre los arañazos y chillidos de Clara, Zac decidió arrojarla de nuevo contra el suelo y esta vez Clara cayó de boca. De su rostro emanaban lágrimas, sangre, saliva y mocos. Se intentó incorporar y su mano izquierda resbaló. Liam supo en ese momento qué era lo que Clara planeaba.
Clara retrocedió a gatas. Sollozando. Clara no lo notó, pero eso le provocó una erección a Zac.
Levantó la vista y grito algo ilegible, pero Zac lo entendió perfectamente. “¡Ven por mí!”
Zac dio tres confiados pasos hacia clara y cuando se encontraba justo sobre el charco de sangre, saliva y mocos, Clara estiró la mano y jaló la pierna de apoyo de Zac. No tuvo oportunidad ni de meter las manos y cayó de espaldas, llevándose un fuerte golpe en la nuca. Clara se levantó tan rápido como la vez anterior y consiguió llegar a la puerta. Rezó porque la puerta no estuviera cerrada. No lo estaba.
Al salir de la casa miró los faros de un carro iluminar la entrada. Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero alcanzó el barandal. Liam se sentía como en un Déjà vu, pero sólo era que eso ya lo había visto cuando llegó a la casa y cogió el barandal.
Clara corrió y grito lo más que pudo, pero el carro se siguió de filo. A pesar de eso no tenía la intención de ceder a su carrera. Tarde o temprano pasaría otro carro por ahí.
Siguió corriendo sin mirar atrás en ningún momento, pensando que tal vez Zac se encontraba a dos pasos tras ella y que si volteaba, disminuiría su velocidad y la atraparía.
Llegando a la carretera decidió que tendría que correr camino abajo, aunque a penas y se percibía la pendiente, consideró que le podría salvar la vida aquél detalle.
Cuando llegó a una curva muy cerrada, ya no tenía aliento. La sangre en la nariz, aunque ya casi seca, no la dejaba respirar. Comenzó a marearse, palideció y supo que si tras esa curva no aparecía un carro, Zac no tardaría en alcanzarla y terminar lo que había comenzado.
No encontró ningún vehículo.
Esta vez se animó a mirar atrás, pero tampoco vio a Zac. Tal vez el golpe había sido más fuerte de lo que pensaba, pero cuando creía que lo iba a lograr, Zac salió de entre los arbustos con un cuchillo curvo para amputaciones. Liam ya lo había visto antes. Clara dio dos pasos hacia atrás, pero esta vez no tuvo oportunidad.
Liam sintió entrar la primera puñalada en el ombligo. Gritó y recordó que había una forma de salir de ahí. –Tiempo, tiempo, tiempo… ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Sintió salir el cuchillo curvo y luego entró la segunda puñalada. -¡Ya no tengo tiempo! Debo regresar. Cerró los ojos y sintió salir el cuchillo mientras desgarraba la piel. Esperó la tercera puñalada, pero no llegó.
Al abrir los ojos estaba de nuevo en la habitación.

No perdió el tiempo y comenzó el movimiento de pollito hambriento. Tardó dos minutos 35 segundos con las manos. El torso y los pies fueron cosa de otro minuto y medio.
Ya estaba empapado en sudor cuando terminó de soltarse.
Corrió hacia la puerta, pero algo era diferente. Por dentro, la puerta sólo abría con llave.
Era estúpido que Zac cometiera el mismo error dos veces y era muy lógico que hubiera tomado sus precauciones.

Inspeccionó la habitación meticulosamente. Los muros eran sólidos. No había ventanas y los únicos tres objetos en esa habitación eran la silla, la puerta y el apagador junto a la puerta.

No tenía ni idea de cuánto había permanecido en trance, mirando y sintiendo la experiencia de Clara y aunque ya no estaba en la silla, eso lo angustiaba.
Comenzó a escuchar algo apenas audible, pero de inmediato supo que se trataba de una ambulancia. Si tenía alguna posibilidad para salir vivo y con todos sus dientes, era esa.
El sonido se intensificó y pronto supo que la ambulancia había pasado de largo frente a la residencia Balli, pero no se perdió de la misma forma en la que había aparecido, sino que se mantuvo durante unos doce segundos cerca de ahí.
Liam supo que Zac no había mentido en eso. La curva del olvido debía de estar muy cerca y sin duda él estaría ahí para despistar. Tal vez él había llamado a la ambulancia y no iba a dejar que se acercaran a la propiedad. Los iba a despedir desde la entrada al terreno.

Siguió esperando minuto tras minuto, hasta que llegó a 13. Pensaba en la relatividad del tiempo y a ratos en coger de nuevo la silla y buscar una pista más de alguien que hubiera escapado, pero sabía de alguna forma que Clara había sido la única. Pensaba si tenía a una familia que no pudiera recordar y si tenía hijos que tal vez estuvieran cursando la universidad. Tal vez moriría y a la única persona que podría extrañar iba a ser Clara, la chica rubia y muerta con la que jamás tuvo el gusto de intercambiar palabra alguna.
A mitad de sus pensamientos escuchó pasos en el pasillo. Zacarías.
Liam estaba seguro de que solamente tendría una oportunidad, para derribarlo y dejarlo inconsciente a golpes, o por lo menos, dejarlo incapacitado el tiempo suficiente como para correr por el pasillo y subir las escaleras sin que le atraparan una pierna, como hacían los malos en las películas.
Decidió que tenía el factor sorpresa de su lado y que no se pondría tras la puerta, sino que se agacharía cerca del apagador. Estaba muerto de miedo.
Zac venía con una sonrisa enorme. Cualquier mujer habría sucumbido ante él. Parecía tan tierno y dócil que sólo el cuchillo curvo para amputación que llevaba en la mano derecha, rompía con el encanto.
Los ojos casi se le salieron de las orbitas cuando vio la silla vacía. Levantó el cuchillo a la altura de su rostro y en ese momento Liam apagó la luz.
Tomo con su mano izquierda la muñeca derecha de Zac. Las circunstancias le recordaron a Liam que era más alto que Zac. Había sido tantas personas y en todas había visto a Zac como un gigante. Ahora no parecía más que un chico de preparatoria con una muy mala actitud.
Le clavó un rodillazo en la boca del estómago y eso dejó sin aire a Zac, pero no fuera de combate.
Un sonido ensordecedor y un destello iluminó brevemente la habitación. Liam sintió la pierna caliente. Un segundo disparo iluminó todo de nuevo y esta vez la bala impactó en el piso. Algo oscuro se apoderó de Liam. Ya no sentía miedo. Le tiró un cabezazo a la nariz y Zac comenzó a sangrar. No soltó ninguna de las dos armas, pero Liam le impactó contra el muro la mano que sostenía el cuchillo. Zac soltó el cuchillo.
Un tercer disparo sonó en la habitación. Los dos cayeron al suelo en un forcejeo por el arma. Liam sabía que estaba sangrando mucho por la herida de la pierna y que si esa pelea se prolongaba más, perdería la fuerza y la vida.
Intentó coger el arma por el cañón, pero estaba demasiado caliente. Le provocó una ámpula al instante.
Regresó la mano hacia la muñeca y olvidándose del dolor presionó con los pulgares el nervio mediano, ubicado en el centro de la muñeca y Zac soltó el arma.
Los dos se precipitaron sobre ella, pero sólo consiguieron alejarla más.
Liam lo tomó por su abundante cabello negro e intentó azotar su cabeza contra el suelo, pero Zac giró sobre sí mismo y alcanzó a meterle un codazo en la cara a Liam. Se fue de nalgas contra el muro y Zac no perdió tiempo para ir por el arma.
Liam sintió que todo se había perdido, pero no sintió miedo de morir acribillado en ese lugar. Lo había intentado todo, pero la suerte no parecía estar de su lado.
En un último intento de ponerse de pie Liam tocó algo con las palma completa. Era el cuchillo curvo para amputaciones. Otra serie de imágenes llegaron a su cabeza.
Ese cuchillo había matado más personas de las que Zac hubiera imaginado. Supo que perteneció a su abuelo y que con el realizó una cantidad incalculable de amputaciones, pero también de homicidios. Todo, durante la segunda guerra mundial. Había pasado a manos de su padre, al cual conocían por el nombre del doctor Hill y que era un hombre mucho más refinado de lo que podría haber llegado a ser Zacarías Grey. El hombre también tenía su pasado y es que con ese cuchillo había matado por primera vez. La víctima, su pareja sentimental homosexual. Zac no sabía nada respecto a ese homicidio, pero conocía el pasado de la familia. Entre el abuelo y el doctor Balli habían cobrado la vida de 173 personas. Sin duda, Zac, aún estaba en pañales.
Todo eso despertó algo en Liam. Era como si una parte de él llevara tiempo queriendo tomar el control de la situación, pero no había podido salir del letargo.
Giró con avidez hacia la parte más oscura de la habitación. Casi tras la puerta.
Zac soltó un disparo donde creyó que estaba Liam y acertó a la nada. Iluminó la habitación por una fracción de segundo y con el rabillo del ojo pudo notar una mirada aún más aterradora que la que su padre y su abuelo le habían heredado. Liam le tiró al tobillo un profundo corte con el cuchillo. Lo hizo con la gracia de una mantis al atacar a su presa. Zac gritó al tiempo que caía y una bala más, salió disparada al techo. Casi al tiempo que caía ya tenía a Liam encima con el cuchillo cercenándole la mano con la que sostenía el arma.

-Acostumbro dejarlos gritar –Dijo Liam con una voz que no recordaba haber escuchado antes -, pero hoy no seré tan imprudente.

Le puso la mano izquierda obre la boca y con la derecha lo apuñaló justo en el ombligo. Como Zac había hecho con Clara.
Luego sacó el cuchillo y sintió el metal deslizándose entre la carne. Rasgando la piel y de nuevo entrando. La sensación le era tan familiar. Tan embriagante. Continuó apuñalándolo una y otra vez. Sintiendo el dolor de Zac. Disfrutándolo.
Quería hacerlo toda la noche, pero después de un minuto con 30 segundos se detuvo. Zac había muerto y la conexión se había terminado.
Miró el cuerpo sin vida y recordó la primera vez que había matado a alguien. Había sido igual que ahora. Descuidadamente y sin control.
Las pupilas se le dilataron y descubrió que él no era mejor que Zac, que el doctor Hill o que su Abuelo. Él tenía el mismo enfermo pasatiempo. Ahora su vida le parecía salir de la chistera de un mago.
Miró la sangre detenidamente, percibiendo su aroma e imaginando su sabor. La probó. Le encantó.
No podía asegurarlo, pero creyó que él estaba aún más enfermo que Zac con todo y su fijación por los dientes.
Le miró la dentadura con detenimiento y se percató de que era muy blanca. Luego comprobó que era falsa.

Antes de regresar a la carretera, abusó de la confianza de Zac y tomó un baño con agua fría. Se vistió con la ropa que le ajustó y pensó que él ya no la iba a usar.

 

Salió de la casa rumbo al lugar del siniestro.
Llegando a la curva del olvido, encontró una parte de la barrera de contención despedazada. No había rastro de su carro, sólo fragmentos de vidrio por aquí y por allá.
No quiso estar más tiempo ahí y reanudó la marcha.
A unos pocos pasos, el sentimiento de querer mirar hacia atrás lo invadió. Lo hizo, pero no había nada y justo cuando regresaba la mirada hacia su siguiente destino, recordó algo.
Mientras manejaba a 100 Kilómetros por hora. Ahí, al centro de su carril, había aparecido una figura estática. Una chica pálida, rubia y completamente ensangrentada. El haberse salido del camino no había sido un descuido. Clara lo había hecho, lo había sacado del camino.
Ella sabía que él era el único que la podía vengar. Sonrió complacido, porque así había sido.

Kris Durden