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Mariesther Martínez ErozaUn niño es una alma en un cuerpo chiquito. Es un ser que viene a experimentar la vida y a nutrirse de ella.

Un niño es un ser lleno de inocencia y amor. Una esponja que absorberá lo que reciba. Mientras más amor, contención, buenos ejemplos y buenos recuerdos sembremos en ellos, esa alma tendrá un espacio sagrado para desarrollarse y evolucionar y así devolver a la vida más de lo que recibió.

Un niño es la materia prima que se transformará en aquello que recibe de las manos que lo moldean, ya sean caricias o golpes. Un niño es una promesa de la vida y una esperanza de la humanidad.

Proteger a nuestros niños es evitar que se conviertan en carne para los pederastas, en negocio para los explotadores, en instrumento para los dealers, en producto para la trata de personas y en pretexto para manipular y chantajear en una mala relación. No permitamos que sean explotados ni violados sus derechos.

La carcajada de un niño es Dios cantando y divirtiéndose a través de sus seres consentidos.

Los hijos no nos salen malos (ni que fueran aguacates). Los niños son un resultado de lo que hicimos o dejamos de hacer con ellos. Recuerda que “por sus frutos conoceréis al árbol”. ¿Qué dicen esos frutos de ti?

Nunca habrá demasiados abrazos ni demasiados besos y cargarlos en nuestros brazos nos dura muy poco porque crecen y vuelan. Los principios y valores serán una guía en su camino. Y los límites para ayudarlos a madurar son también una demostración de amor. Jamas un golpe será una buena idea para educar a nuestros hijos. Las heridas físicas y emocionales no se olvidan jamás.

Lo mejor que les podemos dejar a nuestros hijos es una buena educación, un buen ejemplo y muchos buenos recuerdos.

Hagamos un buen trabajo con nuestros niños recordando nuestra propia infancia y reflexionando qué nos hubiera gustado recibir para cambiar nuestro destino. La autoestima y estabilidad emocional se construyen desde la cuna.

Solo por hoy deja huella y trasciende a través de tus niños más cercanos.

Mariesther Martínez Eroza