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Mariesther Martínez Eroza

"Estamos en una alberca, con muchos niños divirtiéndose alrededor.  Mi mamá insiste en que me anime y salte por el trampolín. Yo veo que muchos niños lo hacen y se están divirtiendo de lo lindo".

Lo siguiente es ese eterno momento en el que después de mucha  insistencia, camino hacia las escaleras, subo por ellas, camino los 8 largos e interminables pasos para estar en la punta del trampolín. Hay algo allá abajo que me atrae, es algo indescriptible como una emoción que no entiendo, quizá es la adrenalina que me obliga a la acción. El color del agua me gusta, la voz de los que me rodean me motivan a saltar, pero de repente me inunda esa sensación tan conocida que me paraliza. Se llama MIEDO.

Siempre ha sido más fuerte que lo demás. Entonces, me regreso sobre mis eternos 8 pasos. Bajo la escalera y regreso a refugiarme en la toalla que ahora me sirve de escondite para ocultar la vergüenza y la poca fe que me tengo.

Pero esa toalla no es un refugio, si así lo fuera me sentiría bien. En cambio, me siento triste, decepcionado, totalmente fuera de lugar; porque allá en la alberca todos se están divirtiendo y aquí en mi refugio solo hay soledad y auto recriminación.

Si hubiera saltado estaría ahí con todos, pasándomela bien y además lo más importante, preparando mi siguiente reto: El trampolín más alto. ¿Sabes qué pasaría? Repasemos la escena:

Ahí está la alberca. Todos se están divirtiendo. Mi mamá me pide que salte del trampolín. El miedo y las dudas se apoderan de mí. Tardo un rato para convencerme y por fin camino lleno de miedo hacia esas escaleras, las subo una por una obligado más por el miedo a mi madre que por convicción. Camino esos eternos 8 pasos y me pongo en la punta del trampolín. Volteo hacia abajo y observo lo felices que se ven todos allá. Me pregunto: ¿Habrá sido fácil para ellos la primera vez? ¿Habrán sentido lo mismo que siento yo?  Me queda claro que les gustó, puesto que lo siguen haciendo y se ve que lo disfrutan ¿seré la única persona que duda tanto?

 

Cierro los ojos, me tapo la nariz y brinco ¡¡¡¡Aaaahhhh!!!! Es como una muerte chiquita. Nunca había sentido tanto terror como esos segundos en los que voy cayendo, pero una vez llegando al agua……¡¡¡¡SPLASH!!!!

¡Qué padre, que bien se siente! Es otro mundo. De lo que me estaba perdiendo por no atreverme. Dios, gracias por el agua, gracias por la diversión, gracias por los retos, gracias por los miedos, gracias por la libertad.

 

Esa sensación de estar frente al trampolín lo has sentido en muchas y distintas ocasiones durante tu vida. Por ejemplo frente a un divorcio, frente a la oportunidad de volver a amar, cuando tienes que solicitar un nuevo empleo, cuando llegas al final de la rama y no te queda otra más que tirarte al vacío o volar.

Situaciones distintas que has enfrentado y cuyas decisiones han sido en ocasiones buenas y otras malas pero todas te han dejado una enseñanza para conocerte a ti mismo: en qué transformas los retos, en qué transformas las crisis. Y te puedo apostar que siempre ha habido un ¡Gracias! por la enseñanza

 

Siempre va a ser mejor aventurarse a aprender cosas nuevas que irse a un refugio a lamentar nuestra falta de decisión, de valentía y sobre todo nuestra falta de FE. La toalla es la zona de confort tan conocida y tan cobarde que nos impide crecer y dejarnos sorprender por aquello que la vida nos tiene reservado.

 

¡Salta! No te pierdas la emoción de vivir esa muerte chiquita. A veces es necesario morir a lo viejo para renacer a lo nuevo que la vida ofrece. ¿Cuál es tu siguiente reto? El trampolín más alto está esperando por ti.

Mariesther Martínez Eroza