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Soledad, desolación y aislamiento

Tere DíazNos da miedo la soledad, y cuando no le tememos, nuestro entorno se encarga de que – tarde o temprano- eso nos ocurra. La soledad tiene muy mala fama, y junto con ella la soltería, que es la “encarnación” de la misma.

En una sociedad que privilegia nuestra naturaleza gregaria, y como “consecuencia obvia” la vida matrimonial, estar solo, vivir a solas, está mal visto. La soledad es sinónimo de anomalía, fracaso, riesgo y sufrimiento.

Habiendo migrado a lo largo de los siglos de una sociedad comunitaria –por ser la única forma de asegurar la reproducción, producción, y sobrevivencia- donde la identidad se construía por la pertenencia al clan, a una sociedad que privilegia la individualidad, la conquista de la autonomía se hace el “sine qua non” de la actualidad.

Vivir en soledad no es sinónimo de aislamiento, primera distinción. El aislamiento nos remite a un estado de privación y exclusión en relación al entorno, así como de vacío interior. Estar aislados, dada nuestra naturaleza gregaria, es traumático y de facto, imposible. Somos seres interdependientes, y nos necesitamos unos a otros, para satisfacer nuestras necesidades físicas, emocionales, intelectuales y sociales, así como para construir y enriquecer nuestro yo y proyectar nuestra existencia de forma trascendente. El aislamiento lleva a una depravación, a un deterioro, a una muerte, real o existencial. No así la soledad.

La soledad tampoco es sinónimo de desolación, estado en el cual lo que prima es la angustia, el dolor, la depresión. La desolación da cuenta de una pérdida irreparable, de una especie de orfandad: pero ¿qué se siente perdido cuándo se vive en soledad? ¿un status social? ¿un sueño?

Por su parte, la soledad es ese estado, tiempo, espacio, en el cual la ausencia de otros permite la interacción con nosotros mismos. A falta de intermediarios, desarrollamos una relación con nosotros que permite un diálogo inaccesible rodeados de compañía.

Sobra decir que ontológicamente estamos solos: nacemos solos, morimos solos. Integrar esta verdad, como experiencia vital, es faena que nos toma energía importante y sostenida a lo largo la vida. Pero más allá de este cuestionamiento existencial inevitable, ¿qué hay de esa soledad que nos lleva al encuentro con nosotros mismos?, ¿cómo renunciar a una soledad indispensable en la cual nos confrontamos y construimos?

La soledad es el único camino que nos lleva a la autonomía. Las experiencias que se dan sin participación de otros son necesarias para ejercer los derechos autónomos y conquistar la libertad. Cuando estamos solos nos pasan cosas interesantes que son imposibles de incubarse en compañía:

  • Nuestra actividad intelectual es diferente: hacemos conexiones distintas y unimos ideas fragmentadas.
  • Podemos, en vez de defender nuestras posturas ante otros, dudar de ellas. La duda desafía nuestro pensamiento dogmático.
  • Cuestionamos nuestros paradigmas.
  • Reconocemos competencias e intereses ignorados.
  • Replanteamos nuestros valores.
  • Escuchamos nuestros sueños y nuestros deseos que pudieran parecer imposibles estando acompañados.
  • Legitimamos, sin la anuencia de los demás, nuestra experiencia.
  • Superamos la necesidad permanente de ser confirmados por los demás.
  • Logramos diferenciarnos, sosteniendo la cercanía-distancia oportuna con los demás.

No hay manera de conquistar la autonomía y de ejercer la libertad sin la capacidad de estar solos. Incluso si cohabitamos con una pareja o en familia, requerimos de espacios de soledad creados propositivamente para acceder a este encuentro personal, desarrollar nuestra conciencia de “sí mismo”.

Ser autónomo es hacer de la soledad un espacio de goce, de creatividad, de reflexión y duda, de bienestar y crecimiento. Es transitar del deseo de libertad a la realización de acciones liberadoras. La fantasía mental de lo que podemos ser sólo se resuelve en la vida de forma práctica con acciones concretas: “estoy aquí, pienso esto, deseo tal cosa, me muevo hacia tal lugar, de esta forma…”

Convertirnos en sujetos y autores de nuestra existencia implica asumir que estamos solos y con ello esperar y exigir compañía a cualquier costo.

No te vayas de esta vida sin haber tenido un encuentro contigo mismo.

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Tere Díaz