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Pensamientos suicidas

Una noche me encontraba mirando por la ventana de un bar, pensando que ya no había nada más en la vida; ¿Para qué estamos aquí?, ¿cuál es el propósito de nuestra existencia?, ¿cuál es el sentido de estar vivo?, ¿para qué seguir?, ¿cómo sería el mundo sin mí?... Era consciente de mis pensamientos suicidas y decidí que si en un año no encontraba respuestas, lo mejor sería matarme.

Kris Durden

Yo no padecía de depresión, pero sí me sentía desesperado. Acorralado. Estaba atrapado en una serie de preguntas que no tenían respuestas claras o al menos que me parecieran convincentes, y eso me estaba generando una sensación de vacío.

Por otro lado, me había convertido en un joven solitario, que sólo convivía con su reducido círculo social limitado a tres amigos, quienes ya comenzaban a pasar más tiempo con sus novias y menos conmigo. Yo no me sentía ni remotamente bueno para ligar y estaba atrapado en una constante: A la persona que me gustaba yo no le gustaba y la persona que me quería no me gustaba.

Recuerdo que busqué respuestas en los adultos y sus respuestas vagas y en algunos casos delirantes, sólo me desanimaron más. Me acerqué a la religión y el vacío allí fue aún mayor. Nadie sabía nada, pero tenían fe en que allá arriba había alguien con todas las respuestas. Me daba la impresión de que no querían hacerse responsables de sí mismos ni de sus acciones.

La respuesta llegó de mi mejor amigo a manera de relato.

Una noche llegó a casa de su mentor y tutor, empapado por la lluvia y por las lágrimas que recorrían sus mejillas. Tenía el mismo problema que yo. Muchas preguntas y pocas respuestas. Todo comenzaba a parecer estúpido e irrelevante. Estaba furioso y ya no sabía qué hacer. No había respuestas en Camus, Rius o Nietzsche. No encontraba paz en las palabras del Che, Allende o Gandhi. Su mentor sonrió y le pidió que lo acompañara. En la habitación de arriba estaban su hija y su esposa. Lo pasó a la sala y le pidió que se sentara y miraran juntos el monólogo de Adal Ramones. Mi amigo lo miró con resentimiento, pero su mentor le pidió que tuviera paciencia, ya hablarían. Mi amigo no quería ver su humor fácil y predecible, quería respuestas. Su mentor insistió. Al cabo de un rato se dio cuenta que ya sonreía con las tonterías que Adal decía en la tele. Hubo un momento en que incluso soltó una carcajada y ahí fue cuando su mentor volvió a hablar. «De eso también se trata» Dijo sonriendo y lo abrazó.

Mi amigo sólo tenía que quitarse por un momento esas gríngolas (artefacto que usan los caballos para ver sólo de frente) y ver el panorama completo. Reírse un poco y comprender que la vida no es una escala de grises entre el blanco y el negro, sino que hay una gama casi infinita de colores y combinaciones que la hacen maravillosa.

Entendí su historia. Tenía que dejar de enfocar toda mi energía en las respuestas que no tenía. Aunque al principio me costó trabajo, poco a poco me puse a jugar y dejar de darle la enorme importancia que creía que tenían las cosas y descubrí que en el fondo no eran para nada importantes. Sólo tenía que jugar y reír.

A los pocos meses encontré algo más de paz en Alejandro Jodorowsky y sus evangelios para sanar, pues tenía una visión distinta en la que cada uno tenía que hacerse responsable de sí mismo. Luego llegó otro libro de mi difunta y muy amada abuela en el que encontré más respuestas: La enseñanza de Buda.

Un día después de todo eso, algo pasó. Me gustaría recordarlo, pero no puedo. Sólo recuerdo que fue algo maravilloso. Algo que me hizo sentir el corazón lleno y que la vida era maravillosa. Me hizo sentir que era un estúpido por haber considerado meses atrás el quitarme la vida y comprendí que ya lo había sentido antes, no sólo una veces, sino muchísimas veces más. Entonces me hice una promesa y esa jamás la olvidaré: Nunca me quitaré la vida, sin importar las inimaginables razones que podrían orillar a un hombre a eso, porque al final la vida está hecha de ciclos y tarde o temprano me volvería a sentir muy agradecido por estar vivo; volveré a sonreír y a sentir el corazoncito lleno de amor.

Así ha seguido pasando. Me he vuelto a enamorar muchas veces más, he encontrado el trabajo de mis sueños, me he convertido en padre y he volado por muchos países para ver miles de atardeceres.

Yo pude salir sin ayuda profesional de todo esto, pero porque no padecía una depresión clínicamente diagnosticada. Aquellos que se sientan así, les pido por favor que vayan con un psicólogo y que no pierdan de vista que sólo se trata de un par de gríngolas que no se han podido quitar, pero cuando lo hagan, hay un mundo maravilloso esperando a ser contemplado.

Solía pensar que sólo un loco querría seguir viviendo... Esa es la respuesta.

Haz locuras y diviértete sin lastimar a otros. Ríe como un demente y que no te importe lo demás, pues lo que parece un problema insuperable, con la perspectiva correcta, sólo es algo efímero.

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