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Un cuento de amor prohibido

kris_Durden

Hoy les quiero compartir un cuento que escribí cuando conocí a la chica con la que quiero pasar el resto de mi vida y es gracias a ella que he conseguido muchas de mis metas y quién ha estado ahí cuando menos fe me he tenido. Gracias.

YAZ

Una noche de noviembre, caminaba con la vista puesta en lo alto, contemplando la imponente torre latinoamericana, sumergido en mis memorias y nuevamente perdido entre las luces de la ciudad. Me encaminé por la calle de Carranza sin motivo alguno. Antes de llegar a la calle de Gante, entré en un restaurante-bar de un estilo muy peculiar; luz tenue, personas relajadas y de un decorado armonioso. Al instante me sentí como en casa. Mi confort creció aún más cuando la vi caminar frente a mí. Siempre tuve la cualidad de identificar a las personas con las que tendría grandes experiencias, desde una amistad de por vida hasta una relación formál de pareja, y eso que sentí cuando la vi. Rebasaba todo lo que había persivido antes de una persona. Estaba seguro de conocerla; de saber qué es lo que iba a pasar entre nosotros, pero con la incertidumbre de no saber de qué forma. Fijé mi vista en ella y todo pareció lento. Era hermosa… todo lo que había estado buscando en una mujer. Tenía ojos grandes y expresivos, una delicada piel blanca, cabello largo, negro y natural. Al caminar se contoneaba de una manera que me hipnotizaba y tenía un cuerpo que me provocaba un deseo casi incontenible de sentirla cerca de mí. Desde el momento en que la vi, algo en mí vibró, de inmediato supe que algo sorprendente pasaría entre nosotros. No tuve el valor para decirle siquiera un seco “hola”, pero si ella me vibraba de esa forma, sólo era cuestión de tiempo para que pasara lo inevitable. Para mí ya era un hecho. Toda la noche intenté llamar su atención, pero tuve poco éxito, o eso creía yo. Pasaba el tiempo y no encontraba la forma de acercármele cuando de pronto sin saber cómo ni de qué manera ya le estaba sonriendo y como si mis pies tuvieran vida propia, ya me acercaba para charlar. Me atreví a dejar de ser yo por un momento y casi en automático logré intercambiar algunas palabras con ella. Después de una charla seca y torpe, le pedí que saliéramos; fue una de esas cosas que uno termina de decir y ya se está arrepintiendo, pero ella me miró con una sonrisa muy cálida, como se mira a un niño que ingenuamente pide algo que no está a su alcance, pero aceptó.

Casi 20 días después, la noche del 8 de diciembre, salimos en una cita rara y llena de curiosidades, divertida a su manera. Esa noche fue mi cumpleaños número 26, estábamos cenando en Garibaldi y en la televisión transmitían la tercera pelea de Marques contra Pacquiao; en las dos peleas anteriores Pacquiao había ganado por decisión unánime, todos sabíamos que eso era un robo y que las peleas parecían estar arregladas, así que esta vez Marquez tenía que ganar por knockout… así lo hizo, en el sexto round, con un golpe nada común, Marquez mandó a Pacquiao a la lona, todo el mundo enloqueció los jueces no tuvieron alternativa y Garibaldi se llenó de gritos, festejos y mucho, pero mucho alcohol. Todo eso lo cuento, porque resultó que a ella le gustaba el box. Salimos caminado de entre los mariachis y la plática torpe continuó, sin importar lo mucho que me esforcé en no decir estupideces. Resultó peor, esa noche me iba a lucir.

Ella tenía una mirada muy profunda y al mismo tiempo, misteriosa, eso me intimidaba un poco, pero en contraste, era una persona muy sencilla, una de esas chicas hermosas que te tratan como persona y no como un ser inferior… una de esas chicas que se expresaba con una dulzura fugitiva y al mismo tiempo frialdad… ¿o debería llamarla precausión?. Decidimos caminar por el eje central y el frio de la madrugada nos tomó por sorpresa, justo estábamos bajo la torre latinoamericana cuando ella sugirió comprar una bebida caliente, nos decidimos por un vaso grande de chocolate y que desconocía que contenía cafeína; debo mencionar que no bebía alcohol por convicción, no fumaba por sentido común, no veía la TV por miedo a no hacer nada de mi vida y no bebía café por ser… amargo y negro (y no es que sea melindroso, pero su color me recuerda a las aguas negras de Ecatepec).

Nos sentamos en una banca frente a la alameda, deseaba con todo mi ser, tocar su mano, besar su mejilla, morir en sus labios; o por lo menos, pasar mi brazo por encima de ella y protegerla, aunque sea un poco, del frio de las tres de la mañana. A los pocos minutos de terminar de beber el chocolate me había vuelto hiperactivo, se había acelerado mi metabolismo y mis ganas de orinar aparecieron como se aparecería Pennywise en las regaderas de la escuela de la película “IT”, de una manera inesperada y aterradora… Traumática. Busqué con la vista un baño y al no encontrarlo le pedí que corriéramos hacía uno, pero el más cercano estaba en la plaza de Garibaldi, a un kilómetro y medio. No íbamos ni en bellas artes cuando le pedí se adelantara y con prisa me dispuse a orinar en la vía pública. Lo conseguí, pero en el intento oriné mi mano y mis pantalones, ella me vio salir de las sombras, sonrojado, y en un acto de comprensión me contó una historia en la que ella había hecho algo similar de niña, pero evidentemente no se comparaba.

La fui a dejar a su casa. Estábamos de pie en la calle 5 de Febrero, casi esquina con Regina, tenía unas tremendas ganas de besar esos carnosos y sensuales labios, pero el recordar que tenía los pantalones húmedos me quitó cualquier ápice de seguridad que tuviera. Me dijo que la había pasado muy bien y entonces no pude contener un abrazo, un abrazo que nació de muy dentro, que me permitió sentir su cuerpo y su calor, que me dejó conocerla y entrar de una manera insignificante en su vida. ¡Qué primera cita!

La siguiente vez que nos vimos, los mayas habrían previsto el fin del mundo y para mí, de cierta forma, era verdad. Desde hacía dos años había estado arrastrando con muchos conflictos, pesadas cargas y demonios que me atormentaban sin descanso. Ella me liberó de una forma muy peculiar. Quedamos de vernos en un lugar para beber un poco, cosa que no había hecho desde hacía años, esto nos llevó a fundirnos en caricias y besos.

Aquella noche la terminamos juntos y comenzamos juntos el día siguiente, pero ésta vez, desnudos. Estábamos recostados y yo no dejaba de tocar la piel de su espalda. Tenía dos tatuajes hermosos a la altura de los omoplatos, que más que una figura definida, parecían jeroglíficos. Me levanté y me vestí, esperé a que despertara, pero creo que ella hubiera preferido que no estuviera ahí. Le pregunté por los tatuajes y algo salió muy mal, no supe qué, pero se retiró a toda prisa. No nos volvimos a ver sino hasta el siguiente año.

Por un tiempo me sentí desdichado y pensaba que no volvería a verla jamás, pero algo no cuadraba, ella me había vibrado de una manera en la que nadie más me había vibrado, ¿Podría ser posible que me estuviera equivocando? ¿Al fin me ataba haciendo viejo y no podría determinar nunca más que iba a pasar con quién? Todo era posible en esos momentos de angustia, pero un día, de la nada, reapareció en mi vida. Al verla me di cuenta de que en realidad quería pasar mucho tiempo con ella, todo el que me fuera posible.

Cuando llegó Enero, ella apareció tan repentinamente como se había ido. No parecía querer hablar de lo que habíamos vivido, pero si tenía interés en que lo nuestro continuara. Las salidas se hicieron más frecuentes, hasta el punto en que en alguna ocasión miramos las estrellas claras y nítidas durante un día despejado. Otra vez, fuimos al monumento a la revolución y miramos el amanecer más hermoso que jamás había visto; de frente, a través del arco, nacía en el horizonte un sol cálido y tibio, con un resplandor que pocas veces se puede apreciar en la contaminada ciudad y justo sobre nosotros, permanecía estática y serena una luna, un ojo plateado que nos había espiado toda la noche.

En cada ocasión en la que salimos intente besarla, pero ella nunca accedió. Eso me desanimaba, yo no sabía por qué no me lo permitía y pensaba que si ya habíamos pasado por algo mucho más íntimo, qué le podía impedir un contacto más casual… o tal vez era “quién” y no “qué”. A pesar de todo, yo era un tipo que no desistía facilmente y no me iba a rendir.

Llegó marzo, un mes hermoso, pero con un final para ésta historia.

Nos comenzamos a ver dos veces por semana y comenzamos a compartir de todo, al fin había podido entrar en su vida. Ahora conocíamos algo más que los simples gustos del otro, ahora nos conocíamos íntimamente.

En una de nuestras citas nocturnas, una al papalote museo del niño, después de sorprendernos, sonrojarnos e intercambiar sonrisas y miradas, después de habernos hecho regalos el uno al otro (Yo le regalé un cuento titulado el espejo y ella me regaló un dibujo hecho por ella de un tigre blanco), se había detenido y con la cabeza abajo me confesó que no podíamos estar juntos, que no entendería, pero que a resumidas palabras, había alguien más. Eso habría aguitado a cualquiera, pero ahora yo no era tan egoísta como en el pasado y conocía las formas de amor, ser amigos era suficiente para mí, el poder estar cerca de ella ya me hacía mucho bien y no podía darme el lujo de perderla solo por un capricho. Así que la amistad era otra forma de… ¿amarla? Sí, amarla.

Salimos muchas veces y me ayudó muchísimas veces más. Fue un ángel en mi vida… creo que esa palabra la puede definir con mucha exactitud, un “ángel”.

Llegó semana santa y cometí el error de salir con ella el viernes santo. Cada viernes santo que recordaba había sido tortuoso. No podía pensar en uno solo, en el que no me pasara algo malo y esta vez no iba a ser la excepción. Esa noche cenamos y decidimos caminar un poco, algo me estaba advirtiendo que no siguiéramos, que cada quién tomara su camino, pero el placer que me causaba estar con ella me hizo ignorar las advertencias. Estábamos caminado por la alameda de la ciudad cuando algo me trajo a la mente el único sueño que había tenido con ella.

En el sueño estaba lloviendo y ella estaba junto a mí, tranquila y despreocupada, como ella solía ser. Tomaba mi mano y me quitaba de la lluvia, nos refugiábamos bajo una cornisa de una antigua estructura abandonada. Parecía tener abandonada más de 70 años y me recordaba las tardes que pasé jugando en un kiosco viejo de Coyoacán; al igual que ese kiosco, la humedad había pintado un verde intenso en muchas de las piedras de la estructura, había vida en cada hueco, en cada centímetro, el lugar respiraba como si estuviera vivo. Cuando más a gusto me sentía y creía que todo iba a estar bien, algo pasó. De entre la lluvia apareció una silueta. Un hombre. Vi que era joven y apuesto, muy parecido a algunas de las detalladas figuras que Miguel Ángel Buonarroti esculpió en mármol. Caminaba con seguridad, pero había algo raro, parecía que no lo tocaba la lluvia, como si ni siquiera tocara el suelo al caminar. Miraba con atención y tranquilidad hacia donde estábamos nosotros… más bien hacia donde estaba ella. Al estar lo suficientemente cerca, una sonrisa amable pero no tranquilizadora se dibujó en su rostro, y cuando al fin la tenía de frente, le extendió la mano y ella sin remordimiento se alejó con él. Él no me miró en ningún momento, parecía que me había ignorado, como si me estuviera diciendo que no representaba una amenaza. Yo me quedé parado viendo cómo se alejaban, y al tiempo que se perdían, di media vuelta y comencé a caminar hacia el lado contrario.

Cuando terminé de contarle mi sueño, ella sonrió y me dijo que eso no pasaría. Seguíamos en la alameda, pero ahora nos encontrábamos sentados en una enorme banca de concreto con vista a una hermosa fuente que recientemente había sido iluminada para darle una mejor vista a la ciudad, algo raro pasó en ese momento, sentí que algo dentro de mí daba un vuelco y seguido a eso me dejaba vacío por dentro. Ella puso su mano sobre la mía y me miró detenidamente, como si supiera lo que estaba sintiendo. Decidimos reanudar la marcha y al tiempo que caminábamos ella me tomó del brazo y comenzó a hablar de una manera sutilmente agitada, me pareció que decía cosas muy elocuentes y al mismo tiempo disparatadas. Comenzó por hablar de mi pasado, de cómo había sido mi vida y que cosas me habían marcado y forjado mi personalidad y carácter, pensé por un segundo en un programa de tv llamado el mentalista. Habló un poco del presente y del mundo de personas que pasaban en rededor a mí, un mundo que no podía apreciar por estar inmerso en mí mismo. Por último me habló del futuro, de cuáles eran mis próximos logros, de qué podría llegar a cambiar, de cuántas personas algún día iba a ayudar, de eso me dijo tantas cosas, me dio tantos detalles. Guardó silencio por un momento como si pensara mejor lo que estaba a punto de decir. Reanudó la charla y comenzó a contarme cómo yo había cambiado su vida, de cómo estaba influyendo en su manera de vivir, de salir de un camino en el cuál ella se sentía atrapada. Al fin se estaba abriendo, cuando de pronto perdió un poco el color, abrió grandes los ojos y habló como si se fuera de sus pulmones el poco aire que le quedaba. Tenía la vista fija al frente y yo no pude evitar mirar hacia donde ella miraba; una silueta, una figura que desentonaba con el ajetreado tumulto que caminaba a toda prisa rumbo a la torre latinoamericana y de regreso. Era él. La misma silueta. El mismo sujeto que había visto en mis sueños. Cada movimiento, cada cabello, cada detalle. Lo podía recordar perfectamente, sólo que ésta vez no nos miraba con serenidad, nos miraba con odio. Comencé a sentir incomodidad, pero sonreí seguro de mí mismo y le estiré la mano para saludarlo, por un segundo miró mi mano y su expresión fue de ira y al siguiente momento tenía una sonrisa tranquila; cuando nuestras manos se tocaron sentí algo de dolor, un dolor que provenía del mundo entero, y al estar todo eso dentro de mí, me llené de angustia. Al soltar mi mano todo regresó a la normalidad. Antes de que el dijera una sola palabra, Yaz soltó mi brazo suavemente y me miró, me dijo que le diera 5 minutos y entonces me aparté. Me senté un momento mirando la imponente torre latinoamericana y comencé a pensar en cómo es que pudiera haber soñado con tanto detalle a una persona que jamás había visto. ¿Qué había sido ese sentimiento al estrechar su mano? No pasaron los 5 minutos cuando se acercaron a mí. Ella se despidió de una manera muy triste. Yo de alguna forma sabía que era un adiós. La abrace con fuerza, como si no estuviera él, como si no existiera el mundo. Al fin nos separamos y al alejarse lo miré él y sólo recibí indiferencia de su parte. Él extendió la mano para despedirse y yo la estreché, pero ésta vez no sentí nada. Al igual que en mi sueño, comenzaron a caminar en la dirección contraria a donde yo pretendía caminar, di media vuela y no miré atrás. Me perdí entre la gente, igual que ellos. No la volví a ver.

En alguna ocasión, cuando el cabello y los dientes a penas comenzaban a caer y las articulaciones ya no sólo me dolían con el frío; en uno de mis habituales y lentos paseos por la alameda de la ciudad, creí haberla visto de nuevo. Estaba lejos y había mucha gente, pero era idéntica a ella. Lo raro es que de haber sido Yaz, no habría cambiado nada, era tal y como la recordaba, y claramente, eso no era posible.

Mientras me hacía viejo y las arrugas y manchas aparecían sobre mi delgada piel, contemplé como todo lo que me había dicho respecto al futuro se había cumplido al pie de la letra, todo lo que me contó esa noche ha pasado tal cual. Ahora soy un hombre de éxito y el dinero no me falta, ni lo hará; he podido ayudar a muchas personas, a pesar de que nadie me ha podido ayudar a mí. Es una lástima que nunca me haya hablado del amor, pues después de ella no he podido encontrar a alguien con quien sienta que puedo compartir una vida en pareja. También es una lástima que me haya contado cómo iba a terminar todo, cómo iba a morir. Es una lástima que me haya dado tantos detalles de ese evento, pues ahora miro el reloj y cuento las horas hacia atrás escribiendo lo más rápido que puedo antes de apretar mi pecho con violencia y caer sin vida, con el corazón vació y roto.

Kris Durden