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El día que Sigmund Freud y Gregor Mendel se conocieron

Edilberto Peña de LeónVenía yo en un avión de regreso a la CDMX desde Chihuahua después de participar en las Jornadas Médicas de aniversario de un Hospital Privado. Estos son grandes momentos para pensar… sin conexión de datos, sin sueño y con el cerebro pensando…

Imaginen este extraño encuentro que bien pudo haber ocurrido si hubieran vivido en la misma época. Gregor Mendel, padre de la genética, monje austriaco que gracias a sus estudios mezclando chícharos pudo enunciar las reglas básicas de cómo nuestros genes se expresan en la formación de nuestro organismo. Y Sigmund Freud, padre de la Psiquiatría y del estudio de la mente, aportador del concepto del inconsciente y del intrincado mecanismo por el cual se expresa en nuestra vida cotidiana. Pensemos que se sientan en un cómodo café en París a la orilla del Sena saliendo de una clase de Neurología de Jean Marie Charcot (el padre de la Neurología).

Freud preguntándole a Mendel sobre qué pasaría si tienen un hijo una persona portadora de una histeria con constantes desmayos y un paciente varón con un trastorno obsesivo compulsivo de contaminación que le impidiera levantar a su mujer del piso porque ya está “sucia”. Y si un hombre con esquizofrenia e ideas delirantes de daño y persecución estuviera casado con una mujer con constantes ataques de pánica y agorafobia y esto les impidiera a ambos salir de casa. Y si una dama portadora de depresión melancólica, sin la capacidad de levantarse de su cama o hacerse de comer procrea una larga lista de hijos con un hombre mayor que está con los inicios de una enfermedad de Alzheimer y ya no puede reconocer y nombrar a toda su prole.

Probablemente Mendel le respondería rápido que seguramente las leyes genéticas de las expresiones de estas enfermedades mentales en las siguientes generaciones a sus padres afectados no responderían a los mismos principios que los chícharos amarillos y verdes y la dominancia o mezcla de un color de verdura sobre el otro. Con su afán científico le respondería que necesitaría de un minucioso registro y de muchos años de observación de poblaciones diagnosticadas para reunir los suficientes datos para responder a preguntas tan complicadas. Y si la vida y el acúmulo obsesivo de datos poblaciones le hubieran alcanzado, Mendel le daría las respuestas que ya nos permiten afirmar a través de la ciencia actual.

TODAS LAS ENFERMEDADES, Y LAS ENFERMEDADES MENTALES NO SON LA EXCEPCIÓN, TIENEN UNA PARTICIPACIÓN INNEGABLE DE LA GENÉTICA EN SU EXPRESIÓN EN LAS SIGUIENTES GENERACIONES. Pero el modelo no se ha logrado explicar completamente con el hecho de identificar un solo gen responsable, que si se encuentra en un paciente, inexorablemente vaya a desarrollar una enfermedad en específico. La combinación de genes que nos viene de nuestros padres, en primer lugar es innovadora y depende de esa combinación, y en segundo lugar nos convierte en susceptibles y en algunos casos más susceptibles que el resto de la población a presentar ciertas patologías. La genética que heredé me pone en el camino de poder padecer “algo” (imaginen a Freud relamiéndose los bigotes con esta afirmación pensando que además de los genes había que calcular la ecuación de que pasaba con el maternaje y los modelos de educación de cada familia). Pero a final de cuentas, este problema no tiene una resolución tan simple. TODAS LAS ENFERMEDADES TIENEN UNA EXPRESIÓN MULTICAUSAL. Participa la genética, pero también el medio ambiente y las situaciones de vida a la que me veo expuesto.

Por lo tanto, la mejor conclusión de esta taza de café imaginario entre dos grandes mentes de la historia sería.. que a pesar de la predisposición que nos dieran nuestros padres, nosotros podemos influir en gran medida en la expresión de una enfermedad y evitar o retrasar su aparición, o controlarla de la mejor manera.

Edilberto Peña