Camino a la integridad.

Kris Durden

 

Hoy quiero contarles una parte muy íntima de mi vida. Es una historia que habla de lo importante que es para mí mantener mis valores, convicciones y moral con la mayor integridad posible.

Todo comenzó con un viaje a la tortillería. En el camino me encontré con César, el niño maleado del vecindario sin cuerpo suficiente para ser un «bully», pero con cerebro de sobra para sacar provecho de cualquier situación. Mi mamá me había mandado a comprar un kilo de tortillas, que por aquél entonces costaba 3 pesos con 50 centavos, y sólo me había dado el dinero justo para la transacción. César lo sabía, pues a menudo nos acompañó a la mesa, y en más de una ocasión él se ofreció a ir por las tortillas.

-¡Hola! –Dijo con malicia -. ¿A dónde vas?

-A las tortillas –respondí -. Mi mamá me mandó a comprar un kilo.

-¡Te acompaño! –Dijo sin preguntar

-Sí, está bien.

Comenzamos a andar sobre la ardiente carpeta de asfalto platicando de algunas cosas que ya no recuerdo, pero sin duda sería lago interesante, pues César siempre fue bueno conversando y yo en escucharlo. Cuando estuvimos cerca de la tortillería pasamos junto a una farmacia que contaba con dos “maquinitas” (arcade), cada una con los juegos de video más novedosos y adictivos de la época y a tan sólo 50 centavos. César las miró y luego me miró…

-¿Por qué no jugamos una partida rápida?

-¡Va! –Me apresuré a responder, e imagino que mi sonrisa fue la más grande de todo el barrio tan sólo por unos segundos, antes de que él dijera:

-Pero no traigo dinero

-Yo menos –Respondí

-¿Y lo de las tortillas?
-Imposible –Dije negando con la cabeza -. No puedo llegar sin tortillas a la casa.

En ese momento César dijo algo que se apoderó de mí por mucho tiempo. Algo que nunca había pensado y que sin él jamás habría concebido:

-No tienes que llegar sin tortillas, sólo tienes que comprar menos tortillas. En lugar de comprar $3.50, compra sólo 3 pesos. ¿O me vas a decir que tu mamá cuenta y pesa las tortillas?

Fue revelador. Me quedé perplejo y me sonó muy elocuente. Era el plan perfecto. El crimen perfecto.

No lo pensé dos veces e hice lo que había sugerido César. La pasé muy bien… los primeros 30 segundos. Después comenzó a rondarme en la cabeza la idea de que mi mamá aparecería en cualquier momento atrás de mí, cual screamer, y me sacaría de la farmacia con gritos y regaños.

No pasaron ni 2 minutos cuando había optado por abortar la misión y continuar con mi camino a paso veloz. Le dejé el crédito a César, que seguro era lo que había estado esperando desde el principio, y me seguí hasta la tortillería.

Recuerdo que pedí los 3 pesos de tortillas y que le chica qué me atendió me miró extraño, pero al final me los vendió.

Regresé corriendo a casa, angustiado y pensando en lo que diría mi mamá cuando me descubriera, pero estando ahí, ella ni siquiera notó que hacían falta tortillas. Realmente no había diferencia para ella.

La comida de aquel día no me supo. Me sentía un traidor.

Al día siguiente el destino me puso a prueba de nuevo, y fallé.

Mi mamá me mando de nuevo por las tortillas, y mientras pasaba frente a las “maquinitas” pensé que esta vez podría jugar una partida rápida y comprar sólo 3 pesos. Así lo hice. De regreso en casa mamá no notó nada extraño y la comida no me supo tan mal. Todo eso se convirtió en un descenso en espiral. Al día siguiente repetí la acción, y al siguiente, y al siguiente.

Habían pasado semanas y mi mamá muchas veces me preguntó que si había encontrado mucha gente en las tortillas y yo, cínicamente había respondido que sí.

Las maquinitas se convirtieron en un vicio que pronto me llevaría a buscar monedas debajo de la cama de mis papás o entre los cojines de los sillones. Cada ida a la tienda implicaba que tomara 50 centavos para mi detestable vicio. Todo continuó su curso hasta que por fin tomé dinero del monedero de mi mamá y me atraparon.

Durante el regaño cobré consciencia de que había robado a mi propia madre, ¿pero saben qué era lo peor? Que no importaba cuán mal me sintiera, quería seguir jugando “maquinitas”… y lo seguí haciendo.

No sé cuanto tiempo continué así. Pero debió de ser bastante, porque los regaños no paraban.

Un día fui a la farmacia y descubrí que habían cambiado los juegos de las “maquinitas”. Ya no estaba el que me había convertido en un monstruo. Así que repentinamente mi adicción desapareció. Decidí que no valía la pena robar para jugar aquellos juegos feos y que lo haría de nuevo sólo si encontraba algo que valiera la pena. Así pasaron algunas semanas. Tal vez meses.

En ese intervalo; otro día cualquiera, me encontraba en la casa de mi abuelita, a la que visitaba cada fin de semana y con la que pasaba mucho tiempo. Sin duda la amé demasiado, y hoy aún siento un nudo en la garganta y se llenan de lágrimas los ojos sólo de pensar en que ya no está aquí. Recuerdo que estaba en una de las habitaciones, mientras ella platicaba en la sala con una de sus amigas. Andaba por ahí cerca cuando escuché una frase que mi abuelita dijo y que me volvería a marcar para siempre:

Mi hijo (refiriéndose a mí), tenía el mismo problema, pero hoy, peso que dejo en la mesa, peso que ahí encuentro. Estoy muy orgullosa de él.

Inmediatamente me vino a la memoria la mesa de casa de mi abue, con una moneda de un peso, puesta sobre ella. Recuerdo que decidí que no lo necesitaba y que mejor lo iba a dejar ahí. Recuerdo más monedas puestas por toda la casa, pero nunca las necesité y por eso no las tomé. Había sido una prueba y la había pasado sin saber.

Aquél día anduve muy pensativo. Caminé por mucho por el parque y desde lejos miré las “maquinitas”. Estaban abarrotadas de los niños que yo conocía bien. Sabía qué se sentía ser uno más de ellos. Trepé a un árbol y ahí me quedé mirando a el cerro de Ehécatl, esperando el atardecer. Tomé la determinación de que jamás iba a ver a mi abuelita decepcionada por mi culpa. Jamás tomaría nada que no me perteneciera.

Es una promesa que he cumplido hasta el día de hoy.

Mi abuelita dejó de existir en este mundo hace muchos años, pero en mi corazón ella aún está presente. Sigue diciéndole a esa señora que está muy orgullosa de su niño, y yo por supuesto, siempre voy a respaldar su confianza en mí.

 

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