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El valor de las cosas y el valor de la vida

kris-DURDEN-1000X525-2017Estaba recostado en el sofá, esperando que llegara mi turno para tomar el control, robar un auto y causar pánico en la ciudad; eso era lo único que me gustaba hacer en Grand Theft Auto, así que aguardaba con paciencia mientras mi roomie dedicaba su tiempo a pasar misiones y ganar respeto en el barrio. Cuando perdiera la vida, sería mi turno.

Cuando más relajados estábamos, asomó abruptamente por la puerta principal que me gustaba mantener abierta, pero segura por con el enrejado cerrado, uno de nuestros amigos del vecindario y nos dijo con el mismo tono con el que tantas veces atrás había escuchado a tantas señoras intercambiar información, que el hijo del vecino del departamento de abajo (un joven de unos 14 años) había estrellado el carro nuevo de su papá (un Mazda).

–¿Pero cómo?

–¡Sí! –Continuó entre cuchicheos morbosos nuestro invitado–. Al parecer tomó las llaves y se subió cuando vio que su padre estaba distraído.

–¿Y contra qué chocó?

–Contra le poste. El carro quedó muy mal. Todo el cofre aboyado.

–Entonces sí fue un buen golpe.
–Sí.

Mi roomie se me quedó mirando y sabía que quería que bajáramos para enterarnos de todo el chisme de primera mano, pues el vecino del departamento de abajo era un excelente amigo nuestro.

–¿Dónde están?

–Parece que se fueron al doctor, porque el morro tenía un golpe en la frente.

–Bueno, pues habrá que esperar a que regresen para saber cómo fue.

No tardamos en sacar un par de las únicas bebidas que teníamos en el refrigerador.

Dejamos que las horas pasaran y las latas de cerveza vacías nos rodearan.

Cuando por fin escuchamos que llegaron, bajamos a paso lento intercambiando un par de teorías. Tocamos el timbre y nuestro vecino nos recibió con una notable cara afligida.

–Carnal, ya nos enteramos. Que tu hijo chocó el carro.

–Sí, pero gracias a Dios, mi hijo está bien.

Esa primera frase me dejó mudo por un instante. Mi intención había sido la de enterarme del chisme y ver cómo había quedado el carro. Jamás me había puesto a pensar en la salud de su hijo. Me hizo sentir la peor persona del mundo.

–Hermano –Continuó mi roomie, sacándome un poco de mi ensimismamiento–, me da mucho gusto escuchar eso.

–Muchas gracias.

–¿Dónde anda?

–Ya lo mandé a dormir, pero mañana pueden verlo.

Entendimos la indirecta. Venían de un día muy pesado y lo que querían era descansar.
–Gracias por preocuparse.

¡Ouch! Esa frase me remató.

Al día siguiente, después de que volvía de la escuela nos encontramos con el chico jugando futbol con sus hermanos. Tenía sobre la ceja un par de puntos.

Una vez más me puse a pensar en cuánto lo amaba su papá y lo mucho que le importaba su hijo, por encima de un carro del año.

Pasaron casi 10 años de eso y ayer en la noche recordé de nuevo, pues mi novia dejó salir al hurón de su jaula para que se paseara un rato por la habitación, pero no se quedó con él para vigilarlo (es un bebé de unos 6 meses) así que se salió para cumplir con otros deberes. Nuestro hurón aprovechó la oportunidad y se comió unos audífonos míos un tanto costosos. Me avergüenza un poco, pero la verdad es que mi primer pensamiento fue dolerme por los audífonos, pero antes de que pudiera siquiera enfadarme, me comencé a preocupar por la salud de nuestro hurón.

«¡Es un bebé comiendo plástico!»

Anteriormente ya había mordido la funda de silicona de mi Nintendo y por supuesto le había hecho daño. Esta vez me puse como loco a buscar las gomas por toda la habitación para ver si las había mordisqueado y dejado por ahí, o de plano se las había tragado como si de donas se trataran.

No las encontré.

Por la tarde comenzó a tener violentas arcadas, como tratando de devolver el estómago. Se dejaba caer sobre la tierra un tanto dramático y por supuesto, me preocupé más.

Por la noche, cuando llegó mi novia, le comenté la situación completa.

Su reacción consistió en hablar de lo costosas que son mis cosas y que yo también había tenido la culpa.

Tengo que admitir que me hirvió la sangre.

Me irritó que hablara de ello antes de pensar en la salud de Yuki, nuestro hurón. Me dolió que pensara que yo era así de superficial. Así que no pude contener un discurso sobre la seguridad de ese cachorro de hurón que al final, es responsabilidad nuestra. Es una vida y nosotros somos debemos de procurarla y preservarla.

En el proceso entendí su punto, yo también había dejado los auriculares en un mueble al que Yuki generalmente trepa. Me había confiado esa mañana al salir a la escuela, pues creí que ella estaría supervisándolo todo el tiempo. Desde luego ni ella ni yo tomamos las precauciones adecuadas.

Tras un silencio incómodo, me disculpé y acepté mi culpa en ello.

Yuki pasó muy mal la noche y hoy lo llevaron al veterinario. A través de su piel se siente una de las gomas. Ya no está en su estómago, sino en su intestino. Ahora sólo nos queda esperar a que lo expulse.

Es interesante ver que estamos educados de esa forma y que muchos tenemos esa tendencia a pensar más en cosas materiales que en la salud propia o ajena.

Ninguna cosa, por cara que ésta sea, vale más que la vida de un ser vivo.

 

Solamente una vida dedicada a los demás merece ser vivida

Albert Einstein

Kris Durden