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La soberbia y la caída de sus adeptos

Mariesther Martínez ErozaLa soberbia es un pecado, y de los feos. No por nada tiene su lugar en el TOP 7 de los Pecados Capitales.

Los griegos ya conocían de este mal y determinaron que la soberbia es como una enfermedad causada por un agente infeccioso llamado Hubris equivalente a un ego desmedido. ¿Y qué es lo que potencializa a este ego? El poder.

Así es amigos. Nadie está libre de que el veneno de la soberbia corra por nuestras venas y que un poco de poder lo active. ”El poder afecta de una manera cierta y definida a quienes lo ejercen”, y esto no lo digo yo sino el famoso escritor Ernest Hemingway sorprendido de que tantas personas perdieran el contacto con la realidad tras alcanzar puestos de autoridad.

Y no solo grandes puestos, a veces con tener solo un poquito de poder, el ego se expande como una plaga y los síntomas son evidentes:

  1. Necesidad constante de recibir halagos
  2. Creerse superior al resto de los mortales
  3. Creerse poseedor de dones especiales que le hacen capaz de enfrentarse a los mismísimos dioses
  4. Sensación de sentirse elegidos para una misión trascendental

Y en una fase avanzada:

  1. Ebrios de poder ejercen violencia contra los débiles, las minorías
  2. Su arrogancia es grosera y burda
  3. Quienes no estén de acuerdo con ellos están en su contra
  4. No conocen el significado de empatía y compasión
  5. Se rodean de gente aduladora y permisiva que se deja pisotear

Como las leyes universales SIEMPRE SE CUMPLEN, para toda Hubris hay una Némesis. Es decir, un castigo. Invariablemente los soberbios recibirán un baño de modestia por decir lo menos. Quien se ha mareado de poder por subirse a un banquito, así como quien ostenta la silla más poderosa del planeta hoy por hoy ya están recibiendo una lección, víctimas de su propia soberbia.

Habría que hacer lo que hacían los romanos al crear la figura del Servus Publicus, un esclavo que acompañaba a los generales victoriosos susurrando al oído las siguientes palabras: “Recuerda que eres mortal”.   Humildad es la vacuna.

Mariesther Martínez Eroza