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Sexo, erotismo y amor

tere-DIAZ-1000X525-2017El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes dentro de las dinámicas de relaciones humanas de pareja. Con mucha frecuencia hablamos de sexo: “tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo”, cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan en la sexualidad. En estricto sentido, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad. Se nace siendo “macho” o “hembra”: los hombres producen espermas, las mujeres producen óvulos y eso es los que determina su sexo.

Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles, etc. En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional, lo que, básicamente, nos permite reproducirnos.

El erotismo por su parte, junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no- el amor.

Muchas veces al hablar de sexualidad, de lo que estamos hablando es justo de eso otro: de erotismo. Quizás esta distorsión es muy común entre las personas del siglo XXI. ¿Y qué es el erotismo? El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica. El instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

Para vivir un erotismo emancipador hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Y ser vulnerable, ser íntimo, develarse, arriesgarse por el otro, es algo muy exigente. Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin algún tipo de implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos quizás lo que vivimos fue el sexo rápido de una “noche de copas”; o bien una relación poco satisfactoria de la cual decimos “fue sólo sexo”.

Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación de cómo nos relacionamos, del erotismo, de la sexualidad y de la intimidad. ¡Y es que se pasa abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas!: dormir, el baño, el despertar… Lo que pasó, pasó, pero ahora nos regresa la conciencia y las preguntas: “¿quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro o sólo me alisto para decir adiós?”.

Sea cual sea el nivel de compromiso de la relación, el erotismo cabalmente practicado, deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza ocurre que el hastío o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo o es erotismo o es muy poco. De hecho, el acto sexual no es necesario para tener una experiencia erótica integral. No es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo Por eso tiene también la capacidad de crear las ligazones más fuertes. Si alguien nos generan placer erótico trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer mutuo, tendemos a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir penas y de capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…     

Sin duda el amor, una experiencia difícil de definir, inicia generalmente con la sincronía “química”: sería difícil amar a alguien cuyos olores, textura y sabor nos fuera desagradable. De cualquier modo el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento. A veces su puerta de entrada es la amistad, el intercambio intelectual, la cercanía emocional; surge después el deseo de interactuar, de adquirir mayor compromiso con la vida del otro. Si la compatibilidad se constata, con el tiempo, cristalizaremos una relación y sostendremos encuentros sexuales. Pero el amor también puede construirse al revés: en lugar de conocernos y luego tener relaciones sexuales, podemos empezar por lo erótico, y si va bien podríamos pensar en avanzar hacia un mayor conocimiento, que constate una armonía en nuestros sueños, en nuestras necesidades y en nuestro mundo de intereses y valores. Ambas direcciones, en el momento de construir vínculos, son válidas. Al final, el buen sexo tiene mucho de eros y, según dicen, es Eros el dios del amor.

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Tere Díaz