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Sanar es una decisión

Era el primer cumpleaños que Valentina pasaba sin su esposo Diego, y su tristeza era profunda. Estaba desolada, porque él la había dejado por otra mujer; y por si fuera poco, la otra mujer ya estaba esperando un hijo de él. Supo por una amiga que el bebé estaba a punto de nacer y que pensaban ponerle Diego igual que su ahora ex esposo. Ella había hecho todo por complacerlo, por darle cariño, por darle todas las atenciones, como le habían enseñado en la escuela de monjas a la que había asistido. Ahí le habían enseñado el arte de ser una buena esposa. Había seguido el formato al pie de la letra y también sentía que era una buena madre para su dos pequeñas hijas de cuatro y dos añitos.

Denise Ramos Murrieta

Ese día de su cumpleaños se sintió verdaderamente deprimida, pues recordó que Diego la despertaba ese día con desayuno en la cama, muchas flores y le cantaba las mañanitas. El resto del día también era especial, pues salían a pasear con su dos pequeñas hijas y festejaban hasta que terminaba el día. Pero ese año estaba sola con sus niñas, sin querer salir de la cama. Se tapó la cara con las sabanas y se puso a llorar desconsolada mientras se repetía en silencio:

“Ya no quiero vivir, me quiero morir, me dejaron por otra mujer mejor que yo.”

De pronto su niña de cuatro años tomó la sábana, le destapó la cara y le preguntó: “¿Por qué lloras mamita?” “Ponte feliz como yo” y le mostró una gran sonrisa.  Era la sonrisa de un ángel.

Valentina se secó las lágrimas y decidió luchar por su vida y la de sus dos pequeñas niñas.

Valentina visitó a una terapeuta y empezó a trabajar con afirmaciones positivas  diarias.  La terapeuta le explicó que poco a poco pasaría por el duelo y llegaría a la aceptación, y  que las afirmaciones positivas le ayudarían a transitar mejor por el dolor sin quedarse estancada en el sufrimiento.

Ella escribió sus propias afirmaciones en cartulinas de colores y las pegó por toda su casa.

  • Soy valiosa y soy suficiente.
  • Me acepto, me amo  y me perdono.
  • Sentiré mi dolor, pero no me quedaré a vivir ahí.
  • La vida vale la pena.
  • Dios me ama y está curando mi dolor.
  • Perdono y suelto con amor a los que me hirieron.

Al principio le era difícil leer  y creer estas afirmaciones, porque no las sentía verdaderas, porque no quería perdonar a los que la habían lastimado, y porque no se sentía valiosa,  pero poco a poco lo que decía con su voz se empezó a sentir en su corazón. Estaba sanando.  Pasaron unos meses y de pronto se vio al  espejo y se dijo con gran certeza: “Te amo.”

Denise Ramos Murrieta

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