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Kris Durden

Sonríe que es gratis.

Kris DurdenNo he sido más productivo que cuando estoy triste, desanimado o de plano, deprimido. Siempre tengo tiempo para pensar sobre mi trabajo y cómo aportar ideas que nos ayuden a alcanzar nuevas metas. Siempre pensando en mis pendientes y en los sueños que quiero alcanzar, y la verdad es que prefiero tener la mente inmersa en esas cosas, de las que sí tengo control, que en problemas a los que les he dado un millón de vueltas para finalmente darme cuenta de que ya he hecho todo lo que estaba a mi alcance y no he conseguido nada. A pesar de que estas etapas siempre traen consigo sus recompensas, nunca son suficientes para llenar el hueco.

La bici con la que me desplazo al trabajo se me había descompuesto por no haberla llevado en 6 meses a su servicio de mantenimiento. La cadena se atascó en los cambios delanteros mientras recorría el bosque de Chapultepec en busca de un desestres, pero justo conseguí lo contrario. Para mi mala suerte, después de que la cadena se atascó, comenzó a llover. Tardé unos treinta minutos de salir del bosque una hora y media en llegar a casa caminando. Al día siguiente me propuse llevar la bicicleta a que la repararan y así fue, pero no quedó como debería y me lo advirtieron desde el principio:

–Estos cambios están trozados –Dijo mi mecánico de cabecera –. Te van a aguantar un rato, pero ya no van a poder subir por todas las velocidades. Te recomiendo le cambies la pieza y le compres un nuevo pedalier.

«Lo que me faltaba, más gastos»

–Gracias, la traeré pronto.

No llevaba ni 3 kilómetros recorridos, cuando comencé a sentir que la bicicleta comenzaba a pesar cada vez más, así que miré a la llanta trasera y me topé con que se había ponchado y aún estaba a 4.5 kilómetros de la oficina. Era el colmo.

Amarré la bicicleta en avenida Reforma (Sabiendo que es uno de los lugares de donde más bicicletas se roban) y me encaminé al trabajo sabiendo que con mi suerte no la volvería a ver. Ya no tenía humor para nada, pero traté de distraerme buscando una persona más infeliz que yo y pensé que no sería difícil encontrar una en la enorme Ciudad de México, pero lo interesante fue que las personas con las que me fui topando en el camino no eran personas molestas y fastidiadas con el mundo, y tampoco parecían personas indiferentes, sino que parecían disfrutar mucho del día y muchas tenían una sonrisa dibujada en el rostro.

Me topé con barias parejas sentadas en las bancas de concreto, que se miraban profundamente a los ojos y se sonreían estúpidamente. «Claro –Pensé–, es fácil sonreír cuando estás enamorado». Más adelante me encontré a una persona de la tercera edad con una sonrisa gigantesca en lo que parecía un paseo matutino por Reforma. «No es difícil sonreír cuando ya no tienes las responsabilidades de una familia y además ahora tienes todo el tiempo del mundo para ti y tus proyectos»

Me emparejé a un grupo de oficinistas que caminaban a prisa con la esperanza de escucharlos quejándose del tráfico, la contaminación o cualquier cosa de esta Ciudad maldita, pero en realidad parecían tener una plática de los más normal que transcurrió entre risas y juegos de Godínez. Al final pude llegar a una parada de bus, donde conseguí tomar el camión que me dejaría a una cuadra del trabajo. Seguro que ahí encontraba alguien con una peor racha que la mía.

La gente del camión estaba inexpresiva. Ni felices ni molestos. Descubrí a un bebé en brazos de su madre que no tardo en posar su curiosa mirada sobre mi persona. Primero lo miré de reojo y evadí rápidamente su mirada. «No tarda en comenzar a llorar y poner de malas a más de uno» Decidí que no lo volvería mirar, pero su mirada era penetrante, así que eché un vistazo. Cuando cruzamos miradas de nuevo, en su pequeño rostro se dibujó una sonrisa enorme. Una sonrisa que casi se iluminó e iluminó a todo el autobús. Regresé rápidamente la mirada a la nada, pero con el rabillo del ojo pendiente de su mirada, sentí cómo su risa desaparecía en su rostro y era remplazada por la mirada curiosa. No tardé en regresarle la mirada y una vez más sonrió. Giré la cabeza de regreso y noté como la sonrisa desaparecía. Lo miré de nuevo y volvió a sonreír. Esta vez fui yo quien no pudo contener una sonrisa y repetí la acción. Jugamos a eso por un gran rato y paramos hasta que noté que otras personas sonreían la verme mover la cabeza como loco hacia el bebé y hacia la nada una y otra vez. Caí en la cuenta de que el bebé y yo teníamos un rato sonriendo, cosa que en el se veía tierno, pero seguro en mí era la risa de un imbécil. No contuve una carcajada y decidí moverme de lugar. Pocos metros después llegué a mi destino y bajé del autobús, no sin antes mirar de nuevo al bebé para darme cuenta de que este me sonreía una vez más.

Todo ese día tuve una sonrisa enorme en el rostro.

Ese día pude haber llegado en mi bicicleta al trabajo y jamás haberme divertido tanto como en aquel momento con aquel bebé. Jamás habría pintado una sonrisa en su rostro y en el rostro de las personas que nos miraron jugar.

¿El que se me ponchara la bicicleta aquél día fue una bendición o maldición? Creo que todo depende del cristal con que se mire.

Kris Durden