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Pégame, pero no me dejes

Irene ToricesEs probable que una de las experiencias más emocionantes y tradicionalistas sea la formación de pareja. Se comienza con el enamoramiento, como escenario de la pasión, los deseos, la ternura y las promesas. Sin embargo, es justo en esta etapa en donde se deja de mirar la posibilidad de estar involucrándonos con una persona violenta, en donde los celos, jalones e insultos, se “transforman” de evidentes agresiones en justificaciones del gran amor que se dice tener por la otra persona; cuando ya no se puede negar más lo evidente, el enamoramiento crea fantasías omnipotentes como “yo le cambiaré”; “ya casados, las cosas serán distintas”, “ya no beberá tanto”, “dejará de celarme”, “se volverá responsable”, “no permitiré que me insulte o agreda”. Lamentablemente la realidad no cambia de la noche a la mañana, si la persona que violenta no decide por su voluntad modificar su conducta o estilo de relación.

Si se ha crecido en un ambiente violento en donde el mensaje cotidiano es “así son las relaciones de pareja”, y no se cuenta con otros marcos de referencia, es de esperarse que se repitan los mismos patrones de conducta desde el noviazgo: el hombre tiene el poder y la mujer debe someterse a él, los hombres son libres mientras que las mujeres deben vivir bajo su sombra, los hombres saben todo, las mujeres son tontas e inútiles... construyendo así una espiral interminable.

En toda relación amorosa se establece una relación de poder que, de ninguna manera significa dominio de una parte y sumisión de la otra. La relación de pareja es posible justo porque el poder se comparte entre sus miembros. El poder de la sexualidad de ninguna manera debería constituirse en instrumento para el dominio y control del otro, son los prejuicios, las falacias y estereotipos los que distorsionan las formas en que se configuran la feminidad y la masculinidad y en consecuencia la vida sexual.

La vida en pareja está sembrada de dificultades y problemas, algunos solucionables y pasajeros, otros permanentes e irresolubles. No es fácil entrelazar dos historias y costumbres distintas, en ocasiones diametralmente opuestas. El matrimonio, o cualquier forma social de pareja, implican constantes aprendizajes, y la búsqueda de diversas alternativas de comunicación.

Vista desde fuera, la pareja adquiere un grado de intimidad que es capaz de ocultar los más grandes conflictos, algunos solo se hacen evidentes cuando la agresión llega al extremo transformándose en violencia, así pues mientras no se transformen los roles estereotipados de género, se deje de ver a la mujer como un ser de segunda, y se deje de educar a los hombres como poseedores del dominio y control, la historia seguirá igual.

Irene Torices Rodarte

geishad@geishad.org.mx

Irene Torices Rodarte