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Aprendiendo a disfrutar de una cita

Amilcar_VALDESMe despierto temprano y ansioso, estoy bastante nervioso por la cita que tendré dentro de unas horas… Es uno de esos muchos momentos donde me gustaría poder dejarle a mis pacientes tareas que yo no haya hecho o esté dispuesto a hacer. No sé porqué voy a salir con esta persona, no sé si me gusta ¡ni si quiera sé si me cae bien!… Pero sé que jamás lo sabré, si no tengo una serie de citas para conocernos…

Como siempre que tengo una cita importante, mi día transcurre pensando qué pasará en cuanto se dé ese momento y cuanto más se acerca el momento, el nervio aumenta. Llegan esas ganas de poner un pretexto para no ir; crecen, pero sé que si le dije a mi paciente que una cita así le serviría, a mí también.

Curiosamente, llegamos puntuales al lugar de la cita, pedimos un café y nos sentamos. Puedo ver que esta persona tiene el mismo nervio que yo y eso nos hace estar callados… pinta para ser una de las citas más tensas y aburridas de mi vida. Es más, ni siquiera logro encontrarle el atractivo a esta persona. Volteo a ver mi reloj pensando que había pasado la hora reglamentaria y para mi sorpresa, sólo habían pasado 15 minutos.

Fue cuando noté que su actitud lejana de ver hacia el horizonte era en parte nervio, pero también -en parte- un auténtico interés por observar a las personas. Así que le pregunto: ¿Qué ves? Su respuesta me pasmó. Le gustaba ver a los demás, no con juicio, sino con ojos de aprendizaje; le gusta ver a las personas y tratar de observar sus historias. Aprender de ellas.

Pasó una pareja peleándose y esta persona me dice: “Veo dos personas que no saben manejar todo lo que sienten una por la otra. Entiendo muchas de las actitudes que yo he tenido con mis exparejas y noto que tengo que aprender a expresar -de otra manera- mis miedos y emociones”; acto seguido, pasa un señor jugando con unos niños y dice: “Me gusta lo que veo, viendo a este señor puedo reconocer cuánta alegría siento cuando juego con los niños y si alguien se toma la calma de mirarme, se contagia esa alegría. Me gusta ver eso en mi

A partir de ese momento, la cita fluyó de maravilla y se convirtió en mi ser humano favorito. Con él he aprendiendo, reído y llorado. Evidentemente, esa cita se convirtió en muchas citas más y como siempre que conoces a alguien que te cae bien, lo llevo con todo el mundo y lo presento con gusto y orgullo.

No todo es perfecto, a veces nos peleamos, me cae muy mal y sus defectos me hacen daño. Pero he aprendido que sus cualidades me alimentan mucho más, que el daño que me puedan hacer sus defectos. Teniendo a esta persona cerca, mi necesidad de pareja bajó muchísimo y mi capacidad de ligar, creció.

Me gustaría que todos tuvieran citas así y lo mejor de todo es que ¡todos pueden! Sé lo que están pensando: “no conozco a alguien así de padre para tener una cita” y probablemente, tengas razón. Sólo que yo, te apuesto que sí tienes alguien así de maravilloso cerca, pero no lo conoces. Ve al baño, mírate en el espejo y conócelo... te lo presento. Esta cita fue conmigo ¿Por qué alguien querría salir y pasar tiempo conmigo, si yo tengo tanto miedo a estar conmigo?

Después de esta cita, aprendí que nadie vale más ni menos, sólo tenemos intereses distintos. No está mal ser como soy. Por supuesto que existe una mejor versión de mí, siempre existirá y siempre haré todo porque salga, pero hoy, así como estoy soy digno de ser amado.

Quiero dejarte de tarea que salgas contigo. No lleves libros, cuadernos, música… nada que te distraiga. Sólo tú y un café, platica contigo, conócete, enamórate. Si quieres saber cómo poder (paso a pasito) ver más tus cualidades que defectos, no te pierdas mi siguiente columna.

 

 

Amilcar Valdes Farrugia