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Un momento para compartir

Los amigos no se pierden, porque si se pierden no eran tan amigos. Los amigos son para siempre.

Proverbio árabe.

Javier GarridoLa primer vez que leí el quijote de la mancha me pareció bastante pesado y no pude comprender lo mucho y tan grandioso que resultaba a ojos de sus lectores tan sumamente impactados por esos escritos del Manco de Lepanto.

Teniendo entre 14 o 15 años, un libro de tal magnitud no me llevaba a lo que en verdad se puede aprender de él. Lo abandoné un poco después de las 120 páginas.

Avanzando a los cantares del Mio Cid  “Rodrigo Ruiz de Vivar” el Cid Campeador. Libro de unas 320 hojas pequeñas (edición Porrúa), con unas pastas desgastadas, mismo que leí en un día literalmente y quedé impactado de tal gallardía y tanta nobleza sobre la guerra.

Pensé durante días ¿qué pasaría si yo tuviera que enfrentarme a un león, podría ser tan habilidoso o el miedo me haría presa del momento?

Después descubrí que los cantares hacían gala no de un personaje literario y sí de un hombre de carne y hueso. No lo podía creer, había mucho de realidad en ese escrito.

Los cantares era algo así como los corrido aquí en México, pero estos no hablaban de drogas y narcotráfico, que era mucho de lo que sonaba en el ambiente rural en el que viví durante mi infancia.

Lo siguiente que encontré en un cajón polvoso de la secundaria en que estudiaba, fue al hombre que formó mi conciencia sobre la virtud que es vivir para servir. Una especie de biografía del Gran Simón Bolívar. Lloré leyendo ese libro, mi pecho se expandía al recorrer sus audacias y sobre todo la forma registrada de sus pensamientos, ideales y sus acciones.

La influencia tan grande que tuvo, ha tenido y tengo fe en que tendrá sobre todos aquellos que se acercan a su pensamiento. Influenció a medio continente y aun vivimos en una sociedad que puede sentir la mano de su lucha. ¿No pude evitar preguntarme por qué eso estaba empolvado en un rincón de una escuela?

Yo sabía que eso debería estar en el centro de la atención de todos mis compañeros, así que me lo llevé ilusionado. Pensé que era importante decirles primero a nuestros maestros, pensé que cuando les contara lo que había dentro mucho de nuestro entorno cambiaría, podrían enseñarnos más sobre ese tema y que mis compañeros de generación quedarían tan motivamos como yo.

“Un pequeño paso en una escuela secundaria de Ecatepec, pero un gran paso para la sociedad Mexicana”

Está demás decir que nada de eso ocurrió. Parecía que a nadie le importaba y algo tan grande para mí, al exponerlo me hacía parecer estúpido; lo que al final me hizo pensar que sólo perdía el tiempo, pero el profesor de literatura me invitó a un taller de debates con otros jóvenes; eran cinco, todos de preparatoria, de lo más estereotipados como “Nerds”.

Grandes amigos que acercaron buena literatura a mis manos pero carentes de acción. Ese pequeño grupo era una salvación. Al poder hablar de temas que todos los demás en mi escuela jamás tocaban o imaginaban.

Aquel era un grupo lejos de distracciones de las redes sociales y me enseñaron con sus hábitos y sus burlas a no ver tanta TV y a no creer del todo en las noticias. Eran buenos jóvenes, más grandes de edad que yo y siempre se sorprendían de mí actuar violento ante acciones muy simples, decían que era peor que un moggly. Cuatro de ellos en cuanto la vida los fue llevando se fueron de Ecatepec, dos de ellos fuera de México y uno murió en un asalto a un microbús regresando por la noche de la universidad.

A veces hablábamos de cambiar al mundo, pero siempre preferíamos hablar de otros mundos que la literatura nos ofrecía.

Hace sólo unos días en una librería de la ciudad vi a un hombre que llevaba un libro del quijote de la mancha bajo su brazo y observaba las portadas de otros libros. Yo lo veía porque algo más que el libro me llamó la atención. Era mi amigo. Se dio cuenta de que lo miraba y yo de inmediato lo reconocí y se me escapó una sonrisa, él miro hacia los lados y enfoco su vista hacia a mí. Me acerqué diciendo su nombre y se quedó inmóvil. Bastaron unos segundos y de su boca salió una pregunta mientras extendía su mano hacia la mía.

–¿Salvaje?

Sólo moví la cabeza soltando una risotada y lo abracé.

Francisco Javier Garrido Ruíz